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sábado, 9 de enero de 2021

UNA TUMBA EN JERUSALÉN (JOSÉ JAVIER ABASOLO). SINOPSIS


Os dejo la sinopsis de mi nueva novela, UNA TUMBA EN JERUSALÉN. En esta ocasión no aparece Goiko, pero confío en que Claude Larrouy también sea merecedor de un hueco en vuestras estanterías.

Durante la II Guerra Mundial, en el marco de un intento nazi por granjearse la colaboración del nacionalismo vasco, Claude Larrouy, un agente de los servicios de información del gobierno del lehendakari Agirre en el exilio, se infiltra en la comisaría de Baiona. Desde su puesto, averigua la identidad de un grupo de oficiales de las SS que asesinan brutalmente a mujeres. Terminada la contienda, Larrouy solo tiene un objetivo, localizarlos y matarlos a todos. Y es lo que, con la colaboración del Mossad, ha hecho a lo largo de tres largas décadas. Ahora, en 1973, se encuentra en Madrid, dispuesto a acabar con el último de la lista. Pero no va a ser fácil, pues es la mano derecha en la sombra del delfín de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, que acaba de ser nombrado presidente del gobierno.




UNA TUMBA EN JERUSALÉN (JOSÉ JAVIER ABASOLO). EL CONTEXTO HISTÓRICO

Una tumba en Jerusalén es una historia de ficción, pues se trata de una novela, y las novelas, por definición, son obras de ficción. Ahora bien, cuenta con un trasfondo histórico. En estos casos, el lector o la lectora raramente pueden eludir la tentación de preguntarse si determinados hechos que se narran sucedieron en algún momento o si tal o cual personaje se basa en personas que realmente existieron. En definitiva, dónde están los límites entre la ficción y la realidad o, más exactamente, la historia.

El trasfondo de Una tumba en Jerusalén está integrado básicamente por tres escenarios históricos: el intento por parte de determinados jerarcas del III Reich de atraer a su causa al nacionalismo vasco, en el marco de la II Guerra Mundial; la caza y captura a la que fueron sometidos muchos de los nazis huidos tras la rendición de Alemania, con independencia del país en el que se hubieran refugiado, y los (pen)últimos años del franquismo. Veamos uno a uno estos escenarios.

El III Reich pretendía establecer un Nuevo Orden en Europa, para lo cual necesitaba aliados. Contó con muchos, muchísimos. Por una parte, porque las ideas totalitarias no eran exclusivas de Alemania e Italia, y existían fuerzas de corte nazifascista en la práctica totalidad de los países. Por otra, porque, lógicamente, no fueron pocos los oportunistas que apostaron por el que parecía el caballo ganador. Pero, además, hubo jerarcas nazis que, impulsados en parte por sus convicciones etnicistas y en parte por la pura conveniencia, buscaron aliados también en las naciones sin Estado. Y los encontraron, por ejemplo, en Bretaña o en Flandes, pero también en Ucrania o en Georgia, y en otros muchos países. Por ejemplo, las Waffen-SS llegaron a integrar a una legión de indios que peleaban por la independencia de su país, entonces en manos británicas. El axioma “los enemigos de mis enemigos son mis amigos genera a menudo extrañas compañías.

En este contexto, el nacionalismo vasco también fue sondeado sobre la posibilidad de colaborar en la construcción del Nuevo Orden. Y lo fue por iniciativa de Karl Rudolf Werner Best, un oficial de altísimo rango de las SS, en realidad, un general, que había sido ayudante personal de Reinhard Heydrich cuando este estaba al frente de la Oficina Central de Seguridad del Reich, que, entre otros “servicios”, controlaba a la Gestapo. El sondeo no dio frutos, porque, tal y como se explica en la novela, el nacionalismo minoritario, ANV, era de izquierdas y el mayoritario, representado por el PNV-Gobierno Vasco en el exilio, se comprometió desde el primer momento con los Aliados, muy especialmente a través de los “servicios” o Servicio Vasco de Información. Ello no obsta para que alguno de sus militantes, concretamente, Eugène Goyhenetche, practicara, de grado o por fuerza, un doble juego que, terminada la guerra, hizo que purgara cárcel por colaboracionista. Si fue un héroe o un villano es algo que aún sigue suscitando controversia, aunque lo cierto es que fue rehabilitado. En 1968 obtuvo la cátedra de Historia Vasca en la Universidad de Pau y en 1982 la Universidad del País Vasco le otorgó la distinción de “Doctor Honoris Causa".

Un vasco al que también se cita en la novela y que sí fue un colaboracionista notorio, aunque no estaba adscrito a partido abertzale alguno sino a la derecha francesa, fue Jean Ybarnégaray, quien llegó a ser ministro en el gobierno de Vichy. Sin embargo, se distanció y, en 1943, acusado de haber ayudado a diversas personas a atravesar clandestinamente la frontera de los Pirineos, fue deportado al campo de Fussen-Planssee, en Austria. Terminada la guerra, fue condenado en Francia por colaboracionista a la pena de “degradación nacional”, que le privaba del derecho a voto, a ser candidato, a ejercer determinados empleos o a poseer armas. Le fue suspendida precisamente “por acto de resistencia”. 

El segundo escenario histórico que está en el trasfondo de Una tumba en Jerusalén es el de los nazis que, terminada la guerra, se escondieron en diversos países del mundo y la caza a la que fueron sometidos. En la inmediata posguerra, las potencias aliadas se emplearon lógicamente a fondo, tanto para capturar a los jerarcas alemanes del nazismo como a sus colaboradores locales, al tiempo que pugnaban entre ellas por hacerse con los servicios de científicos, como Wernher von Braun, a quien se cita en la novela, o agentes de inteligencia que pudiesen reportarles algún beneficio, aunque ello supusiera tener que mirar a otro lado con respecto al grado de compromiso que habían mantenido con el régimen de Hitler. Pero, sobre todo tras los Juicios de Núremberg, que supusieron el ajuste de cuentas con la cúpula del nazismo, las potencias aliadas se relajaron y el peso de la investigación para localizar a los huidos y documentar los cargos contra ellos quedó muchas veces en manos de particulares, como Simon Wiesenthal, un superviviente de los campos de exterminio.

Es rigurosamente cierto que un ciego llamado Lothar Hermann, con la ayuda de su hija Silvia, proporcionó la pista que permitió al Mossad identificar y localizar en Argentina a Adolf Eichmann, considerado uno de los responsables más directos de la “solución final”. También que el propio Simon Wiesenthal había aportado años antes datos concluyentes al respecto que, por alguna razón, no habían sido tenidos en cuenta. Como Argentina no condecía extradiciones, un comando del Mossad secuestró a Eichmann en 1960 y lo condujo a Israel, donde fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.

También en España se refugiaron prófugos nazis, al amparo del régimen franquista. Uno de los más conocidos fue el belga Léon Degrelle, que, a punto de terminar la guerra, se subió en Noruega a un avión Heinkel y voló hasta amerizar, cuando ya no le quedaba gasolina, en la donostiarra bahía de la Concha. A pesar de que Bélgica, donde había sido condenado a muerte en ausencia, solicitó su extradición, Franco nunca la concedió. Otro de aquellos prófugos fue Otto Skorzeny, muy reputado por sus acciones de comando, como la que llevó a cabo para rescatar a Mussolini cuando este estaba preso en el Gran Sasso. En España, siempre al amparo del régimen, Skorzeny colaboró con ODESSA, red clandestina dedicada precisamente a facilitar la huida a América Latina a exmiembros de las SS, y también con una empresa “de seguridad” dirigida por nazis alemanes creada, entre otras cosas, para apoyar en tareas escabrosas a la Dirección General de Seguridad española.

Y así enlazamos con el tercer escenario que constituye el trasfondo histórico de Una tumba en Jerusalén, el de los (pen)últimos años de la dictadura. Desde la Guerra Civil, Franco había ostentado la doble condición de jefe del Estado y presidente del Consejo de Ministros. En junio de 1973, con su enfermedad ya avanzada, decide dejar este segundo cargo, más ejecutivo, en manos del almirante Luis Carrero Blanco. Era este un hombre de la entera confianza del dictador, su delfín, llamado a ser el encargado de perpetuar el franquismo después de Franco. Controlaba los servicios de inteligencia y también de represión, como era el caso de la Brigada Político-Social. Precisamente un comisario de esta BPS, Melitón Manzanas, con fama de torturador y, por cierto, también de haber colaborado con la Gestapo durante la II Guerra Mundial, había sido en 1968 la primera víctima mortal deliberada de ETA. A su vez, el atentado contra Manzanas había estado en el núcleo del juicio celebrado en 1970 contra la cúpula de esta organización, el llamado Proceso de Burgos, que, paradójicamente, dejó en evidencia que las costuras del régimen empezaban a reventar. Carrero era el hombre llamado a recoserlas. Pero no tuvo tiempo, todo acabó para él apenas seis meses después de haber sido nombrado presidente, el 20 de diciembre de aquel mismo año de 1973. Le sucedió en el cargo el que era su ministro de Gobernación (hoy diríamos de Interior), Carlos Arias Navarro, a quien también vemos en la novela y que ha pasado a la historia como ese señor que, el 20 de noviembre de 1975, se asomó a las pantallas en blanco y negro de los televisores con semblante extremamente compungido para anunciar: “Españoles, Franco ha muerto”.




lunes, 5 de octubre de 2020

GOIKO Y LA PRESENTACIÓN DE "UNA TUMBA EN JERUSALÉN"

Últimamente le tengo a Goiko un tanto soliviantado. Incluso me amenazó con no venir a la presentación de UNA TUMBA EN JERUSALÉN el próximo viernes 9 en la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao, con motivo de la Feria del Libro.

--Pues casi mejor --le he dicho--. Porque tú, en ese tipo de actos, te sueles conducir como un elefante en una cristalería.

De todos modos, como no entendía su actitud, le he preguntado a qué se debía.

--A que me tienes marginado. En tus últimas tres novelas, ASESINOS INOCENTES, EL JURAMENTO DE WHITECHAPEL y la que vas a presentar este viernes, UNA TUMBA EN JERUSALÉN, no aparezco.

--Hombre, es que en EL JURAMENTO DE WHITECHAPEL y UNA TUMBA EN JERUSALÉN no podías aparecer. Salvo que te hubiera hecho funcionario del “Ministerio del Tiempo”.

--Muy gracioso lo tuyo. Pero, ¿qué me dices de ASESINOS INOCENTES? ¿Eh? Esa transcurría en esta época, nuestra época.

--Sí, pero el protagonista era un abogado corrupto.

--Un buen escritor habría sabido cómo meterme en la novela.

Eso sí que me llegó al alma. Que un personaje de ficción, que además era una creación mía, pusiera en duda mis dotes de escritor, era inadmisible.

--No te me subleves que no tienes razón –le contesté sin disimular mi enfado--. Además, fuiste tú quien no quisiste aparecer en ASESINOS INOCENTES.

--¿Sí? ¿De verdad? Demuéstramelo –me dijo en plan chulito.

--Ahora mismo.

Y aprovechando la ocasión que me daba le leí el siguiente párrafo de ASESINOS INOCENTES:

 

“..en pocos minutos iba a entrevistarme con el detective más caro de la ciudad. No sólo iba a entrevistarme con él, sino a pagarle una buena comida en uno de los mejores restaurantes de Bilbao, y eso sin contar con la minuta que seguramente tendría que abonarle por sus servicios. Pero cuando busco un detective siempre busco el mejor, y si nos olvidamos de Mikel Goikoetxea, un exertzaina más conocido como Goiko al que todos consideran el número uno de su profesión en Euskadi, pero cuyo carácter indisciplinado y la animadversión que suscitaba en todo el estamento jurídico vasco me aconsejó no contratarle, independientemente de que a algunos intermediarios les comentó, en su momento, que no trabajaría jamás para alguien como yo, frase que no se la tomo en cuenta porque seguramente debió proferirla en estado máximo de ebriedad, única forma de explicar tan absurdo exabrupto, me llevó a contratar a un antiguo subcomisario del Cuerpo Nacional de Policía

 

--¿Con eso crees que tendría que haberme conformado? ¿Ir de segundón, o como se dice en el cine, hacer un “cameo” al servicio de un abogado indigno? Yo valgo mucho más que eso, por Dios, que hasta el momento he sido el protagonista de cuatro de tus novelas: PÁJAROS SIN ALAS, LA LUZ MUERTA, LA ÚLTIMA BATALLA y DEMASIADO RUIDO.

Lo que me faltaba, que se creyera una vedette. En fin, he tenido que prometerle que volverá a ser protagonista en el futuro de alguna de mis novelas. Pero eso sí, le he exigido que no venga el próximo viernes (ya lo sabéis, en la Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao) a la presentación de UNA TUMBA EN JERUSALÉN.


Cuanto más lejos lo tenga ese día, mejor para todos.


 

domingo, 21 de junio de 2020

UNA TUMBA EN JERUSALÉN EN EL DIARIO "GARA"


El escritor bilbaino José Javier Abasolo, autor afincado en el género negro de temática actual, nos sorprende en su última novela, “Una tumba en Jerusalén” (Txertoa), con una trama histórica que traslada a los y las lectoras hasta la Segunda Guerra Mundial, para arrancar la narración con una trama ligada al nazismo y a los contactos que tuvo con el nacionalismo vasco. «Es cierto que mis novelas suelen pasar en época actual, pero esta vez quería ir más lejos porque me interesa la historia de este país y esos personajes que son poco conocidos, sobre todo cuando están al norte de la muga de Irun», relató el autor en la presentación de ayer.
Se refería a Eugène Goyhenetche y Jean Ybarnégaray, personas que existieron y que Abasolo ha querido rescatar para arrancar la trama de su nueva novela. El primero, según explicó, era un joven historiador nacido en Uztaritze con el que contactaron los nazis alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Ybarnégaray, por su parte, fue un político que a lo largo de su carrera militó en diversos partidos y ligas de derecha, y fue también el primer presidente de la Federación de Pelota Vasca, que se constituyó en 1921 en Baiona. «Era nacionalista francés y al mismo tiempo vasquista. Da la impresión de que era un hombre que jugaba a dos bandas», opinó Abasolo.
El autor recalcó que es cierto que los nazis contactaran con Goyhenetche para tratar de unir los diferentes nacionalismos y ponerlos al servicio de Hitler –de hecho, en 1944, tras finalizar la guerra en el Estado francés, ingresó en prisión acusado de colaborar con los nazis–, pero en el caso de Ybarnégaray estos contactos son ficticios.
Tres escenarios históricos
Así, Abasolo divide el relato en tres escenarios históricos. El primero, el que arranca la novela, versa sobre estos dos personajes históricos y, según adelantó el editor de Txertoa Martin Anso, se centra en los contactos con los nazis que citaba Abasolo: «En la Segunda Guerra Mundial los nazis trataron de colaborar con los nacionalistas vascos. Esto no sucedió solo con los vascos, trataron de establecer relaciones con varias minorías nacionales para implantar un nuevo orden. Su lógica era: el enemigo del enemigo es mi amigo». Añadió que algunos aceptaron la colaboración pero que en Euskal Herria «no se daban las condiciones y se declinó la oferta: los nazis acababan de bombardear Gernika y los contactos eran complicados», recordó Anso. En la novela, tanto Goyhenetche como Ybarnégaray serán partícipes de esos contactos y por ello serán perseguidos por un agente del servicio secreto del lehendakari Agirre, desde Baiona.
El segundo escenario histórico nos traslada al final de la contienda. «Muchos nazis huyeron y los aliados tratarán de dar con ellos, entre ellos Simon Wiesenthal», personaje real que, tras pasar por Mauthausen-Gusen, dedicó su vida a llevar a los huidos ante la justicia y que Abasolo trae a su novela.
La tercera parte transcurre en 1973, en un Estado español gobernado por un dictador que está dando sus últimos coletazos y al que, previsiblemente, sucederá Carrero Blanco. «Esta última trama arranca cuando Blanco es nombrado jefe de Gobierno», adelantó Anso, quien opinó que «lo más interesante de esta novela es cómo viste una trama de espionaje con datos históricos muy interesantes».
HISTORIA
«Mis novelas suelen pasar en época actual, pero esta vez quería ir más lejos porque me interesa la historia de este país y esos personajes que son poco conocidos, sobre todo cuando están al norte de la muga de Irun», relata el autor.