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miércoles, 14 de julio de 2021

TXAPELA NOIR: LA NARRATIVA NEGRA VASCA EN LA "SEMANA NEGRA DE GIJÓN 2021"

La SEMANA NEGRA DE GIJÓN, siempre atenta a lo que se escribe en Euskal Herria, ha dedicado en esta edición de 2021 dos jornadas a la Novela Negra Vasca, con presentaciones de varios autores de la colección de la EDITORIAL EREIN, “Cosecha Roja”, así como dos mesas redondas dedicadas a a lo que, precisamente allí, empezó a denominarse “Txapela Noir”.

En esta entrada del blog reproduzco los artículos dedicados por la revista del festival, “A Quemarropa”, a la participación vasca, de la mano de Jesús Palacios, el hombre que acuñó el término “Txapela Noir”, Rakel sánchez y la redacción de la revista.

 

 

 


Nada mejor que el olor a Chamusquina (Erein), la primera novela de Noelia Lorenzo Pino, en nueva edición revisada, presentada por la autora junto a Carlos Ollo, uno de nuestros mejores exponentes del noir rural o, como dirían nuestros abuelos menos políticamente correctos, «la novela criminal paleta» (en la que destacara el pionero García Pavón). Sumergidos en plena vorágine del txapela noir, Noelia Lorenzo nos invita a una pesadilla ecológica, casi distópica, trufada de corrupción política y empresarial, con una trama coral, llena de personajes enredados en tensas y densas relaciones sexuales y de poder, que convierten una pequeña localidad fronteriza cercana a Irún (ya saben: la Tijuana vasca) en verdadero infierno de ambición, crimen, traición y muerte.

 


Y seguimos en plena nueva ola del txapela noir con la siempre épica presentación de Luis Artigue, cantor del género, que sirvió como introductor a José Javier Abasolo y su novela Versión original (Erein), de título significativo, ya que esta nueva aventura de su detective Mikel Goikoetxea, Goiko, está muy, pero que muy relacionada con el séptimo arte. Misterio criminal en tres planos distintos de ficción, uno en el pasado del protagonista, año 2000, cuando siendo todavía ertzaina en Bilbao se enfrenta a una serie de brutales asesinatos que quedarán sin resolver; otro en 2019, cuando el ahora detective Goiko ve la oportunidad de reabrir el caso con la ayuda inesperada de una joven ertzaina, y el tercero en la propia ficción cinematográfica, ya que esta oportunidad le llega al detective gracias a su intervención como asesor en la película que se rueda sobre los crímenes de la cruz flechada que nunca llegaron a aclararse. Elevado por Artigue a la categoría de Simenon vasco, Abasolo se reafirmó en su intención de crear novelas de misterio entretenidas y con sabor bilbaíno, derrochando también sentido del humor e ironía, sobre todo en lo que al cine y su versión de la realidad concierne.

 


Y así, sin movernos de la txapelaxploitation (estamos que nos salimos, toma nota, Tarantino), y siempre en palabras entonadas por Artigue, pasamos del Simenon bilbaíno al Chester Himes vasco, con la presentación de Desconfía (Erein), la nueva novela de nuestro filólogo, viajero y cantante de ópera favorito, Jon Arretxe, que esta vez se lleva a su característico antihéroe buscavidas subsahariano Touré de la Pequeña África de Bilbao, el multicultural a la par que castizo barrio de San Francisco, hasta el mismísimo París, donde este parece apañárselas muy bien junto a su compañera Yareliz, sisando carteras y dándose la buena vida… hasta que comienzan los problemas, claro. Porque, como señaló Artigue, al final París o Bilbao no son tan distintos, cuando los prejuicios, la corrupción policial y el crimen se ponen a trabajar. Arretxe señaló cómo su personaje, pícaro y un tanto ingenuo al comienzo de sus andanzas, ha ido madurando y endureciéndose de novela en novela bajo los golpes de la vida, pero a pesar de todo no ha perdido por completo su buen fondo y mantiene todavía ese último reducto de bondad moral con el que conmueve al lector, que humaniza y dota de empatía la figura omnipresente del migrante, más allá de tópicos xenófobos. Que esa es también la principal finalidad de su autor: combinar entretenimiento y crítica social, para ponernos en la piel del otro y hacernos mirar desde sus ojos. Novela negra poscolonial que a juicio del presentador haría las delicias del mismísimo Edward Said. Tan solo en una cosa no estamos de acuerdo con sus entusiastas alegatos, y es que al fin y al cabo, a Jon Arretxe le falta algo para ser el Chester Himes de Bilbao: color. Aunque, eso sí, simpatía y buen hacer le sobran siempre.

 


De las grandes historias de la historia a las pequeñas historias negras del txapela noir, sin duda uno de los protagonistas principales de esta edición de la Semana. Carlos Ollo fue el encargado de introducir la nueva novela de Laura Balagué, En el otro bolsillo (Erein), junto, por supuesto, a su autora. Un nuevo misterio para la oficial de la Ertzaintza Carmen Arregui, personaje habitual de Balagué, que se enfrenta aquí a un caso difícil porque, precisamente, parece fácil. Y es que la víctima, una auxiliar de enfermería muerta en extrañas circunstancias, era una de esas personas tan normales y anodinas, con una vida tan gris, que parece imposible que alguien quisiera verla muerta o que estuviera envuelta en asunto criminal alguno. Pero junto a sus habituales compañeros Aduriz, Lorena y Fuentes, la paciente y meticulosa Arregui, que además de luchar contra el crimen tiene que sacar adelante la casa como cualquier mujer de su generación, siguiendo su máxima de que «en la escena del crimen el que no ayuda estorba», no tardará en descubrir que hasta la persona más vulgar esconde secretos y mentiras capaces de asombrarnos. En mor del mayor realismo posible, Balagué llegó a abrir a su víctima una falsa cuenta en un servicio de citas online, a fin de ver qué tipo de hombre se sentiría atraído por su personaje. ¿Quién respondió? Eso no lo dijo.

 


Sin salirnos ni un ápice de la txapelaxploitation (insistimos, a ver si cuela), seguimos con la presentación de Sospechosos (Erein), del abogado y novelista de Bilbao Juan Infante, acompañado por un siempre juvenil y algo nervioso (presa de la admiración sin límites que siente por el género) Nacho S. Álvarez. Tercera novela protagonizada por su Garrincha, personaje atípico, ni policía ni detective sino un duro exdelincuente siempre al borde de la ley, contratado por la familia Echevarría para que les saque de apuros tras una boda sangrienta, apuros que también implican, por cierto, a los inspectores de la Ertzaintza, Sara Cohen y Miguel Frabetti, todos implicados en un turbio asunto de negocios del pasado, que puede estallar en cualquier momento. Garrincha, personaje digno de cualquier hard boiled de los de antes, con su carácter explosivo, domina esta retorcida intriga en la que Juan Infante hace gala una vez más de su humor gamberro y sana ironía, que contrastan con la oscura violencia y brutalidad de sus historias. A pesar de que Garrincha es amoral y poco recomendable como amigo, no carece de virtudes y al final hasta llega a caernos bien, por lo que nos congratulamos de que Infante esté ya trabajando, desde tiempos pandémicos, en la cuarta entrega de sus aventuras.

 


En pirueta más esperable que inesperada volvieron la pizpireta Noelia Lorenzo y el licenciado navarro Carlos Ollo, pero ahora invirtiendo papeles, siendo la primera su glosadora y el segundo protagonista de la presentación de su nueva novela negra Mortaja de barro (Erein), otro caso de esa muy peculiar pareja de investigadores que componen el inspector Faustino Villatuerta y su hija, la oficial Nerea, con quien comparte no solo vida cotidiana y familiar sino investigaciones criminales tan complicadas como esta, donde la aparición de un cadáver momificado en las aguas del embalse del pueblo de Eugi significará también la reaparición de tragedias y crímenes de un pasado que sigue influyendo en el presente, para bien y, sobre todo, para mal. Con la complicidad admirada de Noelia Lorenzo, Carlos Ollo explicó el origen de su idea: la visita a una presa para ayudar a su hija en un trabajo sobre robótica, así como sus dos manías narrativas principales: desarrollar sus intrigas en dos tiempos (aquí, el momento del crimen, en los años cincuenta del contrabando y la posguerra; y el momento de la investigación actual), así como su pasión por los pasadizos secretos, herencia de una infancia entregada a las aventuras de Los Cinco de Enid Blyton (ahora cancelados o como mínimo reformateados). Violencia de género, memoria histórica, vida familiar y misterio criminal, se entrelazan en una entrega de la serie en la que el autor ha dado voz propia también al inspector Faustino, harto el pobre de pasar por machista e insensible. Cómo está la cosa si hasta este entrañable paisano algo jurásico pero de buen corazón tiene que dar explicaciones en los clubes de lectura…

 


Es mucha novela negra la que se escribe en Euskadi, y la SN siempre ha estado muy atenta a ella. Y por eso, para hablar de la novela negra que se escribe en Euskadi, hubo ayer que organizar no una, sino dos mesas redondas, una a las 18:00 y otra a las 21:00, la primera con la participación de Noelia Lorenzo, Carlos Ollo y Jon Arretxe, conducidos por Nacho S. Álvarez y Ángel de la Calle; y la segunda, con la de Laura Balagué, Juan Infante y José Javier Abasolo, conducidos por Luis Artigue.

Se habló en estas dos mesas de si realmente hay una novela negra vasca; si hay algo que una a la nutrida legión de escritores que escribe noir en las tierras de Jaun Zuria. Se manifestó de la opinión de que sí Carlos Ollo, que apuntó a una «novela climática», reflejo del paisaje y la idiosincrasia peculiar del País Vasco, como el humor socarrón de los caseríos que Abasolo aseguraría recoger en su personaje Goiko en la segunda mesa redonda; pero no así Arretxe, para quien «la gente piensa que hay una novela negra vasca, y nos conviene a todos, pero la verdad es que hay mucha diferencia de unos a otros; somos completamente diferentes, como nuestros propios paisajes». Hay novela rural y urbana; novela ambientada en las zonas vinícolas del sur de Navarra o en barrios de grandes ciudades como el de San Francisco, en Bilbao, donde Arretxe ambienta sus novelas. Un Bilbao del que Abasolo se declaró enamorado: «Me gustaba cuando era muy fea y ahora me gusta mucho más».

Sí hubo acuerdo total en las dos mesas en señalar a José Javier Abasolo, presente en la segunda, cuando fue descrito como «el Manuel Vázquez Montalbán vasco» por Luis Artigue, como papa de esta literatura negra prolija que también debe muchísimo a la editorial Erein, un sello peculiar, que agrupa a casi todos los autores vascos de lo que Jesús Palacios llama txapela noir. Lo ilustraba Lorenzo: «Erein para mí es diferente; conoces otras editoriales y no hay esa familiaridad; son súper familiares. Para esta Semana Negra», ejemplificó la autora, «nos ha hecho una de las editoras un grupo de WhatsApp y nos pregunta siempre si estamos a gusto. El otro día, salimos en la tele, en un programa que se iba a grabar en Bilbao, y nos llevó otra de ellas en coche». En Erein, relató, «no te presionan nada; te sugieren cosas, pero no destrozan el manuscrito, ni lo convierten en otra cosa». Erein, aseveró, por su parte, Arretxe, hizo una «apuesta grande» por un género despreciado y convirtió a Abasolo, y más tarde a Arretxe, en referentes a seguir por todos los autores que vinieron después. «Les hemos seguido, les hemos leído y ahora estamos en la misma editorial», contó Infante; y Balagué se declaró con «mucha suerte» de haberlos conocido ya antes: «Ellos me animaron a que mandara un manuscrito a la editorial».


  

sábado, 9 de enero de 2021

UNA TUMBA EN JERUSALÉN (JOSÉ JAVIER ABASOLO). SINOPSIS


Os dejo la sinopsis de mi nueva novela, UNA TUMBA EN JERUSALÉN. En esta ocasión no aparece Goiko, pero confío en que Claude Larrouy también sea merecedor de un hueco en vuestras estanterías.

Durante la II Guerra Mundial, en el marco de un intento nazi por granjearse la colaboración del nacionalismo vasco, Claude Larrouy, un agente de los servicios de información del gobierno del lehendakari Agirre en el exilio, se infiltra en la comisaría de Baiona. Desde su puesto, averigua la identidad de un grupo de oficiales de las SS que asesinan brutalmente a mujeres. Terminada la contienda, Larrouy solo tiene un objetivo, localizarlos y matarlos a todos. Y es lo que, con la colaboración del Mossad, ha hecho a lo largo de tres largas décadas. Ahora, en 1973, se encuentra en Madrid, dispuesto a acabar con el último de la lista. Pero no va a ser fácil, pues es la mano derecha en la sombra del delfín de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, que acaba de ser nombrado presidente del gobierno.




UNA TUMBA EN JERUSALÉN (JOSÉ JAVIER ABASOLO). EL CONTEXTO HISTÓRICO

Una tumba en Jerusalén es una historia de ficción, pues se trata de una novela, y las novelas, por definición, son obras de ficción. Ahora bien, cuenta con un trasfondo histórico. En estos casos, el lector o la lectora raramente pueden eludir la tentación de preguntarse si determinados hechos que se narran sucedieron en algún momento o si tal o cual personaje se basa en personas que realmente existieron. En definitiva, dónde están los límites entre la ficción y la realidad o, más exactamente, la historia.

El trasfondo de Una tumba en Jerusalén está integrado básicamente por tres escenarios históricos: el intento por parte de determinados jerarcas del III Reich de atraer a su causa al nacionalismo vasco, en el marco de la II Guerra Mundial; la caza y captura a la que fueron sometidos muchos de los nazis huidos tras la rendición de Alemania, con independencia del país en el que se hubieran refugiado, y los (pen)últimos años del franquismo. Veamos uno a uno estos escenarios.

El III Reich pretendía establecer un Nuevo Orden en Europa, para lo cual necesitaba aliados. Contó con muchos, muchísimos. Por una parte, porque las ideas totalitarias no eran exclusivas de Alemania e Italia, y existían fuerzas de corte nazifascista en la práctica totalidad de los países. Por otra, porque, lógicamente, no fueron pocos los oportunistas que apostaron por el que parecía el caballo ganador. Pero, además, hubo jerarcas nazis que, impulsados en parte por sus convicciones etnicistas y en parte por la pura conveniencia, buscaron aliados también en las naciones sin Estado. Y los encontraron, por ejemplo, en Bretaña o en Flandes, pero también en Ucrania o en Georgia, y en otros muchos países. Por ejemplo, las Waffen-SS llegaron a integrar a una legión de indios que peleaban por la independencia de su país, entonces en manos británicas. El axioma “los enemigos de mis enemigos son mis amigos genera a menudo extrañas compañías.

En este contexto, el nacionalismo vasco también fue sondeado sobre la posibilidad de colaborar en la construcción del Nuevo Orden. Y lo fue por iniciativa de Karl Rudolf Werner Best, un oficial de altísimo rango de las SS, en realidad, un general, que había sido ayudante personal de Reinhard Heydrich cuando este estaba al frente de la Oficina Central de Seguridad del Reich, que, entre otros “servicios”, controlaba a la Gestapo. El sondeo no dio frutos, porque, tal y como se explica en la novela, el nacionalismo minoritario, ANV, era de izquierdas y el mayoritario, representado por el PNV-Gobierno Vasco en el exilio, se comprometió desde el primer momento con los Aliados, muy especialmente a través de los “servicios” o Servicio Vasco de Información. Ello no obsta para que alguno de sus militantes, concretamente, Eugène Goyhenetche, practicara, de grado o por fuerza, un doble juego que, terminada la guerra, hizo que purgara cárcel por colaboracionista. Si fue un héroe o un villano es algo que aún sigue suscitando controversia, aunque lo cierto es que fue rehabilitado. En 1968 obtuvo la cátedra de Historia Vasca en la Universidad de Pau y en 1982 la Universidad del País Vasco le otorgó la distinción de “Doctor Honoris Causa".

Un vasco al que también se cita en la novela y que sí fue un colaboracionista notorio, aunque no estaba adscrito a partido abertzale alguno sino a la derecha francesa, fue Jean Ybarnégaray, quien llegó a ser ministro en el gobierno de Vichy. Sin embargo, se distanció y, en 1943, acusado de haber ayudado a diversas personas a atravesar clandestinamente la frontera de los Pirineos, fue deportado al campo de Fussen-Planssee, en Austria. Terminada la guerra, fue condenado en Francia por colaboracionista a la pena de “degradación nacional”, que le privaba del derecho a voto, a ser candidato, a ejercer determinados empleos o a poseer armas. Le fue suspendida precisamente “por acto de resistencia”. 

El segundo escenario histórico que está en el trasfondo de Una tumba en Jerusalén es el de los nazis que, terminada la guerra, se escondieron en diversos países del mundo y la caza a la que fueron sometidos. En la inmediata posguerra, las potencias aliadas se emplearon lógicamente a fondo, tanto para capturar a los jerarcas alemanes del nazismo como a sus colaboradores locales, al tiempo que pugnaban entre ellas por hacerse con los servicios de científicos, como Wernher von Braun, a quien se cita en la novela, o agentes de inteligencia que pudiesen reportarles algún beneficio, aunque ello supusiera tener que mirar a otro lado con respecto al grado de compromiso que habían mantenido con el régimen de Hitler. Pero, sobre todo tras los Juicios de Núremberg, que supusieron el ajuste de cuentas con la cúpula del nazismo, las potencias aliadas se relajaron y el peso de la investigación para localizar a los huidos y documentar los cargos contra ellos quedó muchas veces en manos de particulares, como Simon Wiesenthal, un superviviente de los campos de exterminio.

Es rigurosamente cierto que un ciego llamado Lothar Hermann, con la ayuda de su hija Silvia, proporcionó la pista que permitió al Mossad identificar y localizar en Argentina a Adolf Eichmann, considerado uno de los responsables más directos de la “solución final”. También que el propio Simon Wiesenthal había aportado años antes datos concluyentes al respecto que, por alguna razón, no habían sido tenidos en cuenta. Como Argentina no condecía extradiciones, un comando del Mossad secuestró a Eichmann en 1960 y lo condujo a Israel, donde fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.

También en España se refugiaron prófugos nazis, al amparo del régimen franquista. Uno de los más conocidos fue el belga Léon Degrelle, que, a punto de terminar la guerra, se subió en Noruega a un avión Heinkel y voló hasta amerizar, cuando ya no le quedaba gasolina, en la donostiarra bahía de la Concha. A pesar de que Bélgica, donde había sido condenado a muerte en ausencia, solicitó su extradición, Franco nunca la concedió. Otro de aquellos prófugos fue Otto Skorzeny, muy reputado por sus acciones de comando, como la que llevó a cabo para rescatar a Mussolini cuando este estaba preso en el Gran Sasso. En España, siempre al amparo del régimen, Skorzeny colaboró con ODESSA, red clandestina dedicada precisamente a facilitar la huida a América Latina a exmiembros de las SS, y también con una empresa “de seguridad” dirigida por nazis alemanes creada, entre otras cosas, para apoyar en tareas escabrosas a la Dirección General de Seguridad española.

Y así enlazamos con el tercer escenario que constituye el trasfondo histórico de Una tumba en Jerusalén, el de los (pen)últimos años de la dictadura. Desde la Guerra Civil, Franco había ostentado la doble condición de jefe del Estado y presidente del Consejo de Ministros. En junio de 1973, con su enfermedad ya avanzada, decide dejar este segundo cargo, más ejecutivo, en manos del almirante Luis Carrero Blanco. Era este un hombre de la entera confianza del dictador, su delfín, llamado a ser el encargado de perpetuar el franquismo después de Franco. Controlaba los servicios de inteligencia y también de represión, como era el caso de la Brigada Político-Social. Precisamente un comisario de esta BPS, Melitón Manzanas, con fama de torturador y, por cierto, también de haber colaborado con la Gestapo durante la II Guerra Mundial, había sido en 1968 la primera víctima mortal deliberada de ETA. A su vez, el atentado contra Manzanas había estado en el núcleo del juicio celebrado en 1970 contra la cúpula de esta organización, el llamado Proceso de Burgos, que, paradójicamente, dejó en evidencia que las costuras del régimen empezaban a reventar. Carrero era el hombre llamado a recoserlas. Pero no tuvo tiempo, todo acabó para él apenas seis meses después de haber sido nombrado presidente, el 20 de diciembre de aquel mismo año de 1973. Le sucedió en el cargo el que era su ministro de Gobernación (hoy diríamos de Interior), Carlos Arias Navarro, a quien también vemos en la novela y que ha pasado a la historia como ese señor que, el 20 de noviembre de 1975, se asomó a las pantallas en blanco y negro de los televisores con semblante extremamente compungido para anunciar: “Españoles, Franco ha muerto”.




domingo, 21 de junio de 2020

UNA TUMBA EN JERUSALÉN EN EL DIARIO "GARA"


El escritor bilbaino José Javier Abasolo, autor afincado en el género negro de temática actual, nos sorprende en su última novela, “Una tumba en Jerusalén” (Txertoa), con una trama histórica que traslada a los y las lectoras hasta la Segunda Guerra Mundial, para arrancar la narración con una trama ligada al nazismo y a los contactos que tuvo con el nacionalismo vasco. «Es cierto que mis novelas suelen pasar en época actual, pero esta vez quería ir más lejos porque me interesa la historia de este país y esos personajes que son poco conocidos, sobre todo cuando están al norte de la muga de Irun», relató el autor en la presentación de ayer.
Se refería a Eugène Goyhenetche y Jean Ybarnégaray, personas que existieron y que Abasolo ha querido rescatar para arrancar la trama de su nueva novela. El primero, según explicó, era un joven historiador nacido en Uztaritze con el que contactaron los nazis alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Ybarnégaray, por su parte, fue un político que a lo largo de su carrera militó en diversos partidos y ligas de derecha, y fue también el primer presidente de la Federación de Pelota Vasca, que se constituyó en 1921 en Baiona. «Era nacionalista francés y al mismo tiempo vasquista. Da la impresión de que era un hombre que jugaba a dos bandas», opinó Abasolo.
El autor recalcó que es cierto que los nazis contactaran con Goyhenetche para tratar de unir los diferentes nacionalismos y ponerlos al servicio de Hitler –de hecho, en 1944, tras finalizar la guerra en el Estado francés, ingresó en prisión acusado de colaborar con los nazis–, pero en el caso de Ybarnégaray estos contactos son ficticios.
Tres escenarios históricos
Así, Abasolo divide el relato en tres escenarios históricos. El primero, el que arranca la novela, versa sobre estos dos personajes históricos y, según adelantó el editor de Txertoa Martin Anso, se centra en los contactos con los nazis que citaba Abasolo: «En la Segunda Guerra Mundial los nazis trataron de colaborar con los nacionalistas vascos. Esto no sucedió solo con los vascos, trataron de establecer relaciones con varias minorías nacionales para implantar un nuevo orden. Su lógica era: el enemigo del enemigo es mi amigo». Añadió que algunos aceptaron la colaboración pero que en Euskal Herria «no se daban las condiciones y se declinó la oferta: los nazis acababan de bombardear Gernika y los contactos eran complicados», recordó Anso. En la novela, tanto Goyhenetche como Ybarnégaray serán partícipes de esos contactos y por ello serán perseguidos por un agente del servicio secreto del lehendakari Agirre, desde Baiona.
El segundo escenario histórico nos traslada al final de la contienda. «Muchos nazis huyeron y los aliados tratarán de dar con ellos, entre ellos Simon Wiesenthal», personaje real que, tras pasar por Mauthausen-Gusen, dedicó su vida a llevar a los huidos ante la justicia y que Abasolo trae a su novela.
La tercera parte transcurre en 1973, en un Estado español gobernado por un dictador que está dando sus últimos coletazos y al que, previsiblemente, sucederá Carrero Blanco. «Esta última trama arranca cuando Blanco es nombrado jefe de Gobierno», adelantó Anso, quien opinó que «lo más interesante de esta novela es cómo viste una trama de espionaje con datos históricos muy interesantes».
HISTORIA
«Mis novelas suelen pasar en época actual, pero esta vez quería ir más lejos porque me interesa la historia de este país y esos personajes que son poco conocidos, sobre todo cuando están al norte de la muga de Irun», relata el autor.



martes, 10 de diciembre de 2019

EL JURAMENTO DE WHITECHAPEL TAMBIÉN SE LEE EN BÉLGICA

Rodolphe Stembert, un atento lector belga, estudioso y especialista del género negro, me envía sus impresiones sobre EL JURAMENTO DE WHITECHAPEL.
Merci beaucoup. Rodolphe.


Décidément Abasolo ne cessera pas de nous étonner. Après nous avoir habitués aux enquêtes du commissaire Goicochea, il s’est aventuré, avec succès, dans le récit uchronique (El aniversario de la independencia) ensuite dans une œuvre pleine d’humour qui évoluait entre parodie du western et roman policier (Una del Oeste).
Voilà qu’il nous entraîne dans un nouvel exercice de style pour notre plus grand plaisir
Avec son dernier roman El juramento de Whitechapel, Erein, 2019, il change de lieu, d’époque et de style.
Il y fait se côtoyer personnages réels et personnages fictifs dont il présente la liste dans un Dramatis personae. Le lecteur francophone1 reconnaîtra Conan Doyle et peut-être Constance Markievicz, féministe et surtout militante pour l’indépendance de l’Irlande. Peu importe puisque ces personnages bien réels, comme d’autres d’ailleurs, sont considérés, au même titre que les personnages créés par l’auteur, comme des protagonistes d’une fiction. Tantôt adjuvants, tantôt opposants.
Le lecteur espagnol - le basque en particulier- reconnaîtra Sabino Arana, le futur fondateur du PNV (Parti National Basque).
Quant au lecteur anglais, il reconnaîtra les acteurs qui, de loin ou de près ont été impliqués dans la recherche de celui qu’on a appelé Jack l’éventreur.
On est en 1888. Abasolo imagine que Sabino Arana, a été envoyé à Londres après le décès de sa mère, pour apprendre l’anglais et surtout se familiariser avec le monde des affaires chez Peter Kingsfield, un industriel membre de la chambre des Lords, vieil ami de son père. Tout au long de son séjour à Londres, il sera piloté par Charles le fils de Peter Kingsfield
Son arrivée dans la Londres victorienne correspond au premier crime de Jack l’éventreur.
Charles va l’entraîner à mener une enquête pour découvrir l’assassin des prostituées du quartier mal famé de Whitechapel, empiétant ainsi sur les investigations que mènent les agents de Scotland Yard, ce qui va provoquer quelques frictions, mais aussi des collaborations inattendues.
Il y a deux narrateurs : un prêtre basque, condamné à mort par le régime de Franco pour être resté fidèle à la République qu’il avait servie en qualité d’aumônier du bataillon basque pendant la guerre civile. Il vient de recevoir la sentence et attend son exécution avec d’autres condamnés, des prêtres comme lui, des anarchistes, des socialistes, des communistes, des nationalistes... ; il a refusé de se confesser à l’aumônier de la prison préférant le faire avec un des prêtres incarcérés.
Cette confession lui en rappelle une autre, quand frais émoulu du séminaire, il avait confessé Sabino Arana qui sera le deuxième narrateur.
En effet, après s’être confessé, Arana va raconter à son confesseur son séjour à Londres dans la maison des Kingsfield, ses relations avec sa famille d’accueil, en particulier avec Elisabeth, la sœur de Charles et ses investigations dans le quartier de Whitechapel, ses scrupules...
Le prêtre qui a appris par expérience la relativité des dogmes interrompt épisodiquement le récit de Sabino– ses divagations comme il dit – pour s’étonner de ses scrupules, analyser ses propos, et, parfois, se remettre lui-même en question.
Au départ pourtant, pas mal de choses semblaient opposer Sabino à ses hôtes également : Charles et Elisabeth sont anglicans, Sabino est un catholique conservateur, timoré en amour, constamment en proie à des problèmes de conscience ; Charles condamne les mouvements indépendantistes irlandais, Sabino, militant pour l’indépendance d’Euskera ne dissimule pas ses sympathies pour ces mouvements ; Charles est gouailleur, Sabino timide ; Charles est à l’aise dans les ruelles de Whitechapel, Sabino est horrifié par ces lieux de débauche et de péché...
Autour de ces trois personnages, il y a encore FitzGerald, un curé irlandais, O’Malley, un malfrat irlandais peu commode, Latimer, le secrétaire de Peter Kingsfield, une sorte de Iago et le monsieur élégant coiffé d’un chapeau qui est chaque fois présent sur le lieu du crime. Et quelques personnages sortis tout droit des pulp magazines, comme ce Francis Hurley, alias Le Marteau, ou les prostituées de Whitechapell... Des secrets de famille et quelques autres crimes inattendus, mais toujours en rapport avec l’intrigue principale.
Résumé ainsi, cela donne l’impression d’un écheveau dont les fils seront bien difficiles à démêler. Pourtant, il n’en est rien. L’une des qualités de ce roman réside dans sa cohérence et la liberté prise par l’auteur avec les canons du roman à énigme en ne jouant pas avec des fausses pistes.
Par contre les rétentions d’informations de la part de certains protagonistes vont conforter la multitude d’indices habilement distillés tout au long du roman.
Et si, à la façon des séries à la mode, il introduit une histoire d’amour, c’est pour la laisser à l’état d’ébauche, en relation avec les scrupules religieux et le savoir-vivre de Sabino, mais aussi en interaction avec la trame narrative.
La résolution de l’énigme, grâce au don d’observation et à la perspicacité de Sabino (voir la scène de la représentation de Nabucco) qui est un peu le Whatson de ce duo de détectives amateurs, est tout à fait plausible et pourrait constituer une hypothèse vraisemblable de l’explication de ces crimes.
Une autre qualité de ce roman réside dans l’écriture qui fait penser à la technnique du pastiche. C’est peut-être une impression personnelle parce qu’il est plus aisé de découvrir le pastiche quand on lit dans sa langue maternelle. Malgré tout, on ne peut se passer de penser soit à l’écriture de Dickens soit à celle de Conan Doyle, tous deux cités – et même protagoniste en ce qui concerne ce dernier – dans le roman.
Il y a, en effet, un ton très « british » dans ce récit, particulièrement dans les dialogues entre Charles, railleur et Sabino soucieux de ne pas vexer son interlocuteur ou dans les dialogues entre Sabino et Elisabeth.
Un roman comme on les aime, qui offre des surprises, tant du point de vue des histoires qu’il conte que de la manière de les raconter, à mille lieues des « super ventes » fabriqués à base d’algorythmes ; un roman dans lequel chaque situation, chaque dialogue contient un élément qui fait avancer l’enquête, même si, à première vue il peut sembler gratuit.
Bref un roman qui fait appel à l’intelligence du lecteur et qui ne manque pas d’humour.
(Rodolphe Stembert).