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lunes, 16 de mayo de 2016

UNA NARANJA EN LA BASURA (PATXI ZUBIZARRETA)



El joven Karabino vive en el barrio de Mokattam, también conocido como la Ciudad de la Basura. Pese a vivir rodeado de musulmanes, Karabino es cristiano copto, recogedor de basura y –sobre todo y ante todo– un soñador. El ciego Naguib reside en el cementerio de Al- Qarafa, la Ciudad de los Muertos. Se hace pasar por musulmán y es un excelente contador de cuentos, hasta el punto de que sus historias atrapan y maravillan a Karabino. Ambos viven en la Madre de Todas las Ciudades, la populosa y vieja El Cairo. Sin embargo, la antigua ciudad cuenta también con una parte nueva y rica que encandila a nuestro joven. Si es cierto que –en palabras de Juan Mayorga– la misión del arte es escuchar al mundo y convertir su ruido en poesía, por medio de una maravillosa alquimia, esta novela atrapa el perfume que se oculta entre olores nauseabundos. El relato de Patxi Zubizarreta viene acompañado de las evocadoras ilustraciones de Mintxo Cemillán, al tiempo que a través de los códigos QR –o en Internet– se puede escuchar en la voz del actor Felipe Barandiaran, acompañado por la música hipnótica de Pello Ramirez.


jueves, 11 de septiembre de 2014

TRES CARTAS DESDE PAMPLONA (PATXI ZUBIZARRETA)


El 25 de julio de 1939, primero en los vagones de mercancías del tren del Irati hasta Lumbier y posteriormente en camiones, cientos de presos fueron conducidos desde Pamplona hasta el pueblo de Roncal, en el valle del mismo nombre. Los lugareños se preguntaban qué clase de ganado transportarían, hacinado como cerdos; o si se trataría de segadores, saltimbanquis o gitanos. Dijeron que aquel Batallón Disciplinario de Trabajadores n.º 127 venía a realizar las labores de acondicionamiento de la frontera pirenaica, y que trabajarían en la carretera que debía unir los valles de Salazar y Roncal, e igualmente otros tantos obreros deberían hacerlo en las que conectarían Lesaka con Oiartzun, o Eugi con Irurita. Son palabras del NO-DO: «Con el Trabajo, el Pan y la Justicia de la Patria, poco a poco los prisioneros van reconstruyendo lo que ellos mismos antes deshicieron con dinamita».
Harapientos, arrastrando los pies cansados, como autómatas, los presos se movían de sol a sol al ritmo marcado por las cornetas: para formar, para los recuentos interminables y, sobre todo, para, a golpe de pala, cesto y carretilla, ensanchar la caja de la carretera hasta caer rendidos.