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martes, 1 de junio de 2010

HE LEÍDO: TODO VALE, DE JUAN IGNACIO MONTIANO


Tras cerrar, con evidente pesar, Todo vale, la última novela de Juan Ignacio Montiano, no podemos evitar preguntarnos si hemos leído, como pensábamos al principio, una novela negra, intensa y desasosegante o, por el contrario, el autor ha jugado con nosotros llevándonos a su terreno para sacarse un conejo de la chistera y decirnos, mirándonos a los ojos, que nada es lo que parece. Pero, si lo pensamos bien, tendríamos que reconocer que no son aspectos incompatibles, que ambas preguntas pueden recibir un escueto y significativo sí por respuesta.
Fernando Blasco es un presentador de un programa de radio de los más escuchados (y por tanto de los más rentables), una de cuyas secciones más celebradas consiste en gastar bromas a algún oyente elegido al azar (o quizás no tan al azar) sin preocuparse de las posibles consecuencias que puedan tener, la más leve quizás el que parejas bien avenidas y consolidadas acaben rompiéndose. Hasta que un hombre, desesperado tras ser objeto de una de sus últimas “gracias” se suicida, culpándole a él de esa decisión. La cosa se complica porque el muerto era un viejo conocido de Blasco, con el que tenía algunas cuentas pendientes, y tanto el abogado de la familia como un inspector de policía que por su modo de actuar más que por su físico nos recuerda al televisivo teniente Colombo, consideran que se le puede acusar de un delito de inducción al suicidio y deciden investigar todos los recovecos de su personalidad con el fin último de llevarle ante un juez y, en su caso, condenarle como si de un vulgar delincuente se tratara.
Es en ese momento cuando la vida del periodista, que hasta entonces nunca se había dignado en pensar que no “todo vale” para conseguir el éxito, empieza a desmoronarse. Amigos, familia, novia, productores, le dan la espalda alejándose de él. Ya no es un triunfador sino alguien cuya sola presencia puede contaminar y que se encuentra solo frente al mundo. Un hombre que pese a considerarse inocente se da cuenta de que ha hecho daño a los demás y que ese daño se le va a devolver centuplicado. ¿Justicia poética? Quizás sí, pero con un tremendo fondo de injusticia.
Con esos mimbres está claro que sólo nos puede salir una novela negra y además, teniendo en cuenta la habilidad del autor, una estupenda novela negra. Pero ya Montiano, en obras anteriores, nos había dado muestras de que le gusta jugar con los géneros y sus lectores y su final, sorprendente pero sin fisuras, nos hace dudar, aunque sólo por unos momentos, de lo que hemos leído. Porque ese final, que lógicamente no se puede desvelar, es quizás lo que proporciona a Todo vale, más que los policías, los jueces o las conspiraciones, ese aroma de novela negra apegada a su tiempo y a su realidad que, aunque en ocasiones como las que se narra en la novela no nos gusten demasiado, son también nuestro tiempo y nuestra realidad.

martes, 8 de septiembre de 2009

HE LEÍDO: EL HURACÁN, DE JAMES LEE BURKE



El 29 de agosto de 2005 el huracán “Katrina” asoló el estado norteamericano de Luisiana, arrasando su ciudad más emblemática e importante, Nueva Orleáns. La fuerza descontrolada de la naturaleza fue la culpable de esa destrucción, pero antes hubo un crimen previo, el de las autoridades que desviaron --legalmente, eso sí-- los fondos destinados a reparara los diques de contención de la ciudad para el sostenimiento de la campaña de Irak. Después, claro, hubo otros crímenes. Siempre las grandes catástrofes naturales van acompañadas tanto de los más altruistas actos de heroísmo y desprendimiento como de los más abyectos y degradantes. El pillaje y saqueo o los crímenes amparados en la impunidad que crea el descontrol generado en ese tipo de situaciones no tardan en florecer y expandirse. Ése es el escenario en el que James Lee Burke sitúa El huracán, la última novela publicada en español protagonizada por el detective Dave Robicheaux.
No estamos sin embargo ante una novela oportunista, nacida al calor--y para la explotación literario-comercial-- de la citada catástrofe. Burke, aunque originario de Texas, ha vivido y desarrollado su carrera literaria en Luisiana y su policía de origen cajún, Dave Robicheaux, es el protagonista de la mayoría de sus novelas adscritas al género negro. Si hay, por tanto, un autor legitimado para utilizar literariamente el material de desecho que el “Katrina” dejó a su paso ese autor es, precisamente, James Lee Burke.
El huracán comienza el día siguiente a la casi desaparición de Nueva Orleáns. Pese a las órdenes de evacuación no todo el mundo ha abandonado la ciudad, unos porque no tenían medios para hacerlo y otros porque confiaban en estar suficientemente protegidos, pero si es posible protegerse de las fuerzas desatadas de la naturaleza no es tan fácil hacerlo de nuestros congéneres. De tres jóvenes de raza negra, por ejemplo, que al saquear una casa tienen la doble mala suerte de robar a un jefe de la mafia local y ser reconocidos por una joven a la que habían violado anteriormente. O de unos supremacistas blancos que ven en el desastre la oportunidad de practicar el deporte de la “caza del negro”. O de un psicópata al que aparentemente han encargado recuperar los diamantes mientras se dedica a su afición favorita, el acoso y derribo sexual de toda joven que se ponga a tiro. Y al fondo Dave Robicheaux, que de alguna manera sirve de hilo conductor de una novela coral a la que impregna y completa con su presencia.
A Robicheaux, ex alcohólico rehabilitado, casado con una antigua monja y padre adoptivo de una joven de origen centroamericano, lo único que le preocupa es encontrar el paradero del padre Jude LeBlanc, un sacerdote yonqui que vive con una prostituta pero que a la hora de la verdad representa mejor el mensaje del evangelio que los purpurados que se esconden tras grandes palacios, y en esa búsqueda se encontrará con los demás personajes que pueblan su novela y su ciudad, mientras intenta proteger a su hija del acosador, un acosador contra el que no tiene pruebas, e intenta comprender los sentimientos del joven negro que desde el mismo día en que nació no tuvo la más mínima oportunidad de participar en el “sueño americano” así como los del honrado padre de familia que, ante los violadores de su hija, no puede pensar en otra cosa que no sea la venganza.
El huracán nos habla de esos crímenes, pero sin olvidar que el mayor crimen fue el permitir que una ciudad quedara arrasada por causa de intereses políticos y económicos. Estamos ante una novela dura, que no nos pone una venda en los ojos sino que nos muestra claramente, filtrándolo por el tamiz de la ficción, lo qué ocurrió el año 2005 en Luisiana. Pero estamos también ante una historia moral, que no moralista, una historia de redención y esperanza, sin ingenuidades absurdas (la lectura de esta novela nos impide ser ingenuos), pero sin caer en el abatimiento. Burke cree en sus conciudadanos, pese a conocer al dedillo sus miserias, y nos lo transmite, paradójicamente, en una novela negra dura, muy dura, y sin concesiones a la galería.

lunes, 20 de julio de 2009

HE LEÍDO: PERO SIGO SIENDO EL REY, DE CARLOS SALEM



Hace ya muchos años, prácticamente en los albores de la transición a la democracia, una revista, Cambio16, fue “secuestrada” por orden de la autoridad gubernativa al haberse atrevido a publicar una caricatura del Rey Juan Carlos, tras una visita a los Estados Unidos, en la que parecía un émulo de Fred Astaire bailando en Nueva York. No quiero ni pensar lo que habrían podido hacer esas “autoridades gubernativas” si hubieran tenido la oportunidad de leer la divertida novela de Carlos Salem titulada Pero sigo siendo el rey. Afortunadamente para deleite de sus lectores, ya no es tan fácil “secuestrar” publicaciones (o quizás sí, recordemos el precedente de la revista de humor EL JUEVES) o, por lo menos, se lo piensan mejor antes de llegar a ese extremo.
Y es que en Pero sigo siendo el rey Su Majestad el Rey Juan Carlos I de España se convierte en un personaje de novela, un personaje incluso entrañable. Un hombre que va cumpliendo años y quiere recuperar el niño que fue antes de convertirse en lo que es hoy en día, como si eso fuera posible…, pero lógicamente, posible o no, realizable o no, ese deseo, que le lleva a “fugarse” de palacio, desatará las alarmas del Ministro del Interior así como las actividades conspiratorias de unos desconocidos personajes que consideran que es mucho mejor un rey muerto que un rey que ha hecho examen de conciencia. Ése es el momento en el que Txema Arregui, el desencantado policía que Salem nos presentó en Matar y guardar la ropa (Premio Novelpol 2009) se ve obligado a intervenir, no sólo para salvar el pellejo del rey sino el suyo propio, ya que al parecer está siendo traicionado.
Para conseguir ese objetivo, una vez que Arregui localice al rey, tendrán que huir de sus perseguidores, lo que les pondrá en contacto con una España surrealista, que parece sacada de una de las mejores películas españolas de los últimos años, Amanece que no es poco, antes de volver a un Madrid en el que don Juan Carlos I, feliz como un niño con zapatos nuevos por su participación en tan singular aventura, participará en una manifestación republicana en la que para camuflarse coreará con vehemencia un lema tan musical como el de “queremos un pisito como el del principito”.
Estamos por lo tanto ante una novela negra, pero en la que el humor, un humor que en ocasiones bordea el surrealismo, tiene una importante presencia. Y Salem sabe conjugar con mano firme ambas características por lo que el lector, cuando acaba el libro, lo cierra con pena, porque podría haber estado muchas más horas en compañía tanto del propio Carlos Salem como de Pero sigo siendo el rey.

jueves, 16 de julio de 2009

HE LEÍDO: HOUDINI Y EL ASESINO DE LA FERIA, DE DANIEL STASHOWER

En los últimos tiempos se han puesto de moda las novelas policíacas en los que el “detective” es un personaje histórico que, movido por las circunstancias, se ve obligado a investigar un crimen. Así, recientemente hemos podido leer obras protagonizadas por Charles Dickens, Edgard Allan Poe o Nicolás Maquiavelo. Daniel Stashower se ha unido recientemente a este club utilizando como personaje a un mago, un escapista, quizás el más célebre de todos los tiempos, El Gran Houdini, pero al revés que en otras novelas con protagonistas sacados de la realidad histórica, las de Stashower no son precisamente hagiográficas, su “héroe” no es el héroe sin tacha de las novelas de intriga que lo ve todo, lo sabe todo y lo soluciona todo y quizás sea ésa una de las mayores virtudes de esta novela.
Estamos en el año 1.897. Ehrich Weiss, un joven judío hijo de un rabino, intenta abrirse paso, a duras penas, como mago y escapista con el nombre artístico de “El Gran Houdini”, aunque sólo consigue trabajos en sórdidas ferias cuyas atracciones principales harían palidecer a “La parada de los monstruos”. Un día la policía requiere su colaboración, en calidad de experto en objetos usados para trucos de magia, ya que se sospecha que un magnate neoyorquino ha sido asesinado con uno de esos objetos. El joven Houdini no sólo les explica cómo funciona ese objeto sino que en su calidad de ávido lector de las historias de Sherlock Holmes decide que es él quien tiene que descubrir al asesino ya que la policía oficial, obviamente, no está lo suficientemente preparada para llevar a buen fin la investigación ni se encuentra a su altura. El hecho de que él no sea detective no le intimida ya que cuenta con su inteligencia y su imaginación para realizar la tarea que se ha encomendado.
Harry Houdini, como si de una parodia de su admirado Holmes se tratase, muy pronto demuestra ser un desastre. Arrogante, impulsivo, soberbio y con una tendencia congénita a meter la pata y culpar a los demás de ello, no parece avanzar en su investigación.
Afortunadamente este Sherlock tiene al lado a su propio Watson, su hermano Dash (desconozco si históricamente Houdini tuvo un hermano llamado así o es un homenaje a Dashiell Hammett, pero de no ser esto último merecería serlo), al que siempre le reprocha su falta de imaginación, pero que la suple con un alto grado de sensatez y de capacidad de observar lo que de verdad ocurre a su alrededor, con la consecuencia de que en esta novela será el émulo de Watson, y no el de Sherlock, quien descubra al asesino, para gozo de quienes creen que el buen doctor fue minusvalorado en las novelas de Conan-Doyle.
Y todo ello con un gran sentido del humor y sin descuidar la intriga, una intriga en la que, al fondo, se encuentra la corrupción. Y es que en estos tiempos no hemos inventado nada, Stashower nos muestra cómo en el siglo XIX las obras públicas ya constituían un aliciente para que personajes sin escrúpulos intentaran enriquecerse rápidamente. Incluso aunque para ello fuese necesario llegar al crimen.

sábado, 23 de mayo de 2009

HE LEÍDO: UNA ANCIANA OBESA Y TRANQUILA (LUIS GUTIÉRREZ MALUENDA)

Fotografía sacada del blog de la librería "Negra y Criminal"


Cuando empecé a leer Una anciana obesa y tranquila contaba con una ventaja: ya había leído las dos anteriores novelas publicadas de Luis Gutiérrez Maluenda, Putas, diamantes y cante jondo y Música para los muertos. Incluso contaba con otra ventaja añadida, conocía de la primera de las citadas novelas a Basilio Céspedes, alias Humphrey, ustedes se imaginarán perfectamente el motivo de ese sobrenombre, el detective al que las circunstancias llevarán a averiguar los motivos de que una vecina suya, una vieja nada problemática, más gorda que una luna llena y tranquila como sólo lo son los seres más inocentes entre los inocentes, aparece un día asesinada con signos inequívocos de haber sido salvajemente torturada.
La hija de María, portuguesa como la protagonista del fado, le pedirá a Céspedes (¿o se lo pide en realidad a Humphrey?) que averigüe el paradero de su único hermano, que se quedó con María cuando ésta le abandonó siendo aún muy pequeña, y en esa búsqueda inocente Humphrey (o quizás Céspedes, es difícil distinguirlos, sobre todo si tenemos en cuenta que son dos personas distintas y un solo detective verdadero) encontrará no sólo al hermano desaparecido sino que descubrirá también, pese a que desde el primer momento dice ue ése no es su cometido, los motivos de que una anciana obesa y tranquila haya disfrutado de una muerte tan horrible.
Dicho así parece que estamos ante una clásica novela negra. Y es cierto que lo estamos, aunque en lugar de en los Estados Unidos de la Ley Seca estemos en la Barcelona actual, una Barcelona algo diferente (o quizás sea la misma, sólo que mirada con unos ojos más desapasionados y escépticos) a la Barcelona post-olímpica, más moderna y glamorosa que la que nos ofrece con una prosa irónica Gutiérrez Maluenda. Se acompaña para ello de un plantel de personajes secundarios como su socio, Billy Ray, un hombre cuya máxima ilusión hubiera sido nacer en Wyoming, Mercedes, esa secretaria que tiene lo que debe tener la secretaria (o el secretario, no se trata de discriminar) de nuestros sueños, salvo algo tan importante como la buena disposición, o el comisario Jareño, que pese a su cargo parece sentir cierta debilidad por Céspedes (y en esto estoy completamente seguro al hablar de Céspedes, dudo que un tipo como Humphrey pudiera gustar a un comisario, ni siquiera a Jareño, que un policía, sean cuales sean sus ideas, siempre será un policía). Pero sobre todos destaca Teresa Silva, la hija de María, capaz de transmitirnos (¿o es Gutiérrez Maluenda el que nos lo transmite?, no sé, a veces cuando la novela está tan viva confundo autores con personajes) toda la tristeza de los fados que ella canta a diario en el lisboeta barrio de Alfama y, a pesar de ello, hacer que nos quedemos con la sensación de que ha merecido la pena leer esa novela.

martes, 5 de mayo de 2009

MÉNDEZ

(Fotografía "robada" a la página web de la librería "Negra y Criminal)

"Si has cometido algún delito para poder sacar adelante a tu familia o amigos, ojalá sea Méndez el encargado de detenerte. Pero si lo has hecho porque eres un auténtico cabrón, reza para que no se cruce en tu camino". Cuando Antonio Lozano me pidió unas pocas líneas para definir al inspector Méndez la anterior frase me surgió espontánea, casi sin pensármelo, y también casi sin pensármelo creo que es un buen inicio para hablar de No hay que morir dos veces, la última novela de Francisco González Ledesma.
Y es que Ricardo Méndez no es sólo el personaje principal de una novela plagada de personajes excelentemente construidos que parecen estar vivos mientras pasean por esas calles de Barcelona que podrían ser nuestras calles, sino que se convierte, a través del relato, en un auténtico conciudadano nuestro al que en cualquier momento podemos saludar, o quizás no, saludar a un tipo como Méndez puede ir en detrimento de nuestra buena fama, aunque difícilmente podremos encontrar a alguien que merezca nuestro aprecio más que el viejo policía surgido de la mente de González Ledesma que se inspiró, según suele comentar, en cuatro policías que llegó a conocer en su deambular, similar al de su propio personaje, por las calles de su añorado barrio chino barcelonés.
Méndez no es un supermadero a lo Stallone, ni un forense al cabo de los últimos avances tecnológicos, como los que aparecen en la serie CSI, ni siquiera es un relamido policía que ha estudiado Derecho Constitucional y Teoría del Estado en su correspondiente academia policial y sabe usar un ordenador de última generación, sino un policía de los tiempos del franquismo, que ha detenido casi a tantos rojos como a carteristas y al que la democracia no ha sido capaz de reciclar aunque a él (ni a nosotros) le importe ese detalle lo más mínimo. Para él sus calles, esas calles en las que ha visto a la gente sufrir, llorar y luchar, caerse y levantarse (o, al menos, intentarlo) le han enseñado más que mil academias y universidades juntas. Por eso sufre con la joven que ha matado a su novio en un desesperado pacto de suicidio mutuo, con la inocente niña aquejada del síndrome de Down que es explotada por quienes, en teoría, tenían el sagrado deber de velar por ella o con la mujer que ha estado esperando a su cuñado, preso durante casi una década, por asesinar al hombre que violó a su mujer. Sufre con ellos y ese sufrimiento, que es el que le hace terriblemente humano, nos lo transmite con una fuerza tal que de verdad creemos que Méndez existe, que no es un invento de González Ledesma sino que en algún lugar, quizás no muy lejano, un policía con los bolsillos de su vieja chaqueta colmados de libros y que jamás llegará a comisario, cree que la gente que jamás heredará la tierra se merece si no un mundo mejor, sí al menos un rincón propio donde ser feliz. Y mientras leemos la última novela de González Ledesma podemos pensar que quizás eso sea posible. Quién sabe, como dice el refrán, la esperanza es lo último que se pierde.