El joven Karabino vive en el barrio de Mokattam, también
conocido como la Ciudad de la Basura. Pese a vivir rodeado de musulmanes,
Karabino es cristiano copto, recogedor de basura y –sobre todo y ante todo– un
soñador. El ciego Naguib reside en el cementerio de Al- Qarafa, la Ciudad de
los Muertos. Se hace pasar por musulmán y es un excelente contador de cuentos,
hasta el punto de que sus historias atrapan y maravillan a Karabino. Ambos
viven en la Madre de Todas las Ciudades, la populosa y vieja El Cairo. Sin
embargo, la antigua ciudad cuenta también con una parte nueva y rica que
encandila a nuestro joven. Si es cierto que –en palabras de Juan Mayorga– la misión del arte es
escuchar al mundo y convertir su ruido en poesía, por medio de una maravillosa
alquimia, esta novela atrapa el perfume que se oculta entre olores
nauseabundos. El relato de Patxi
Zubizarreta viene acompañado de las evocadoras ilustraciones de Mintxo Cemillán, al tiempo que a través
de los códigos QR –o en Internet– se puede escuchar en la voz del actor Felipe Barandiaran, acompañado por la
música hipnótica de Pello Ramirez.
Aunque como escritor de género negro pueda parecer que sea ése el tema principal, un blog es una miscelánea en la que según los días y las ganas hablaré de aquello que me parezca interesante, lo que no significa que vaya a interesaros a los demás, pero como se dice en la famosa película "Con faldas y a lo loco", nadie es perfecto. NI INOCENTE.
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lunes, 16 de mayo de 2016
jueves, 11 de septiembre de 2014
TRES CARTAS DESDE PAMPLONA (PATXI ZUBIZARRETA)
El 25 de julio de 1939, primero en los vagones de
mercancías del tren del Irati hasta Lumbier y posteriormente en camiones,
cientos de presos fueron conducidos desde Pamplona hasta el pueblo de Roncal,
en el valle del mismo nombre. Los lugareños se preguntaban qué clase de ganado
transportarían, hacinado como cerdos; o si se trataría de segadores,
saltimbanquis o gitanos. Dijeron que aquel Batallón Disciplinario de
Trabajadores n.º 127 venía a realizar las labores de acondicionamiento de la
frontera pirenaica, y que trabajarían en la carretera que debía unir los valles
de Salazar y Roncal, e igualmente otros tantos obreros deberían hacerlo en las
que conectarían Lesaka con Oiartzun, o Eugi con Irurita. Son palabras del
NO-DO: «Con el Trabajo, el Pan y la
Justicia de la
Patria, poco a poco los prisioneros van reconstruyendo lo que
ellos mismos antes deshicieron con dinamita».
Harapientos, arrastrando los pies cansados, como
autómatas, los presos se movían de sol a sol al ritmo marcado por las cornetas:
para formar, para los recuentos interminables y, sobre todo, para, a golpe de pala,
cesto y carretilla, ensanchar la caja de la carretera hasta caer rendidos.
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