domingo, 18 de noviembre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 685.-EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO (GASTON LEROUX)

Título: EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO
Título original: LE MYSTÈRE DE LA CHAMBRE JAUNE
Autor: GASTON LEROUX
Editorial: ABRAXAS
Trama: Una joven, hija y colaboradora de uno de los científicos más prominentes de Francia, sufre un atentado que la deja al borde de la muerte, en el castillo en el que residen y trabajan, generándose un doble misterio. Por una parte, es imposible que el hombre que intentó asesinarla pudiera salir del “cuarto amarillo” en el que se produjo el atentado, ya que estaba cerrado por dentro y además había testigos en el exterior que tendrían que haberle visto salir. Por otra parte, parece conocer el motivo --y tal vez la identidad de su autor-- del atentado y aun así no proporciona inmformación a la policía encargada del caso.
Personajes: Rouletabille, personaje principal de las novelas de Gaston Leroux, joven periodista de tan sólo dieciocho años, con una inteligencia e intuición asombrosas, lo que le permite desentrañar los misterios más extraños, Sainclair, pasante de abogado, amigo de Rouletabille y narrador de la historia, Papá Jacques, criado de confianza del padre de la mujer contra la que han atentado, Robert Darzac, prometido de la mujer contra la que han atentado, muy enamorado de ella, pero que parece guardar un extraño secreto, Frédéric Larsan, policía estrella de la Sûreté, eficaz y concienzudo, al que no le incomoda colaborar con Rouletabille, Papa Mathieu, tabernero del pueblo, un hombre hosco y malhumorado, El hombre de verde, guarda del castillo en el que vive la muer atacada, insolente y mujeriego, Marquet, juez de instrucción encargado del caso, autor de teatro con seudónimo y al que le gusta dramatizar.
Aspectos a Destacar: Gaston Leroux fue uno de los escritores franceses pioneros en el género policiaco en su país, alcanzando gran éxito en su momento con las novelas protagonizadas por el joven periodista Rouletabille. En esta novela, además, se introduce en uno de los temas más clásicos de la novela policial tradicional, el crimen en una habitación cerrada, resolviéndolo con lógica y brillantez.
La Frase: El pensamiento de este niño era una de las cosas más curiosas que jamás tuve la ocasión de observar. Rouletabille se paseaba por la vida con ese pensamiento sin sospechar el asombro --digamos la palabra--, la estupefacción que causaba a su alrededor. La gente volvía la cabeza hacia aquel pensamiento, lo miraba pasar, alejarse, del mismo modo que nos paramos a mirar con más detenimiento cualquier silueta especial que se haya cruzado por nuestro camino.

jueves, 15 de noviembre de 2018

TRAS LA MÁSCARA DE LA INOCENCIA (JAVIER VALLEJO)


LA NOVELA: Tras varios meses separado de su familia por motivos laborales, Alex Gálvez regresa a casa de forma inesperada, con la intención de darle una grata sorpresa a Zaira y los niños. Desafortunadamente, los acontecimientos no se desarrollan como esperaba, y el cálido recibimiento que le ofrece su esposa no tarda en convertirse en una acalorada discusión; es medianoche y Héctor y Alba no están en casa. Después de mutuas acusaciones y reproches, Alex acaba marchándose enardecido en busca de la pequeña. Cuando la llegada del amanecer pone en marcha un nuevo día en Ribera de Bracón, sus vecinos se topan con la cruda realidad: Alba Gálvez ha desaparecido en el parque de las Barbas, donde una vecina que paseaba al perro, ha hallado sus pertenencias y restos de sangre. A partir de este descubrimiento los acontecimientos se precipitan: lo evidente se torna difuso; lo imposible se vuelve probable y lo descabellado da un paso decidido al frente. Entre desesperadas conjeturas el caso avanza en una carrera contrarreloj para descubrir quién se esconde Tras la máscara de la inocencia.

EL AUTOR: Javier Vallejo Docampo (Madrid, 1982) estudió imagen y sonido en Madrid. Aunque en un principio el cine y la fotografía acapararon su atención, finalmente fue a través de la escritura, uno de sus más antiguos hobbies, como de verdad logró plasmar sus inquietudes. Después de la publicación de Malas Experiencias y El Gagolandro, decide dar el salto a la Novela Negra con su tercera obra: Tras la máscara de inocencia.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

¡MALDITO BASTARDO! (KOLDO ESTRADA CAREAGA)


LA NOVELA: Nada le gustaría más a Orosio que le dejasen terminar sus estudios en paz. Por desgracia, el mundo tiene otros planes: el Imperio se desmorona, y como hijo bastardo del rey, debe colaborar para impedirlo. Pero no hay problema, después de todo no está moralmente mal utilizar la magia negra para ello. ¿O sí? Por el camino se encontrará con asesinatos, conspiraciones y nigromantes, pero sobre todo tendrá que responder a una pregunta: ¿ha elegido el bando equivocado?

EL AUTOR: Koldo Estrada Careaga. Getxo (Bizkaia), 1994. Ha realizado estudios de Administración y Dirección de Empresas en la Universidad del País Vasco. Aficionado desde siempre a la lectura y la escritura, solo recientemente ha decidido dar el salto a la publicación. Sus géneros literarios preferidos son la fantasía y la ciencia ficción.
¡Maldito bastardo! es su primera novela publicada.



martes, 13 de noviembre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 684.-EL REY DE ANDORRA (MIGUEL IZU)

Título: EL REY DE ANDORRA
Autora: MIGUEL IZU
Editorial: BERENICE
Trama: Un profesor de historia afincado en Pamplona, antiguo guardia civil que tuvo que retirarse a raíz de sufrir un atentado, fallece al caerse desde la terraza de un hotel en La Seu d’Urgell, donde se encontraba investigando sobre un personaje que en los años 30 del siglo pasado se autoproclamó Rey de Andorra. Pero lo que tiene toda la pinta de ser un accidente se complicará cuando los Mossos d’Esquadra que realizan las primeras diligencias lleguen a la conclusión de que su caída mortal se produjo por la intervención violenta de otra persona.
Personajes: Maite, la viuda del profesor asesinado, muy unida a él, ya que tuvo que luchar en su momento contra los prejuicios de sus amistades y familiares de Pamplona por casarse con un guardia civil, El abogado de Maite, muy unido a ésta desde jóvenes y amigo también, con el paso del tiempo, de su marido, pese a haber desaconsejado en un primer momento ese enlace, Francesc Roca, mosso d’esquadra encargado de la investigación, hombre tranquilo y metódico, que no se deja llevar por la primera impresión, Luis Goma, guardia civil retirado, al que le gusta hablar, y que estuvo destinado en La Seu d’Urgell cuando Boris I se proclamó rey de Andorra, Boris de Skossyreff, aventurero y estafador de origen eslavo, que lo mismo puede ser ruso que checo, polaco o lituano, con ínfulas aristocráticas y que intenta ser coronado como rey de Andorra.
Aspectos a Destacar: La habilidad del autor para engarzar, dentro de una misma novela y de una manera coherente, tanto la historia policial que sucede en la época actual como la narración de lo que en los años de la II República tiene tanto de intento de estafa como de aventura apasionante al moo clásico.
La Frase: Cuando a uno le toman por sospechoso, la presunción de inocencia suena muy bonita pero no se puede alegar para que no le molesten: eso queda para el juicio, si hay juicio. De momento el sospechoso se ve forzado a tener que convencer a los policías, y a la juez en mi caso, de que es inocente, a dar todo tipo de explicaciones.

lunes, 12 de noviembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: EL ASALARIADO


Vuelven los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS a solazaros en este triste lunes otoñal. Y como lo de ponerme de protagonista en el relato anterior me gustó, hoy vuelvo a utilizar a un escritor de novela negra como narrador aunque, como suele decirse, todo parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿O quizás no? Eso sólo lo sabe


EL ASALARIADO


          Una de las servidumbres de ser un famoso escritor consiste en que de vez en cuando la editorial te saca de paseo para que el público lector, esa gente a la que, en acertadas palabras de las más raciales y folklóricas de nuestras artistas patrias, tanto debemos y tanto nos quiere, pueda comprobar que somos personas de carne y hueso, generalmente más bajitos y con mucho menos pelo de lo que aparentamos en las fotos promocionales. Así que en esas ocasiones cogemos nuestros bártulos y en avión, ferrocarril o utilitario de segunda mano, depende de las posibilidades económicas de la editorial y de la importancia del propio escritor --siempre minusvalorado según objetiva y meditada autocrítica--, nos encaminamos a eso que algunos llaman provincias, como si en el país hubiera provincias y otra cosa, dispuestos a dar aburridas conferencias con el único objetivo de salir, al día siguiente, en las páginas de información local del periódico de turno y que el editor amortice parte del dinero que, según palabras que suenan más a reproche que a otra cosa, ha invertido en nuestra escasamente vendida obra.
          Si todo eso ya es de por sí grave la cosa no tiene desperdicio cuando uno, imbuido de un auténtico espíritu masoquista, se dedica al género policíaco. Eso es el no va más. Nuestros amados lectores no entienden que seamos gente de lo más burguesa con una tripa cada vez más prominente, en delicado homenaje a los esfuerzos que hemos realizado durante toda nuestra existencia por vivir bien, con una hipoteca que sostener, un cónyuge a quien debemos pedir constantemente excusas porque se nos ha olvidado fregar los platos justo el día que nos tocaba y que él o ella tenía un compromiso importante y unos hijos que se pasan todo el día dándonos disgustos, sacando malas notas, llegando a casa después de las diez de la noche, jugando todo el puto día con consola y escaqueándose siempre que pueden de la misa dominical. Pues no señores, nada de eso, se supone que debemos ser tíos (o señoras, que lo incorrectamente literario no debe anular lo políticamente correcto) bragados, echaos p’alante, temerarios y cosas por el estilo. Vamos, que cual émulos de Arturito el intrépido todos tenemos la obligación de haber estado en cuatro guerras mundiales, dieciocho conflictos bélicos de segunda división y nueve o diez golpes de estado, amén de haber cogido alguna que otra sífilis o gonorrea por mor del contacto espiritual con el personal aborigen. Y claro, cuando se supone eso y luego te ven, con tu escaso metro setenta y dos, la calva reluciente que parece estar bajo los amorosos cuidados de Don Limpio, las gafas cuyos cristales asaz prominentes delatan que su propietario no ve más allá de sus narices cuando está totalmente desnudo (ni falta que le hace si la postura es la adecuada), la ominosa papada delatora, y esa tripa que, en palabras del gran Obélix, no significa, por supuesto que no, que estés gordo sino que eres bajo de tórax, la decepción es mayúscula y tú, que ya de por sí eres escéptico y un pelín descreído respecto a la mitomanía que te envuelve, te sientes de repente empequeñecido y, sobre todo, acojonado, muy acojonado, pero como el que paga manda y tú no eres más que un mandado, pues no te queda más remedio que salir del paso lo mejor que puedes, esperando que al finalizar tu charla sean pocas las octogenarias que quieran demostrarte con efusivos besos lo mucho que les ha gustado tu intervención.
          ¿Que por qué meto toda esta chapa a modo de preámbulo? Bueno, porque sí en primer lugar, porque si soy yo el que cuenta lo que pasó lo cuento a mi modo, ¿vale? ¿Que todavía no he contado nada? Coño, pues es verdad, pero de todas formas eso tiene fácil arreglo. Se trata de una de las charlas a las que tuve que asistir, ya se sabe, esas charlas a las que estamos obligados a ir porque..., bueno, bueno, bueno, vale, eso ya lo he explicado, de acuerdo, iré al grano. El caso es que esa charla era como todas, yo iba a un centro cultural, o recreativo, o lúdico, o gastronómico, o todo junto, el organizador me presentaba con elogiosas (y seguramente en su opinión inmerecidas) frases y poco después tomaba la palabra para cumplir del modo más correcto posible, lo que en términos futbolísticos (o boxísticos, no estoy muy ducho en deportes) se denomina una faena de aliño.
          Aquel día era como todos, el presentador estaba igual de aburrido que el resto de los presentadores con los que había coincidido en mi vida, la botella de agua mineral estaba caliente, como siempre, el micrófono no funcionaba correctamente (menos mal que, también como siempre, entre el público asistente había un manitas que se prestó voluntario a arreglarlo, de modo que al final del día acabé afónico porque durante toda la charla tuve que forzar la voz) y el escaso público asistente estaba de uñas al comprobar que quien les hablaba desde el estrado no era un sosias de Miguel de la Quadra-Salcedo sino un respetable ciudadano que en su anterior reencarnación había sido funcionario del catastro seguramente. Pero ese cúmulo de adversas circunstancias no me afectó lo más mínimo. Con la imperturbabilidad que proporciona el hábito solté mi rollo y me quedé más ancho que largo. Ese día, además, fustigué al público con uno de mis temas favoritos: la consideración del asesino profesional como un mero asalariado, alguien que comete un crimen por dinero, sin tener un interés subjetivo en la víctima, sin ensañamiento ni apasionamiento, comenté con una voz lo más engolada posible, de ese modo, añadí, aunque la policía o el detective protagonista descubra al criminal para satisfacción del lector que, por supuesto, ya había adivinado doscientas cincuenta páginas antes quién era el asesino, el auténtico culpable, el instigador del crimen, siempre quedará en las sombras, protegido muchas veces por quienes, precisamente, tienen por oficio combatir el crimen. Esto último lo dije al ver que entre el personal había mucho universitario barbudo. Si, como me ha ocurrido otras veces, entre los asistentes hubiera habido mayoría de ciudadanos honorables y circunspectos, no me habría cortado a la hora de ensalzar y lisonjear a nuestras bienamadas fuerzas de orden público. No se trata de chaqueterismo sino de algo tan sencillo como saber estar y, básicamente, tener profesionalidad.
          Cuando acabó la conferencia se me acercó un hombre que se identificó como Juan García González y cuyo aspecto era completamente anodino en consonancia con los datos que seguramente aparecían en su documento nacional de identidad. Es fácil saber a qué me refiero, ya saben ustedes, traje gris, camisa blanca, corbata a franjas azules y rojas, coronilla presbiterial, rasurado impecable y cara de no haber roto un plato en su puta vida. El caso es que el paradigma de los pequeñoburgueses nacionales me preguntó muy cortésmente si no sería mucha molestia para mí el que me invitara a tomar una copa, a lo que accedí. Entre mis múltiples defectos no se encuentra, precisamente, el de cometer la imperdonable grosería de no permitir que me inviten. No sería correcto y yo, por encima de todo, soy un hombre correcto, incluso políticamente correcto, si me apuran.
          La cafetería a la que me condujo el hombre era, como él, una cafetería gris y vulgar, con mesas compradas en algún saldo y unos camareros que habrían acabado engrosando las ya de por sí abultadas listas de parados nacionales si se les hubiera exigido el carné de manipuladores de alimentos. Aunque en esos momentos lo que más me apetecía beber era agua mineral sin gas pedí un whisky con hielo, más que nada para mantener mi imagen. ¿Dónde se ha visto un escritor de novela negra que beba agua de botellín? El prestigio es el prestigio, no iba permitir que me señalaran con el dedo como ese escritor que sólo bebe agua. Mi acompañante, en cambio, no se cortó un pelo, como es habitual entre la gente humilde y menesterosa, y se pidió, él sí, el botellín de agua.
          --Tengo que felicitarle por su conferencia --me dijo después de que un camarero que había conocido a Matusalén nos sirviera las bebidas--, es una de las más interesantes a las que he asistido en los últimos tiempos. Además, me ha abierto los ojos.
          Agradecí sinceramente el elogio. Era evidente, comprendí, que me encontraba ante una persona sensible e inteligente, capaz de apreciar como un auténtico hombre de mundo mi fluida oratoria y los vibrantes conceptos que de ella se desprendían. Aunque lo último que escuché me dejó un tanto intrigado. ¿A qué podía referirse cuando decía que mi charla le había abierto los ojos? Creí un deber de educación preguntárselo.
          --Bueno, si tengo que serle sincero usted puso delante de mí algo que es más que evidente, una verdad como un templo y de la que yo, sin embargo, nunca me había percatado. La consideración del asesino a sueldo como un simple asalariado, un trabajador por cuenta ajena, en definitiva.
          --Así es --dije por decir algo, ya que no me gusta mucho estar callado, sobre todo cuando se está hablando acerca de mis brillantes y meditadas teorías.
          --La hipótesis en sí es extraordinaria y original --continuó mi interlocutor con un entusiasmo perfectamente comprensible si se tiene en cuenta que estaba hablando de una de mis ideas-- y nos puede llevar a conclusiones francamente estimulantes. ¿Se ha parado a pensar en que, lo mismo que ocurre con cualquier otro tipo de asalariados, un mecánico por ejemplo, un asesino a sueldo, según para quien trabaje, puede estar en condiciones muy diferentes?
          "Imagínese por un momento --siguió en el uso de la palabra, sin permitir que metiera baza-- al mecánico del que le he hablado. Tal vez trabaje en una multinacional. Si bien corre el riesgo de quedarse sin trabajo, hoy en día nadie puede decir que va a trabajar eternamente en la misma empresa, posee cierta tranquilidad, tiene ciertas expectativas, unos sindicatos que le arropan, incluso unas instituciones que, aunque sólo sea por imagen, velarán por sus derechos. Tiene más o menos un estatuscuo, bueno, o como se diga. Pero imagínese que ese mecánico trabaja en una pequeña empresa. Ahí la cosa está más chunga. Si la relación con el patrono es buena y éste es un tipo medianamente decente, posiblemente no tenga problemas y, quién sabe, igual se encuentra mejor que trabajando para la multinacional, pero como el jefe sea un cabrón, y demagogias aparte no es nada raro encontrarse con gente de ese pelaje, ya puede darse por jodido. Mucho curro, pocas pelas y una úlcera de caballo, ése será su destino.
          Como mitin sindical quizás no estuvieran mal las palabras de mi amigable compañero, pero no entendía a dónde quería ir a parar, cuál era, en suma, el hilo narrativo de su discurso por decirlo en palabras sencillas, y así intenté hacérselo saber aunque en vano ya que el hombrecillo, una vez que se había adueñado de la conversación, no estaba dispuesto a dejar de hablar ni siquiera para respirar.
          --Pero la peor de las situaciones --prosiguió impertérrito, imperturbable e impertinente-- se da cuando trabajan dos personas mano a mano y uno es el jefe y otro el machaca, todo ello debido a que el primero tiene el capital, o los contactos o la marca. Hacen lo mismo, currelan igualmente, y esto último en el mejor de los casos ya que normalmente el socio capitalista se toca los pinreles mientras el sufrido y abnegado trabajador por cuenta ajena se deja la salud al cargar en exclusiva con el mochuelo para que finalmente la pasta gansa se la lleve el jefe mientras que él, como mucho, obtiene unas míseras monedas con las que apenas sobrevive.
          Le iba a decir que sí, que muy bien, que tenía razón y que estaba dispuesto a afiliarme al más radical de los partidos marxistas-leninistas e incluso a la CNT si lo estimaba conveniente, pero que me dejara en paz, que se me había hecho tarde y que, por otra parte, los días en los que participaba activamente en esas asambleas de la Facultad en las que proclamábamos que nos íbamos a comer el mundo antes de comprender que si éramos nosotros los que nos adaptábamos al mundo comeríamos mucho mejor, hacía ya demasiado tiempo, más del que me gusta admitir, que eran prehistoria. Sí, le iba a decir todo eso y luego me despediría cortés y gentilmente, como le corresponde a una persona educada que quiere quitarse de encima un pelmazo, pero no fue posible. No pude sustraerme al influjo de sus siguientes palabras.
          --El caso de los asesinos a sueldo es prácticamente similar. Si estás dentro de un grupo más o menos grande, lo que la prensa amarilla llama una familia o un clan mafioso, puedes estar mejor o peor, pero tienes algo seguro, unos ingresos ininterrumpidos, una vida más o menos asentada, a veces ciertos privilegios, ya se sabe, dinero en abundancia, mujeres de pechos grandes, lo habitual, nada que usted no sepa. No es que sea un chollo pero tampoco se vive mal. Si trabajas en petit comité, con algunos pocos compañeros, puede ser duro al principio, pero si te compenetras bien con ellos y demuestras tu valía antes o después sales adelante. El problema, el auténtico problema, se produce cuando trabajas para otro en exclusiva y mientras que él se lleva la gloria y el dinero tú te limitas a realizar todo el trabajo sin más beneficio que el que tu patrón quiera concederte. Ése es mi caso --finalizó con un vehemente suspiro.
          Por fin lo veía claro. Tan modosito que parecía, tan tranquilo y tan poca cosa y al final resultaba que tenía delante de mí a un fulano que, posiblemente, acababa de fugarse de un manicomio. Empecé a preocuparme. No parecía peligroso, pero ya lo dice el refrán, las apariencias engañan, y aunque siempre he creído firmemente en eso de hombre refranero, hombre y puñetero por una vez en la vida pensaba que el refranero era un auténtico pozo de sabiduría. Tendría que habérmelo imaginado. ¿Qué se puede esperar de un tipo que en una cafetería va y se pide un botellín de agua mineral sin gas? Debía ingeniármelas para fugarme, y ayer mejor que hoy mismo, pero no era nada fácil llevar a la práctica esa decisión. El aventado seguía hablando y hablando y yo no veía la ocasión de levantarme de la mesa y despedirme de él. Además, lo reconozco, como buen superviviente que siempre he sido, practico la elegancia social de la cobardía, cosa de la que no me avergüenzo, a fin de cuentas el cementerio está lleno de valientes, así que no me atrevía a hacer nada que pudiera enemistarle conmigo.
          --Supongo que usted, que es uno de los mejores escritores españoles de serie negra --hay que admitir que el hombre podía estar loco pero eso no le impedía ser inteligente y sensible en grado máximo-- conocerá a Isaías Morcón.
          Cómo no iba a conocer a Isaías Morcón, respondí. Aunque en realidad no podía decir estrictamente que le conocía ya que nadie en España, salvo su editor posiblemente, estaba al corriente de su auténtica identidad. Era el secreto mejor guardado en todo el país. Nadie sabía cuál era el rostro escondido tras ese seudónimo, lo que todo el mundo sabía era que Isaías Morcón llevaba cinco años (a novela por año) siendo el escritor más vendido del país y el más traducido. Sus novelas, pletóricas de acción y de humor, llenas de intriga y con un lenguaje que siendo asequible para los analfabetos funcionales que pululan por el país no era denostado, sino más bien alabado, por los críticos más exigentes de los suplementos periodísticos, habían llegado al corazón de la gente que, de modo unánime, consideraba que eran novelas reales, auténticos trozos de vida, como dijo una vez un engolado locutor en una emisora radiofónica. Cuando leías una novela de Isaías Morcón parecía que estuvieras presenciando una historia real. ¡Cómo no iba a saber quién era Isaías Morcón si, al igual que el noventa y nueve coma nueve por ciento de mis colegas, le tenía una envidia atroz!
          --Pues bien --dijo mi interlocutor satisfecho--, yo trabajo para Isaías Morcón en exclusiva. Mi labor consiste en realizar por anticipado los asesinatos que luego él describe en sus novelas y, de ese modo, conseguir ese verismo tan alabado por crítica y público. Si no hubiera sido por mí y por los informes, vídeos y fotografías que le proporciono después de cada trabajo, Isaías Morcón no habría conseguido en la vida el éxito que ha conseguido. En realidad, aunque parezca feo que yo lo diga, todo el mérito de sus éxitos es mío, exclusivamente mío. Gracias a Dios usted, con sus palabras, me ha abierto los ojos por lo que le estoy sinceramente agradecido.
          Según iba hablando mi acompañante más me iba yo convenciendo de que estaba delante de un auténtico loco aunque, por otra parte, era cierto que si me fijaba bien en él era idéntico a la descripción que hacía en sus novelas Morcón de Flatulencias Velázquez, el asesino a sueldo que había protagonizado sus cinco novelas publicadas. Pero no, ese hecho no dejaba de ser casual y, en todo caso, habría contribuido, como mucho, a alimentar la imaginación de ese pobre desgraciado.
          --Se va haciendo tarde y no me gusta trasnochar demasiado --dijo el hombrecillo volviendo a su auténtica personalidad pequeñoburguesa--, pero como muestra de agradecimiento antes de despedirnos quiero obsequiarle con un par de secretos. El primero se refiere al auténtico nombre de Isaías Morcón. Se trata de Miguel Reyero. ¿Sorprendido? Me lo imaginaba. Sí, sí, se trata del Miguel Reyero que usted conoce, el político reformista al que todas las encuestas proclaman como seguro vencedor en las próximas elecciones generales, desbancando a los grandes partidos nacionales que hasta el momento han dominado el Parlamento. Comprendo que no me crea, pero no me molesta, puede usted estar seguro. Dentro de cuatro meses, ni uno más ni uno menos, acabará dándome la razón.
          "Y ése es el segundo secreto que quería contarle. Dentro de cuatro meses pondré fin a esta ignominiosa explotación. Gracias a usted he comprendido que estaba siendo esclavizado vilmente y he decidido tomar mis medidas. Ya sé que no me va a creer --añadió sonriendo de un modo que me pareció siniestro-- pero le juro que dentro de cuatro meses el señor Reyero sufrirá un atentado que acabará con su vida. Un atentado que seguramente será reivindicado por un grupo islámico, todavía no lo tengo muy claro, todo depende de que pueda conseguir a tiempo un armamento idéntico al que han utilizado últimamente en Francia estos grupos, pero creo que sí, que no tendré dificultades. Y una vez muerto apareceré yo como el hombre que se oculta tras el seudónimo de Isaías Morcón. Toda la gloria y, por supuesto, todo el dinero será para mí y lo será con toda justicia porque al fin y al cabo, y seguramente usted estará de acuerdo conmigo, yo he sido el artífice de las anteriores obras de Isaías Morcón, el que de verdad se las ha currado.
          Le dije que sí, que tenía mucha razón, parece mentira, añadí, lo explotadores que pueden ser algunos patronos sin escrúpulos aunque tratándose de un político, ya se sabe, al mejor había que colgarlo y todas esas cosas. Ya lanzado dejé caer eso de que se me hacía tarde, pese a la fama que tenemos los escritores no soy muy trasnochador, espero que usted comprenda, ah, y muchas gracias por la información, esté usted tranquilo porque sabré guardar el secreto, seré como una tumba, le doy mi palabra.
          Cuando por fin regresé a mi hotel y pude respirar en paz sentí como si me hubiera librado de un gran peso. La verdad es que, como en el fondo soy una buena persona pese a ser escritor, me dio un poco de pena el fulano, ese pobre hombre que quizás para paliar su mediocridad y su triste y monótona existencia se había inventado una historia tan fantástica. Ahora empezaba a comprender mucho mejor esa patética figura, que yo también había usado alguna vez en mis relatos, del orate que se autoinculpa de un crimen que, evidentemente, no ha cometido.
          El tiempo todo lo borra y, por otra parte, aunque sintiera lástima por él, mi interlocutor de aquel día no era precisamente el tipo de persona que permanece en mi memoria así que pocos días después me había olvidado por completo de la conversación e incluso de su persona. Sólo volví a pensar en él cuatro meses más tarde cuando desde la radio de mi coche escuché la noticia. Miguel Reyero, el presidente del Centro Reformista Independiente, el candidato mejor situado no ya para ganar, sino para arrollar en las próximas elecciones generales, había sido asesinado la noche anterior, cuando salía de un acto electoral. El atentado aún no había sido reivindicado por ningún grupo, pero expertos en la lucha antiterrorista habían manifestado que el armamento utilizado era similar al de algunos comandos fundamentalistas islámicos que en los últimos tiempos habían actuado en Francia y Bélgica.
          Era una casualidad, tenía que ser una casualidad me decía a mí mismo mientras aferraba con tanta fuerza el volante que cuando me di cuenta temí haberlo roto. Esas cosas no pasan en la vida real, estaban muy bien en mis novelas y en las de algunos de mis colegas, pero esto era la vida real, cojones, no podía pasar y, mucho menos, no podía pasarme a mí. Poco a poco me fui tranquilizando. Según fui cambiando el dial en todas las emisoras decían lo mismo y casi todas añadieron el dato de que eran notorias las simpatías que el político reformista sentía por el Estado de Israel así que, dentro del sinsentido y la barbarie que supone el terrorismo, como manifestaron sin excepción la totalidad de los locutores, no era nada descabellado que musulmanes fanáticos hubieran atentado contra su vida.
          Según pasaron los días fui asimilando la noticia y, como sucede siempre después de estos casos, el asunto se fue olvidando. Miguel Reyero había sido una más de las víctimas del terrorismo. Quizás más importante, o más significativa, pero la vida seguía su curso y su sombra se fue desvaneciendo, como si fuese un fantasma. Del mismo modo a mí dejó de obsesionarme la idea de que su asesinato tuviera nada que ver con aquel patético hombrecillo que me invitó un día, en una lejana capital de provincias, a un whisky.
          El siguiente acto de aquella obra se representó, en lo que a mí concierne, por teléfono. Un amigo periodista me llamó para darme la noticia. El editor de Isaías Morcón había anunciado una rueda de prensa para el día siguiente en la que se desvelaría el enigma que se escondía tras aquel nombre. El editor, un hombre de mediana edad que en su juventud había militado en uno de esos partidos radicales que pensaban que el PCE era de derechas, había aprovechado la ocasión para expresar su indignación ante los rumores que corrían acerca de que el difunto Miguel Reyero, aquel gran político a quien todos los españoles decentes y progresistas que no querían volver al pasado, pero tampoco embarcarse en aventuras inciertas habían apoyado con entusiasmo, era el auténtico Isaías Morcón. Ese rumor no era más que un infundio, una infamia levantada por quienes se habían sentido vejados ante el empuje de aquel gran hombre al que un cobarde atentado terrorista había impedido realizar su destino.
          Creo que mantuve el tipo --afortunadamente aún no me relaciono con mis colegas por videoconferencia y mi amigo el periodista no pudo observar cómo palidecía repentinamente-- mientras le escuchaba y conseguí que no se extrañara cuando le rogué que me consiguiera un pase para asistir a la conferencia de prensa. De hecho me dijo que él también iba a asistir y quedamos para tomar una copa juntos aprovechando la ocasión.
          Mentiría si dijera que me extrañó algo de lo que vi o escuché. La persona que fue presentada como el auténtico Isaías Morcón era un hombre desconocido en los ambientes literarios que respondía al común nombre de Juan García González. Para ser más exactos, aunque admito que este último dato no va a sorprender a nadie, era el mismo hombre que me había pronosticado, cuatro meses atrás, el asesinato de Miguel Reyero por un grupo islámico así como que él en persona asumiría la identidad de Isaías Morcón. Las cosas estaban meridianamente claras. Admito que las casualidades existen, pero no hasta ese extremo. Sólo había una posibilidad: que el patético hombrecito me hubiera dicho la verdad. Como dijo un famoso colega británico, cuando lo imposible desaparece lo que queda, por extraordinario que sea, es la verdad. Bueno, algo así dijo, ya sé que no son las mismas palabras pero no se trata de ir hasta el Espasa (ya soy mayor para manejarme con la Wikipedia) para contarles una pequeña e insignificante historia.
          Juan García González se dignó, así mismo, a explicar el argumento de su próxima novela. Aunque se solidarizaba con las hermosas palabras que el día anterior había utilizado su editor al hablar de Miguel Reyero, ese gran político vilmente asesinado, y le parecía increíble que algunas mentes calenturientas le hubieran adjudicado la paternidad de las novelas de Isaías Morcón, por una de esas casualidades trágicas que tiene la vida el argumento de la obra que se iba a publicar en breve trataba, precisamente, de un político que escribía novelas policíacas y que utilizaba un asesino a sueldo para dar mayor verosimilitud a sus argumentos. A todos los asistentes les pareció una idea totalmente original. A todos excepto a mí. Yo, para mi desgracia, les llevaba una ventaja de cuatro meses.
          Cuando quince días después la última novela de Isaías Morcón se publicó no pude sustraerme a la idea de adquirir un ejemplar y acudir con él a una librería en la que el autor se encontraba firmando ejemplares para que hiciera lo propio con el mío. Admito que era una fijación morbosa, pero no me encontraba con fuerzas para resistirme a ella. El señor García González (¿o debiera decir Isaías Morcón?) me atendió con amabilidad exquisita y me dedicó unas palabras que no dudo en catalogar de exclusivas. A mi querido colega, que tanto me ayudó a escribir esta novela, con la advertencia de que si cuenta algo de lo que sabe será hombre muerto.
          Todos los que han leído la dedicatoria piensan que es una broma entre escritores de novela negra, algo macabra y excéntrica, pero graciosa y, en cierto modo, apropiada. Sólo yo sé que no es ninguna broma, sólo yo sé que lo que en esa dedicatoria se puede leer es la auténtica verdad.



domingo, 11 de noviembre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 683.-SESIÓN NOCTURNA (MICHAEL CONNELLY)

Título: SESIÓN NOCTURNA
Título original: THE LATE SHOW
Autor: MICHAEL CONNELLY
Editorial: ALIANZA DE NOVELAS
Trama: Los casos que inicia Renée Ballard, detective asignada al turno nocturno de una comisaría de Los Angeles, no suelen tener continuidad, porque llegada la mañana son otros detectives quienes se hacen cargo de los asuntos que ella ha iniciado. Pero no se resigna a seguir siendo una comparasa y cuando una noche una prostituta transexual es brutalmente agredida y un hombre asesina, en el reservado de una discoteca, a otras cinco personas, decide que, le pese a quien le pese y aun poniendo en peligro su carrera, llegará hasta el fondo de ambos asuntos.
Personajes: Renée Ballard, detective de Los Angeles, relegada al turno de noche a consecuencia de que acusara a un superior de acoso, Jenkins, compañero en el turno de noche de Renée, un buen policía, pero que se ha acomodado a esa situación porque le viene bien para cuidar a su mujer enferma, Olivas, uno de los jefes de Robos y Homicidios, enfrentado a Renée desde que ésta lo denunció por acoso, Rogers Carr, detective de la Unidad de Delitos Graves, del que Renée no sabe si confiar o desconfiar, Chastain, excompañero de Renée, con el que se llevaba muy bien hasta que la dejó tirada cuando puso la denuncia contra un superior.
Aspectos a Destacar: Michael Connelly, uno de los más importantes escritores norteamericanos de novela negra, conocido sobre todo por sus series de novelas protagonizadas por Harry Bosch y, en menor medida, el abogado del Lincoln, Mickey Haller, nos demuestra en esta novela que no se ha acomodado y saliendo de su “zona de comfort” crea una nueva detective, Renée Ballard, iniciando una nueva serie muy prometedora.
La Frase: El tren había pasado por esa parada. Creía que era su hombre, y no había nada semejante a ese momento de clarividencia. Era el santo grial del trabajo de un detective. No tenía nada que ver con pruebas, procedimiento legal o causa probable. Era solo un conocimiento visceral. En la vida de Ballard nada superaba eso.

viernes, 9 de noviembre de 2018

PENSARES Y DECIRES DE VIVIRES Y SENTIRES (JOSÉ CRUZ SAINZ ÁLVAREZ)


PRESENTACIÓN DEL PROPIO AUTOR (JOSÉ CRUZ SAINZ ÁLVAREZ, SESTAO, BIZKAIA, 1948):
Mis primeros pasos en la escritura y más concretamente en la composición en verso, tuvieron lugar una vez alcanzada mi jubilación y surgieron de la necesidad de cristalizar mis ansias creativas ya iniciadas con la práctica de la pintura.
Mi intención y mi objetivo al escribir no es otro que el disfrute personal y llenar de contenido  unos momentos de ocio más amplios en esta etapa de mi vida.
Este libro jamás hubiera visto la luz de no ser por el aliento y sobre todo, por la insistencia de un grupo de amigos que habiendo leído su contenido, me animaron a editarlo.
Está compuesto por una serie de reflexiones  y vivencias a las que no me atrevo a denominar poemas, si acaso por la forma en que están escritas, en verso rimado.
No es casualidad que el primer trabajo expuesto sea “BUSCANDO VERSOS” ya que representa la filosofía, mi “vademécum” a la hora de escribir.
Desde aquí, mi agradecimiento a todos los que me han animado a seguir escribiendo y como no podía ser de otra forma, a todos los que ahora tenéis este libro entre vuestras manos.
Y un deseo: que disfrutéis tanto al leerlo como yo lo hice al escribirlo.

FRAGMENTO DEL PRIMER POEMA DEL LIBRO (BUSCANDO VERSOS):
Busco un verso sereno,
que lleve la quietud a tus entrañas,
ese que de paz baña,
antídoto al veneno
que consume tu adentro con gran saña.

Busco un verso sutil,
que diga lo que dice sin decirlo,
que te haga digerirlo,
que te invite gentil
a buscar su sentido, a traducirlo.



lunes, 5 de noviembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: LA OBLIGACIÓN ESTÁ ANTES QUE LA DEVOCIÓN


            Si hoy es lunes, toca un nuevo RELATO DE LOS LUNES NEGROS. Y para no desmentir ese tópico de que a los escritores nos pierde la vanidad, no he podido 8ni querido, para ser sincero) evitar el ponerme de protagonista, aunque se de un modo indirecto. Y si se mira bien, muy poco conveniente. En fin, es el precio de la gloria. Además, como muy bien dice el refrán


LA OBLIGACIÓN ESTÁ ANTES QUE LA DEVOCIÓN


          Coloqué una tarjeta entre las páginas del libro que estaba leyendo antes de cerrarlo. Mucha gente quizás no lo entienda, pero justamente cuando más me está gustando una novela suelo sentir la necesidad de parar, de cerrarla para pensar mejor en ella, de recrearme en lo leído hasta el momento y, sobre todo, de retrasar el momento de su finalización. Y es que siempre que llego a la última página de una obra que me ha emocionado, que me ha hecho feliz durante unas cuantas horas, me atenaza la sensación de estar sumido en un inmenso vacío, una sensación de que no sólo es el libro el que ha agotado su tiempo sino, también, un trozo de mi vida.
          En realidad, no tengo más remedio que reconocerlo, eso no me pasa con todos los libros. A mí, las que me gustan de verdad son las novelas policíacas. O negras, o criminales, como cada cual quiera llamarlas. Desde que un día, en un solitario vagón de tren, me encontré con un libro cuya cubierta, bastante deteriorada, señal de que había sido manoseada incesantemente, mostraba a una mujer gritando mientras un cuchillo, sostenido por una mano cuyo propietario estaba oculto, se acercaba a su garganta, y decidí leerla con tal de matar el aburrimiento que sentía en esos momentos, me convertí en un adicto a la literatura policial en todos sus géneros, subgéneros y vertientes, sin discriminaciones de ningún tipo.
          Ahora mismo, por ejemplo, mientras esperaba, estaba leyendo la última novela de José Javier Abasolo, un escritor cuya fama se acrecentaba día a día. Y no sólo la fama, sino las ventas de sus libros y, lo que a veces es mucho más difícil, la aceptación por parte de la crítica más exigente. Sin mencionar, por supuesto, las películas. Abasolo había conseguido lo que hasta ahora sólo estaba al alcance de los más prestigiosos escritores norteamericanos de best-sellers, que cada una de sus creaciones literarias, antes incluso de haber sido escrita la primera línea, hubiese sido ya adquirida por una importante productora nacional para rodar la correspondiente película. Varios goyas obtenidos y múltiples récords de recaudación confirmaban que los productores no se equivocaban al actuar de esa manera.
          Todavía tenía que esperar un rato así que volví a abrir el libro, aunque antes de hacerlo repasé la fotografía del autor que aparecía en la contraportada. En ella podía contemplarse a un hombre de apariencia normal, con aspecto de buena persona, mirada inteligente y porte atractivo, con un evidente sex-appeal, pese a que su pelo iba mermando poco a poco. En eso no engañaba al lector, era un hombre totalmente honesto que no mantenía en su décimo sexta novela la misma fotografía que en la primera sino que aceptaba, y nos lo mostraba sin complejos, el paso del tiempo.
          Eso no era lo único que me gustaba de él. En los últimos años me había convertido en un auténtico experto en su obra. Me conocía al dedillo sus primeras quince novelas, que había leído y releído un montón de veces, como seguramente ocurriría con la décimo sexta, que acababa de empezar a leer, y no sólo era un experto en sus novelas sino en su vida entera. Compraba las revistas en las que aparecían sus artículos, veía los programas de televisión a los que era invitado y no me perdía jamás sus intervenciones en un par de tertulias radiofónicas de las que era colaborador habitual. Si en alguna universidad de los Estados Unidos, lo digo porque son las que más pagan por estas chorradas, no por otra cosa, se hubiera convocado una cátedra sobre la obra de José Javier Abasolo, yo hubiese ganado el puesto sin la menor dificultad.
          Pero es que además Abasolo no sólo era un gran escritor sino que poseía una imaginación tan fecunda, una habilidad tan grande para crear tramas ingeniosas y bien estructuradas, sin la más pequeña fisura, que en más de una ocasión había sacado de su lectura, alguna que otra idea que me permitía realizar con mayor eficacia mi trabajo un trabajo delicado en el que no puedes permitirte errores si quieres seguir estando en la cumbre.
          Tan sólo quince minutos habían transcurrido desde que había vuelto a sumergirme en su último libro cuando tuve que cerrarlo nuevamente. Había llegado el momento de abandonar la ficción y retornar a la cruda realidad. No tenía tiempo que perder. Cuando el hombre que acababa de salir por el portal que estaba vigilando se introdujo en su coche decidí que había llegado el momento de alejarse de allí, justo en dirección contraria. Antes de doblar la esquina y desaparecer para siempre de aquella ciudad apreté el detonador que llevaba conmigo. La explosión subsiguiente tuvo que escucharse en un diámetro de muchos kilómetros y por el retrovisor pude comprobar, antes de desaparecer definitivamente de un lugar en el que jamás había estado, que el estallido había sido de tal magnitud que el hombre que acababa de subir al vehículo no tenía la más mínima posibilidad de salir con vida del mismo.
          Conecté la radio del coche. Dentro de muy pocos minutos la noticia saltaría a las ondas y podría escuchar la valoración que afamados críticos harían de la obra del fallecido. Seguramente todas las publicaciones especializadas en literatura criminal, tanto las impresas como las digitales, lanzarían ediciones especiales hablando del autor y su obra. Si sacaba tiempo, y esperaba sacarlo ya que con lo que había cobrado por este último trabajo podía permitirme unas largas, muy largas vacaciones, yo mismo escribiría un artículo loando su persona. Además, como soy bastante conocido en el mundillo de los aficionados al género, no creo que me fuera difícil conseguir que me lo publicaran. Quién sabe, quizás hasta podría convencer a alguna revista de actualidad para que me dieran un buen anticipo.
          Aquella noche, contra mi costumbre, decidí no celebrar el éxito de mi último trabajo. Haber acabado con la vida del más grande escritor de novela negra de todos los tiempos no me hacía muy feliz, precisamente, pero de todos modos mi conciencia estaba tranquila. Soy un profesional y por encima de todo me debo a mi trabajo. O, por usar las mismas palabras que escuchaba a menudo a mi padre cuando era pequeño, la obligación tiene que estar siempre por encima de la devoción. Aún así, como pequeño homenaje al gran escritor que acababa de asesinar, como pequeño homenaje a mi admirado Abasolo, volví a coger su última novela, que por una de esas casualidades de la vida en las que, habitualmente, no creemos ni los profesionales ni los aficionados del crimen, se titulaba precisamente "La obligación está antes que la devoción" y empecé a leerla nuevamente desde el principio, un principio que parecía haberse escrito pensando en mí:
          Coloqué una tarjeta entre las páginas del libro que estaba leyendo antes de cerrarlo. Mucha gente quizás no lo entienda, pero justamente cuando más me está gustando una novela suelo sentir la necesidad de parar, de cerrarla para pensar mejor en ella, de recrearme en lo leído hasta el momento y, sobre todo, de retrasar el momento de su finalización. Y es que siempre que llego a la última página de una obra que me ha emocionado, que me ha hecho feliz durante unas cuantas horas, me atenaza la sensación de estar sumido en un inmenso vacío, una sensación de que no sólo es el libro el que ha agotado su tiempo sino, también, un trozo de mi vida.



lunes, 29 de octubre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: ASESINATO EN LA COMUNIDAD DE VECINOS


Pues como hoy es lunes, vuelven los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS. En esta ocasión transcurre en uno de esos ambientes que todos conocemos, gustosamente o a la fuerza, una comunidad de vecinos. Y es que no todas son tan divertidas como las que nos presentan las series de televisión “Aquí no hay quien viva2 o “La que se avecina”. Y es que también puede realizarse un


ASESINATO EN LA COMUNIDAD DE VECINOS


          --¡La han asesinado, la han asesinado!
          Debí repetir esa frase unas ochenta veces, no las dos que por economía verbal únicamente he trascrito, quizás ése fuera el motivo de que los vecinos me miraran con una expresión mezcla de pena e indignación. En algunos de ellos primaba la pena y en el resto, la mayoría para ser sincero, la indignación, pero ninguno era indiferente a mis palabras. No podían serlo porque, asesinada o no, lo que estaba claro es que el cadáver de la septuagenaria que todos en la comunidad conocíamos como doña Mercedes reposaba exánime, tendido sobre la fría baldosa en la que acababan las escaleras, con la cabeza reposando sobre los hilos dispersos que había al borde de la alfombra. Era una buena alfombra y seguramente su limpieza, ya que sobre ella habían caído algunos goterones de sangre, le costaría una buena pasta a la comunidad de propietarios, pero en ese momento a nadie se le ocurrió comentarlo aunque muchos de ellos, que los tengo bien calados, seguramente estarían pensándolo.
          Lo que a pesar de todo no podían negar era el hecho de que doña Mercedes yacía muerta allí, en el portal del edificio. Que hubiera sido asesinada, como defendía yo con ardor casi homicida, para estar a tono con mis palabras, o que su fallecimiento lo hubiera originado un accidente, como sostenían la totalidad de los vecinos e incluso algunos extraños a los que la muerte había atraído con más celeridad que la miel a las moscas, era un asunto circunstancial y que ya se dilucidaría (como dijo el del sexto, que era profesor de Lengua en un instituto) en otros ámbitos o esferas.
          --De todos modos, Paco --dijo el profesor con voz engolada y una pronunciación campanuda, más dirigida a que le escucharan el resto de los vecinos que yo mismo, a quien supuestamente iban dirigidas sus palabras--, creo que exageras. Doña Mercedes era una mujer mayor y no es raro que haya resbalado, sobre todo si tenemos en cuenta que el día ha sido muy lluvioso y por toda la escalera hay esparcidas gotas de agua.
          Iba a replicar, pero opté por callarme. Los vecinos, por mucho respeto que les tuviera, y cada vez les tenía menos, para qué mentir, no eran los receptores adecuados de mis sospechas. Para eso estaba la Policía, que no tardaría en acudir al lugar de los hechos. Al lugar del crimen, se me escapó, originando las consiguientes protestas del vecindario, al que mis fabulaciones empezaban a cansar.
          Tengo que confesar que tampoco tuve mucho éxito entre los abnegados defensores de la Ley. Cuando les hice partícipe de mis sospechas uno de ellos, que aparentemente estaba al mando aunque sus galones no le distinguían de los demás, me preguntó si tenía pruebas.
          --Bueno, pruebas, lo que se dice pruebas, ninguna --intenté explicarme lo mejor que supe--, pero no sé, doña Mercedes no era muy apreciada en esta comunidad. Seguramente el resto de los vecinos le dirán lo contrario, los muy hipócritas --añadí esto bajando la voz, ya que no quería enemistarme con quienes, después de todo, eran mis empleadores y me proporcionaban sueldo, sustento y vivienda--, pero no caía bien a nadie.
          --Eso no es suficiente para matar a una persona --me espetó sin disimular su aburrimiento el policía--. En todas las comunidades de vecinos, lo mismo que en los centros de trabajo, en los clubes de fútbol o en las asociaciones filatélicas, hay gente que cae mejor o peor, incluso rematadamente mal a los demás, y no por eso se les asesina. Si así fuera no daríamos abasto. Lo que necesitamos son pruebas que corroboren su denuncia.
          --¡Oiga, que yo no he denunciado a nadie! --protesté completamente indignado, era lo que me faltaba, que me acusaran de falso testimonio--. Lo único que he dicho es que creo que doña Mercedes ha sido asesinada y le he explicado el motivo de mis sospechas. Es a ustedes, a la policía, a quienes corresponde encontrar las pruebas necesarias para corroborar mis palabras. Si hicieran su trabajo como Dios manda no me estaría sermoneando a mí sino que estaría buscándolas.
          La mirada que me echó el policía al escuchar mis últimas palabras me hizo reflexionar sobre la inconveniencia de soltar, sin pensar previamente en sus consecuencias, lo primero que a uno se le viene a la cabeza, así que reculé y con una tímida sonrisa le pedí disculpas.
          --Lo siento, no quería decir eso --me humillé como un gusano--, sé que ustedes hacen lo que pueden, pero es que estoy convencido de que aquí ha habido un asesinato.
          Con disculpas o sin disculpas tanto el policía que se había erigido en mi interlocutor como el resto de sus compañeros pasaron ampliamente de mí desde aquel momento y se limitaron a custodiar el cadáver, como si temieran que alguien tuviera la idea de llevárselo, hasta que el juez de guardia acabara la siesta y se dignara acudir para proceder al preceptivo levantamiento.
          Para mí sorpresa dos días después un subinspector de policía, aunque yo muy astutamente le otorgué el rango de “comisario”, un poco de peloteo con nuestras abnegadas fuerzas del orden nunca viene mal, se acercó hasta mi garita con la pretensión de interrogarme. La sorpresa fue doble, no sólo porque había empezado a pensar que no querían hablar conmigo sino porque los policías de la secreta siempre suelen ir en parejas, al menos eso es lo que sucede en las novelas y películas de las que soy un compulsivo consumidor. O esas películas y novelas mienten o me consideraban tan insignificante que habían decidido que con un solo hombre era suficiente. Y además ni siquiera era un inspector sino un subinspector que, aunque no sé muy bien lo que es, parece evidente, por eso del sub, que está algún escalón más abajo que el inspector.
          Parecía un clon del policía uniformado con el que había estado hablando hacía tan sólo dos días, porque se limitó a preguntarme cuáles eran mis motivos para sospechar que doña Mercedes había sido asesinada y, sobre todo, con qué pruebas contaba para sostener mi afirmación. Como la experiencia le convierte a uno en un hombre prudente no repetí lo que le había contado a su colega el día de autos, pero sí insinué que tan sólo me estaba comportando como un buen ciudadano, consciente de sus responsabilidades y de la necesidad de colaborar con las Fuerzas del Orden aunque sin la preparación suficiente para conseguir unas pruebas que era a otros estamentos a los que les correspondía obtenerlas.
          Sin disimular su aburrimiento y mal humor el subinspector se despidió de mí y me comentó que ya me llamarían si me necesitaban, aunque del tono de sus palabras deduje que esa llamada hipotética jamás iba a producirse.
          Inasequible al desaliento como soy decidí coger el toro por los cuernos y presentarme en el Juzgado que llevaba el tema. Tuve que insistir mucho ante una auxiliar administrativa para que me recibiera el juez y por fin, con un gesto parecido al que hubiera efectuado si me estuviera regalando el Santo Grial, me comunicó que podía hablar con el Señor Secretario. No era lo que yo esperaba, pero si no me quedaba más remedio que hablar con el Señor Secretario pues eso, hablaría con el Señor Secretario.
          Fue como hablar con una piedra. Se limitó a permanecer mudo mientras escuchaba mi historia y a mirar ostensiblemente su reloj, en inequívoco gesto de que no deseaba perder mucho tiempo atendiéndome. Tan sólo tomó la palabra al final de nuestra entrevista para decirme que ya tenía noticias de mi intervención anterior en el asunto y comunicarme que, aunque apreciaba mis desvelos por cooperar con la Administración de Justicia, el Ilustrísimo Señor Magistrado Juez había decidido archivar las diligencias por no haberse encontrado indicios de delito.
          --Salvo que usted pueda aportar nuevas pruebas o evidencias capaces de desmentir lo expuesto en el Auto de Archivo --me dijo sonriendo, mientras tácitamente lo que me estaba soltando era un evidente chúpate ésa, pringao.
          Salí del despacho del Señor Secretario con el rabo entre las piernas, pero pronto se me enderezó cuando en un bar cercano al Palacio de Justicia me tomé una copa de Veterano. Me la había ganado con creces. Lo sospechaba desde hace tiempo, pero acababa de confirmar que la mayoría de los jueces y policías eran idiotas. Muchos estudios, muchas oposiciones, mucha corbata de seda, pero en el fondo no eran más que unos idiotas ignorantes y pomposos que no sabían ver nada más allá de sus narices.
          ¿Necesitaban motivos? Yo tenía un motivo. Doña Mercedes estaba forrada, pero forrada de verdad, vamos, que estaba podrida de pasta. Una de las ventajas de tener una llave maestra de todas las viviendas es que puedo introducirme en las casas de los inquilinos sin levantar la más mínima sospecha. Incluso si alguien aparece inopinadamente, lo que jamás ha ocurrido porque soy prudente hasta la exageración, siempre puedo decir que he oído algún ruido extraño, que alguien me ha avisado de que sucedía algo raro o que por fin estaba reparando esa avería que tanto les incordiaba. Así que no hay ningún riesgo y sí un montón de ventajas. Como la de descubrir que doña Mercedes, que aparentemente era una viejuca sin mayores recursos que su modesta pensión, poseía un auténtica fortuna en joyas y alhajas así como en dinero efectivo, contante y sonante, que guardaba en un viejo arcón. Del mismo modo descubrí que no tenía parientes vivos ni amigos ni nadie que se preocupara por ella. Tan sólo su perro, Cuscús, menudo nombrecito, un pastor alemán que acostumbraba a mearse en la puerta del edificio, por el único motivo de joderme, ya que estoy convencido de que sabía que era yo el encargado de limpiar su orina.
          Sí, había un motivo para asesinar a doña Mercedes, quedarse con sus joyas y millones. ¿Y las pruebas? Como dijeron policías y funcionarios judiciales, ¿dónde están las pruebas? Pues en el sitio más sencillo del mundo, en el periódico de la ciudad. Y además se trata de una noticia que ha sido resaltada topográficamente. Como en nuestro pequeño villorrio casi nunca pasa nada, que una perrita blanca, de raza caniche, haya sido encontrada degollada en el vertedero de la ciudad es una noticia a la que el único periódico local que tenemos ha intentado exprimir al máximo. ¡Y de qué modo! Expresivas descripciones del rojo de la sangre manchando la impoluta piel blanca de la perra, editoriales clamando contra los desaprensivos que no respetan a los animales, enfurecidas cartas al director en las que se pide la pena de muerte para el desalmado que ha sido tan depravado como para cometer un acto tan horrendo e incluso, para rematar la jugada, un artículo firmado por un eminente psiquiatra en el que desmenuzaba la personalidad sicótica y esquizoide del mataperros, insinuando que era más digno de lástima que de odio por tratarse con toda seguridad de un ser solitario, amargado y sin ningún objetivo en la vida.
          El psiquiatra, como suele ser habitual en sus colegas, se equivocaba por completo porque, ¿qué tiene de sicótico o esquizoide el querer hacerse rico? Pues está claro, nada de nada. Se trata de la pasta, y eso es lo más importante. Si de paso se lleva uno por delante a una perra asquerosa que posiblemente también se meaba en los portales de la ciudad, pues tanto mejor. Pero lo más importante no estribaba en acabar con una miserable representante del género canino, con una auténtica hija de perra, dicho tanto en sentido metafórico como literal, sino en conseguir la pasta. Y para ello lo mejor, e incluso lo más sensato, era cometer el crimen perfecto.
          Sólo hay que tener paciencia y yo la tengo por arrobas. Vivir y trabajar en una portería no proporciona otras cosas, pero paciencia toda la que se quiera y algo más. Y por supuesto está el factor suerte. Las cosas nunca salen a la primera, es raro tener tanta potra, pero si se tiene paciencia todo acaba por llegar. Como aquel día en el que se conjugaron varios factores. En primer lugar, que el ascensor no funcionaba. Eso me vino de perlas porque si hubiera sido saboteado la policía habría tomado cartas en el asunto; en cambio, al llevar dos días estropeado de forma natural, ni al comisario más suspicaz se le ocurrió pensar que había algo sospechoso en ese asunto. Mucho menos a un subinspector aburrido y con tendencia a la vagancia.
          En segundo lugar estaba la lluvia. Un fenómeno natural, incluso muy natural en mi ciudad, algo habitual para la gente, policías y ancianas inclusive, y que no arredra ni a los primeros ni a las segundas, sobre todo si estas últimas son las afortunadas propietarias de un perro que tiene que salir a hacer sus cosas haga frío o calor, truene, llueva, nieve o caigan relámpagos como vigas maestras.
          Y por último tenemos a nuestra preciosa perrita blanca, la que fue degollada por el desalmado psicópata y esquizoide del que hablaba el inepto del psiquiatra. Una perrita que, casualmente, se encontraba en pleno período de celo y que apareció inopinadamente delante de Cuscús, el pastor alemán al que sujetaba con mano firme doña Mercedes. Una mano tan firme que se negó a soltar la correa pese a los tirones que daba el pastor alemán ávido, como todos los machos de cualquier especie, de presentar sus respetos a la hembra de turno, con las consecuencias fatales que posteriormente se vieron. Doña Mercedes resbaló debido a la combinación del suelo mojado y las acometidas de su perro, todo ello ayudado por una cáscara de plátano que, como buen ciudadano, arrojé poco después al contenedor de residuos orgánicos que se encontraba estratégicamente situado en la acera de enfrente del portal, y debido a ello se dio un golpe en la nuca que le produjo una muerte instantánea y seguramente, o eso quiero pensar porque no soy el sádico del que hablaba la prensa, indolora.
          Dicho así parece muy sencillo, pero las cosas hay que valorarlas en su justo término. No había sido el primer intento si bien es cierto que cuando se tiene paciencia, como ya he mencionado, antes o después la naturaleza juega en nuestro favor y podemos cometer el crimen perfecto. Lo demás es tal vez un poco de sobreactuación, seguramente tanto la policía como el Juez habían decidido archivar el asunto desde el primer momento, pero la insistencia de un perturbado (para qué voy a engañarme, estoy convencido de que me consideran un perturbado) en que lo que había ocurrido era un asesinato les reafirmó aún más, si cabe, en su idea primigenia y el asunto se archivó al considerarse un triste y lamentable accidente. Seguramente aunque alguien les fuera con nuevas sospechas y denuncias, pensarían que se trataba de otro perturbado como yo y no le harían ni puto caso, por lo que el asunto quedaría enterrado por los siglos de los siglos que es, precisamente, lo que yo había pretendido desde el primer momento.
          Actualmente sigo trabajando como portero en la misma comunidad. Como ya he dicho soy un hombre con mucha paciencia así que de momento me estoy aguantando y procuro no hacer ostentación de mi nueva riqueza, no vaya a ser que alguien empiece a pensar que hay gato encerrado. Las cosas conviene que madurarlas, todo tiene su tiempo y yo siempre he sabido encontrarlo. Además la portería continúa siendo una excelente atalaya para otear nuevas presas. Precisamente hace tres días se ha mudado a nuestro edificio un tal don Senén, un señor de avanzada edad, posiblemente octogenario, al que he empezado a tratar e investigar. Y es que nunca se sabe, donde menos lo espera uno puede saltar la liebre. O el perro en celo.