lunes, 8 de octubre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: MAIGRET EN BILBAO


Como sé que los lunes no son los días más estimulantes de la semana, he decidido intentar alegrarlos en lo posible con esta nueva sección, RELATOS DE LOS LUNES NEGROS, en la que iré publicando los que he ido escribiendo a lo largo del tiempo y que, como seguramente ya habéis sospechado, irán apareciendo de lunes en lunes. Además, así se os irá haciendo más corta la espera de la nueva novela que si el tiempo y las autoridades editoriales no lo impiden, aparecerá en la próxima primavera.
Como están escritos en épocas y momentos diferentes, algunos publicados y otros no, no mantienen una línea regular y son también diferentes entre sí, por lo que irán apareciendo por orden alfabético del título. Salvo excepciones, como la de este mismo lunes. ¿Lo veis? Aún no he empezado y ya estoy dispuesto a contradecirme.
Pero es que el relato de hoy hace referencia a un comisario francés muy famoso que no hace mucho estuvo en Bilbao. Yo, como soy muy despistado, no me enteré, pero un amigo que coincidió con él me lo contó. Y no sólo eso, sino que faltando a su juramento profesional, me narró con pelos y señales todo lo que ocurrió durante la estancia de ese francés. Y como yo tampoco sé guardar un secreto, antes de que se me olvide he pensado que sería una buena idea transcribir lo que ocurrió durante la estancia de



MAIGRET EN BILBAO



          Mientras se tomaba un vaso de rioja en una taberna cercana al museo que le había recomendado un colega más acostumbrado que él a viajar, el comisario Jules Maigret pensaba que quizás no estaba hecho para apreciar el arte moderno. Tal vez se había estancado o, más seguramente, las nuevas tendencias le habían sobrepasado. Los años no pasan en balde, suspiró, y era incapaz de apreciar las exquisiteces que un museo como el Guggenheim Bilbao era capaz de ofrecer a un turista. Él se sentía más a gusto en aquel bar, paladeando su vino, que en el interior de un museo, esforzándose inútilmente en comprender por qué vericuetos mentales había transitado un afamado escultor para bautizar lo que aparentemente no era sino un palo de escoba con el mango retorcido con el sonoro nombre de Elogio del espíritu de la belleza.
          Decidido a olvidarse del arte moderno, así como del arte en general, pidió otro vino al camarero. Era su último día de estancia en Bilbao, ciudad a la que había acudido para asistir a un aburrido congreso sobre Criminología. Había intentado resistirse hasta el último momento, ya que jamás le habían gustado ese tipo de eventos, tediosos y repetitivos, pero sus superiores fueron inflexibles.
          --Le sentará bien un cambio de aires, Jules, ya verá cómo disfruta del viaje y se olvida de sus problemas --le explicaron amablemente, aunque él pensó que tan sólo querían quitárselo de encima por unos cuantos días--. De vez en cuando hay que salir, darse una vuelta por el mundo, respirar otros ambientes, que el mundo no se acaba en el Bulevard Richar Lenoir. Además es una buena ocasión para contactar con compañeros de otros países y aprender sus técnicas y sistemas.
          El comisario Maigret dudaba mucho, no por soberbia sino por mero convencimiento práctico, de que tuviese que aprender, cuando ya no le quedaba nada para su jubilación, cosas nuevas de sus colegas sobre técnicas de investigación criminal, pero finalmente accedió y, la verdad sea dicha, no le pesaba haberlo hecho. Habían sido tres días interesantes, no tanto por el congreso en sí como por la gente con la que había hablado y los nuevos rincones que había conocido. Pero todo llegaba a su fin y ese era su último día en Bilbao. Por eso mismo había denegado amablemente la tentadora invitación que le habían hecho para comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y había optado por recorrer en solitario sus calles con el objetivo de tomar el pulso a esa villa a la que seguramente jamás volvería.
          Además era cierto que deseaba descansar. Tras más de cuarenta años de trabajo policial empezaba a sentirse hastiado, cada día le costaba más enfrentarse al trabajo que le esperaba en su despacho. Quizás si no tuviese tan presente el asesinato de la joven Claudette… Un caso sin resolver entre cientos de ellos brillantemente solucionados no empañaban su currículum, pero no se trataba de eso, no se trataba de mantener impoluto un historial, ya estaba de vuelta de esas miserias humanas, se trataba de que no podía soportar, cada vez que pensaba en ella, el hecho de que no se le había hecho justicia, el saber que esa niña de quince años, con toda una vida por delante, había sido violada y asesinada sin siquiera conocer los motivos que impulsaron al asesino a cometer tan horrendo crimen. En el fondo no era tan importante llevar al criminal ante un juez como indagar en los recovecos de su mente para averiguar de dónde le había venido ese fatal impulso. Quizás después de todo lo que le movía a él mismo, pensó Maigret, no era tanto un ansia de justicia como de conocimiento.
          O quizás simplemente se estaba volviendo viejo. Había tenido una buena vida, con su mujer ya fallecida, ¡cuánto la echaba en falta!, su rutina diaria en el trabajo, sus compañeros y subordinados con los que se tomaba una copa al salir del despacho o cuando finalizaba una investigación. No se podía quejar. Sí, había sido una buena vida, pero ahora, en vísperas de su inminente e inevitable retiro, empezaba a plantearse muchas cosas y eso le daba miedo. ¿Ése iba a ser su futuro? ¿Esperar lúcidamente la muerte mientras acodado en un bar recordaba su pasado, lo que había hecho y lo que había dejado de hacer? Tras dejar unas monedas sobre la barra del bar salió nuevamente a la calle y, por fin, pudo encender su pipa. Mientras le quedara eso seguiría siendo el auténtico y viejo comisario Maigret, pensó tristemente
          La ría de Bilbao, que flanqueaba el museo, no se parecía en nada al Sena, pero le hizo recordar, involuntariamente, su viejo París. Un día más y estaría allí de nuevo, en su despacho, en su casa, en su refugio. Nunca había necesitado tanto, como ahora, un lugar en el que refugiarse.
          Como si sus pies tuvieran voluntad propia y hubieran decidido qué camino seguir, casi sin darse cuenta fue transportado hasta un lugar por el que había pasado un par de veces. Una vez allí levantó los ojos hasta dar con una placa que lucía solemne junto a aquel vetusto y elegante portal: Christian Resnais, psiquiatra. Un médico francés (o quizás suizo, belga o francocanadiense, quién sabe, un nombre sólo no es suficiente para saber quién y cómo es su propietario), psiquiatra para más señas, y asentado en Bilbao. ¿Por qué no? Aunque a él le costaba salir de su territorio sabía que, desaparecidas las viejas fronteras, cada vez eran más normales esas situaciones. Ya no se desplazaban tan sólo las famélicas legiones del Sur en busca de un futuro mejor para ellos y sus hijos, también los profesionales universitarios acarreaban sus maletas de un lugar a otro sin que ello les supusiera ningún problema. Quizás sean unos desarraigados, pensó durante unos instantes, aunque su conocimiento del alma humana le volvió a decir que no era esa la respuesta. Sencillamente los tiempos estaban cambiando. Otro asunto, diferente y doloroso, es que ya no fueran sus tiempos.
          Además, creía reconocer ese nombre. ¿Christian Resnais? Sí, le sonaba, seguramente en el pasado habrían coincidido en alguna ocasión. Se enfadó consigo mismo, anteriormente su memoria nunca había tenido fallos, pero en la actualidad por más vueltas que daba a su cabeza no conseguía identificar al psiquiatra. En realidad no tenía la menor importancia, era otra cosa la que le atormentaba y había llegado el momento de tomar una decisión.
          Segundos después una enfermera que ejercía también las funciones de recepcionista le abría la puerta mientras le preguntaba si tenía una cita. La diferencia de idiomas no fue un obstáculo para que el comisario le comunicara su intención de ser recibido por el doctor Resnais ni para que la enfermera le dijera que, lamentándolo mucho, sin cita previa no era posible acceder a su deseo. Por toda respuesta Jules Maigret le entregó una tarjeta.
          --No se preocupe por esto --añadió, aun a sabiendas de que seguramente la enfermera no le iba a entender, mientras señalaba con el dedo el lugar de la tarjeta en el que podía leerse su cargo--, vengo tan sólo como cliente, además no tengo jurisdicción en esta ciudad.
          Pocos minutos después un hombre alto y corpulento le recibía con una mirada expectante en los ojos.
          --Comisario Maigret, es un honor recibirle en mi consulta aunque, si desea que le sea totalmente sincero, ha constituido para mí toda una sorpresa saber que estaba aquí.
          El comisario hizo un gesto de asentimiento y resignación. La prensa le había hecho famoso y aunque él era un hombre discreto que prefería sumergirse en el anonimato sabía que su nombre despertaba esas reacciones.
          --Vengo como paciente --dijo sin más preámbulos. Había estado pensando qué decirle al doctor y finalmente optó por ser directo y claro--. He leído su cartel y he pensado que quizás mereciera la pena charlar unos minutos con usted. Mañana me vuelvo a París y seguramente nunca volveré a esta ciudad, por eso me he animado a subir a su consulta.
          --Comprendo, comisario, que no quiera que se asocie su nombre a la psiquiatría, es una reacción muy normal, y que por eso se haya animado a visitar un profesional tan lejos de su ciudad, pero usted es un hombre inteligente y tiene que saber que con una sola sesión no puede conseguir gran cosa.
          --Lo sé, por eso he decidido no perder el tiempo. Supongo que lo único que necesito es desahogarme con alguien capaz de escuchar y para eso un psiquiatra, lo mismo que antaño un cura, puede ser la persona adecuada.
          --Le escucho entonces.
          --Como mi fama me precede no le explicaré quién soy ni a qué me dedico, usted lo sabe perfectamente. Está ya cerca mi jubilación y puedo decir, sin caer por ello en la presunción, que mi carrera ha estado llena de éxitos. Sin embargo en los últimos meses no estoy nada satisfecho. He tenido un fracaso sonoro, quizás conozca usted la historia. Se trata del asesinato de Claudette Duhamel, una joven de quince años que fue violada y asesinada brutalmente. Cuando nos avisaron su cadáver aún no había empezado a descomponerse y pude observar el inquietante contraste entre su belleza y el terror que había asomado a sus ojos ya vacíos. Sin perder ni un segundo mis hombres y yo iniciamos la investigación. Pensábamos, y la experiencia avalaba ese pensamiento, que con el cadáver aún caliente sería más fácil encontrar las pistas, el hilo que nos llevara hasta el asesino. Pero desgraciadamente fracasamos. Aunque pusimos todo nuestro esfuerzo y empeño los meses fueron transcurriendo y no descubrimos nada que pudiera conducirnos hasta el asesino.
          El psiquiatra asintió, con semblante serio. La historia del comisario, indudablemente, le había impresionado.
          --Comprendo su decepción, pero no es más que un fracaso entre muchos éxitos. Cualquier otro profesional, no ya policía, sino ingeniero, abogado, médico, psiquiatra incluso --esbozó una leve sonrisa-- estaría completamente feliz si tuviera un porcentaje similar al suyo de aciertos profesionales.
          --Creo que no lo ha entendido del todo, doctor. No me obsesiona el haber fracasado en la investigación. Me obsesiona el hecho de que constantemente me pongo en el lugar del asesino. No tiene cara ni nombre, pero le veo a todas horas, le escucho a todas horas, he llegado a identificarme con él. Incluso a veces le he puesto mi rostro y mi nombre.
          “Me veo junto a la chica, besándola, acariciándola, y veo cómo de repente ella me desprecia, me dice que soy un viejo, que sólo era un juguete para ella, que no quiere saber nada de un baboso como yo y casi sin pretenderlo mis manos van hacia su cuello y abro mi bragueta y…, y…., ¿le pasa algo, doctor?
          Maigret corta su relato al observar cómo el psiquiatra ha puesto los ojos en blanco mientras de su frente se desprende un inacabable río de sudor. Tiene que acercarse hasta dónde está y golpearle suavemente en la cara para conseguir que reaccione.
          --Dios mío, lo sabe usted todo --dice asustado el médico--, lo sabe usted todo --repite--. Así es como ocurrió. Claudette no era virgen, ¿sabe?, su padrastro la había violado repetidas veces. Por eso vino a mi consulta, sin que nadie lo supiera, para desahogarse, para superarlo, pero el que no lo superé fui yo. Algo se rompió dentro de mí y comprendí que la necesitaba, que tenía que conseguirla. No me importaba nada el juramento hipocrático ni el que ella fuese mi paciente, ni siquiera que fuese menor de edad. Usted no la conoció viva, comisario, por eso quizás nunca llegue a comprenderlo, pero desde que la vi supe que ya sólo viviría para ella. Y ella se dio cuenta y jugó conmigo hasta que un día me dijo que adiós, que ya había superado todos sus traumas y que no necesitaba acostarse con un viejo como yo. Lo demás, bueno, usted se ha acercado bastante.
          Jules Maigret miró compasivamente al psiquiatra mientras le decía que no tenía autorización para actuar en Bilbao y que seguramente tardaría en conseguir una orden de extradición.
          --Pero todo será mucho más sencillo si accede a acompañarme mañana hasta París. Supongo que no me será difícil conseguirle una plaza en mi avión.
          --De acuerdo, comisario, cuanto antes acabe todo esto mejor para todos, incluso para mí, pero antes me gustaría saber una cosa.
          --Usted dirá.
          --¿Ha sido la casualidad lo que le ha traído hasta mi consulta o ha venido expresamente a buscarme?
          Por primera vez desde que entró en la consulta una sonrisa afloró en la cara del comisario.
          --En realidad, eso no tiene la menor importancia --dijo por fin--. ¿A quién pueden interesarle las batallitas de un viejo comisario al que le quedan pocos meses para jubilarse?





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