sábado, 15 de diciembre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 688.-TE VERÉ ESTA NOCHE (SUSANA RODRÍGUEZ LEZAUN)

Título: TE VERÉ ESTA NOCHE
Autora: SUSANA RODRÍGUEZ LEZAUN
Editorial: DEBOLSILLO
Trama: Cuando Raquel Gimeno se despierta en el interior del coche que la trasladaba a ella y su familia del pueblo de su madre a Pamplona, se enuentra sola. Su madre, su marido y sus dos hijos han desaparecido. ¿Qué les ha ocurrido? ¿Por qué ella, en cambio, no lo ha hecho? La policía deberá iniciar una carrera contra reloj para encontrar a los desaparecidos y, a ser posible, con vida. Todo ello mientras el inspector encargado del caso sufre un grave conflicto personal.
Personajes: David Vázquez, inspector de policía dedicado a su trabajo y también a su pareja, de la que está profundamente enamorado, Irene Ochoa, pareja sentimental de Vázquez, que fue maltratada por su primer marido y de la que se sospecha que lo asesinó, así como a otras personas para encubrir su crimen, que ha encontrado en David el refugio que necesitaba, Raquel Gimeno, la mujer cuya familia ha desaparecido, que llevaba una vida rutinaria dedicada sobre todo a sus hijos y a un empleo a tiempo parcial, Germán Labra, profesor de historia, al igual que el desaparecido marido de Raquel, colaborador eventual de la policía por su conocimiento de ciertos temas históricos, Fernando Aguilera, compañero y amigo de Raquel, aficionado a la poesía y la mecánica, Esther López de Aguerri, farmacéutica vitoriana que pertenece a la misma asociación dedicada al estudio de la historia que el hombre desaparecido con quien, al parecer, comparte algo más que dicha afición.
Aspectos a Destacar: Dentro de una narración intensa, en la que nada está fuera de lugar, la autora no duda en introducirnos en el interior de algo que no se suele retratar en exceso en la novela negra actual, salvo excepciones, como es el sufrimiento de las víctimas, sin sensiblerías, pero acercándonos a sus pensamientos y sentimientos.
La Frase: Todavía faltaban muchas horas para que amaneciera, pero entonces todo sería distinto. La luz suele tamizar las desilusiones y los miedos, ahuyenta las pesadillas, aclara las ideas y aleja las ganas de morir. La luz obliga a seguir adelante, al menos un día más.

martes, 11 de diciembre de 2018

EL ÁRBOL DE LAS HISTORIAS VIVAS (KATRIN PEREDA)


Una tormenta salvaje sorprende a cuatro peregrinos que realizan el camino de Santiago por Baztan y que, perdidos en un frondoso bosque, hallan refugio en la cabaña nada convencional de una mujer, Gorixeti, que arrastra un pasado misterioso.
Ella les desvelará la historia de Zuriko, un pueblo quemado por un peligroso grupo de personas.
Los peregrinos descubrirán que sobre Zuriko se cierne una profecía que condena a quienes de algún modo participan en ella.



lunes, 10 de diciembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: PARADOJA MORTAL


La historia de hoy para los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS no es estrictamente negra, lo admito, aunque sí tiene un componente de ese tipo, y no sólo por la palabra “mortal” que aparece en el título. Es, en realidad, un relato de ciencia-ficción. Pero si Isaac asimos, salvando las distancias, escribió también relatos y novelas policiales, ¿por qué no podría yo escribir uno de ciencia-ficción?
Además, sed sinceros, ¿a quién de vosotros no os interesan las historias de los viajes por el tiempo? Y, sobre todo, esa paradoja de que si yo viajo por el tiempo y mato a mi abuelo antes de que mi padre sea concebido, que hay que ser retorcido para hacer algo así, yo jamás habría existido porque… pero en vez de dar tantas explicaciones, mejor será leer esta



PARADOJA MORTAL



          Mientras oigo retumbar los pasos de mi carcelero intento serenarme pensando que esta situación absurda no puede durar mucho tiempo. Antes o después alguien se dará cuenta de que he desaparecido y empezarán a buscarme, por eso mantengo la esperanza de que la policía venga a liberarme y detenga a mi secuestrador; sin embargo no puedo evitar que la sombra de una duda atraviese mi mente. ¿Y si fuera verdad que estoy condenado a muerte y nada ni nadie lo puede evitar? Si lo que me han dicho es cierto, por mucho que la policía y el ejército entero descubrieran donde me encuentro y entraran a rescatarme, la condena a muerte que han dictado contra mí se cumpliría.
          ¿Condena a muerte he dicho? No, algo mucho peor, condena a la no existencia, A no haber vivido jamás. El muerto, al menos, deja recuerdos, afectos, hechos. El que no ha existido, simplemente no ha existido, por absurdas que parezcan en este momento mis palabras. Nadie conoce sus obras, que no se llevaron a cabo, ni le guarda en su memoria porque la no existencia es eso, la nada, el vacío, el terrible e insondable vacío. Pero me temo que estoy desvariando. Si soy capaz de poner en orden mis pensamientos y escribirlos es que aún soy alguien, es que todavía existo aunque, y la duda me corroe por dentro, ¿es esta realidad inmutable? ¿Podré pasar de la existencia a la no-existencia, no como corolario lógico de una muerte indeseable, pero que antes o después nos alcanza a todos, sino como la desaparición total de toda huella de mi paso por la vida como si nunca, nunca, hubiera nacido y vivido?
          Sé que es difícil pensarlo y concebirlo, de ahí que me resista a creer en esa posibilidad, pero aún así revolotea sobre mi cabeza como las aves carroñeras sobre un cadáver en avanzado estado de putrefacción. Y la prueba de que quizás no sea una idea tan desatinada está en mi encierro. No estoy, como pudiera parecer por mis primeras palabras, internado en una cárcel, sino en una cómoda y espaciosa habitación de la Residencia Universitaria, en el ala destinada a los profesores, de ahí que confíe en que no sea difícil para la policía el localizarme, pero esta dejadez por parte de mi secuestrador es una de las cosas que me produce inquietud. De todos modos, mientras aguardo a que algo ocurra, si es que algo tiene que ocurrir, tengo a mi disposición todos los lujos y comodidades que la Universidad ofrece a los catedráticos e investigadores eméritos, entre los que yo me encuentro desde hace bastante tiempo, tanto que fui nombrado el pasado año Vicerrector de Investigación Universitaria. Y ahí empezaron los problemas.
          Como Vicerrector encargado de la supervisión de todos aquellos temas relacionados con la investigación y experimentación, hice un exhaustivo seguimiento de los proyectos que me parecían más relevantes y también, al fin y al cabo no debemos olvidar que mi cargo tiene connotaciones administrativas, del costo económico de los mismos. Fue debido a eso como pude comprobar que el profesor Rodríguez tenía uno de los más elevados presupuestos para investigación de todo el campus, aunque no los había justificado de ningún modo, ni desde el punto de vista económico --jamás había presentado una cuenta detallada de gastos-- ni desde el científico, desconociéndose oficialmente a qué se estaba dedicando. Lo único que encontré en el expediente del Ministerio de Universidades que se había unido a nuestros archivos fue una leve nota en la que se especificaba que sus investigaciones podían tener implicaciones militares interesantes.
          Esa nota me extrañó, ya que los proyectos militares los financiaba directamente el Ministerio de Defensa y no el de Universidades, pero tampoco se trataba de algo descabellado ya que, desgraciadamente, muchos avances y descubrimientos científicos tienen un doble uso, tanto para fines pacíficos y humanitarios como para fines bélicos. Por ese motivo, aunque no le di una excesiva importancia, creí mi deber recopilar la mayor cantidad de datos posibles sobre el trabajo del profesor Rodríguez, ya que entendía que todas las investigaciones llevadas a cabo en la Universidad con dinero público debían estar debidamente controladas y, si llegara el caso, ponerse en conocimiento de la ciudadanía en general y de la comunidad científica internacional en particular.
          Por otra parte, si bien admito que eso no debiera interferir en el desempeño de mis responsabilidades, me inquietaba la personalidad del administrador de dichos fondos, el profesor Horacio Rodríguez. Aunque nadie en el mundo científico y docente discutía su excepcional valía, eran sobradamente conocidos tanto su carácter excéntrico y huraño como su proclividad a apoyar movimientos políticos belicistas y autoritarios, lo que le hacía no tener muchas simpatías en el claustro. Y si bien uno de los principios que rigen en la Universidad es, precisamente, el de respeto a la libertad de pensamiento, ciertas ideologías seguían considerándose potencialmente peligrosas y desestabilizadoras. Por eso, un proyecto secreto y con connotaciones militares, en manos de una persona como Rodríguez, resultaba cuando menos inquietante.
          Tanto mi cargo universitario como mi propio prestigio personal, dicho sea sin falsa modestia, me abrieron muchas puertas, pero no conseguí desmadejar del todo el secreto. En el Ministerio de Defensa no tenían constancia de que en la Universidad se estuviera trabajando en ningún asunto relacionado con sus intereses y en el de Universidades tampoco me dijeron gran cosa. La aprobación del proyecto había sido efectuada por un funcionario de tercer nivel, el cual había recibido órdenes de algún subsecretario adjunto al que un director general le había comentado que el vicepresidente de una subcomisión parlamentaria relacionada con los presupuestos le había dicho que un alto cargo del partido gobernante vería con buenos ojos la susodicha aprobación. Un caos burocrático, como se puede comprobar fácilmente, así que opté por olvidarme temporalmente del tema, limitándome a hacer una anotación en el expediente referido a ese proyecto, como forma de cubrirme por si al final se detectaba algo irregular.
          El asunto volvió a surgir al cabo de unos pocos meses cuando un colega me comentó, con extrañeza, que al equipo del profesor Rodríguez se había incorporado un nuevo catedrático, el profesor Landuyt. Eso, que al principio no me extrañó, ya que no tiene por qué parecer raro que los investigadores y científicos trabajen conjunta y coordinadamente, sino todo lo contrario, es algo más bien positivo y deseable, acabó por chocarme cuando mi colega me explicó que el profesor Landuyt era toda una eminencia en el campo de la Historia. ¿Qué pintaba un historiador en un proyecto científico comandado por un físico? La pregunta, que estaba en el aire, no tuvo contestación por parte del profesor Rodríguez que, en tono malhumorado, me recordó el principio de libertad de investigación así como su capacidad para decidir qué apoyos necesitaba en cada momento. Como ante eso no podía replicar en modo alguno ya que por rara que fuera la situación su razonamiento era impecable, decidí nuevamente no intervenir, hasta que poco después me enteré de una nueva incorporación en el equipo investigador. Si la presencia de un catedrático de Historia no tenía, en principio, mucha lógica, la de un profesor de Educación Física era algo descabellado. Descabellado e inquietante si ese profesor de Educación Física resulta ser, además, un antiguo jefe de operaciones especiales de las Fuerzas de Intervención del Ejército.
          Esa vez opté por actuar más sutilmente y no encararme con el profesor Rodríguez. Con la colaboración de otros profesores y catedráticos que no se fiaban del ilustre físico inicié una investigación casi clandestina, cuyo objetivo era descubrir fehacientemente en qué trabajaba y en qué se gastaba el dinero. Poco a poco fui recogiendo ciertos indicios, al principio increíbles, pero que con el tiempo se demostró que estaban bastante bien fundados. El profesor Horacio Rodríguez estaba trabajando en la creación y construcción de una máquina capaz de viajar en el tiempo. Si no fuera porque para llegar a esa conclusión habíamos sopesado profundamente todos los datos obtenidos en nuestra investigación, habríamos pensado que estábamos siendo víctimas de una broma pesada. El viaje por el tiempo, el más delirante ensueño de los escritores de ciencia ficción, estaba siendo investigado en nuestra propia Universidad. Menos mal que sabíamos que ese hecho era técnica y científicamente imposible porque, en caso de ser realizable, si había alguien capacitado para materializarlo esa persona sólo podía ser el físico más importante e inteligente no ya de nuestra universidad sino del mundo científico en general, el profesor Horacio Rodríguez.
          Por una parte me tranquilizó el descubrimiento, ya que algo que es imposible de obtener no puede servir de ayuda a objetivos peligrosos e inquietantes, como los que todos sabíamos que anidaban en la mente de Rodríguez, pero por otro lado, como responsable de la maquinaria administrativa de la Universidad, decidí tomar mis medidas. Aunque tanto la asignación de los presupuestos como el visto bueno a su proyecto científico habían venido directamente del Ministerio yo sabía que, si se demostraba alguna irregularidad, la cabeza que iba a rodar era la mía. Y qué mayor irregularidad que gastar el dinero en algo imposible de conseguir. Así que me armé de valor y decidí poner fin a los manejos del sospechoso físico, para lo cual dicté una circular interna poniendo fin a sus trabajos y ordenándole el desalojo de las instalaciones que ocupaba. Una vez firmado se la di a uno de los bedeles, con órdenes de entregárselo personalmente al profesor y de practicar el citado desalojo, ayudado por fuerzas policiales en caso de ser estrictamente necesario, lo que no me hubiese extrañado lo más mínimo, conociendo la personalidad del afectado. Hecho esto me limité a esperar con tranquilidad los acontecimientos, convencido de que había obrado correctamente. Sabía que en un primer momento podía desencadenarse un pequeño escándalo por lo expeditivo de mis métodos, pero tenía todas las bazas en mis manos. El profesor Rodríguez, si llegaba el caso, corría el riesgo de ser procesado y encarcelado por varios delitos económicos como estafa, desfalco, apropiación indebida y algunos más, por lo que no le convenía armar mucho barullo. Sumido en esos dulces pensamientos me recosté en la butaca de mi despacho sonriendo beatíficamente.
          La brusca irrupción del profesor Rodríguez borró de cuajo la sonrisa. Le acompañaban el bedel que había enviado para notificarle el desahucio y el profesor Landuyt, el historiador que se había unido a su equipo. Los tres sostenían con sus manos sendos pistolones de hermoso calibre. Como no soy especialista en armas no fui capaz de distinguir si se trataban de una Magnum, una Beretta o una Smith & Wesson, lo que sí tenía claro era que cualquiera de ellas podía abrir en mi cuerpo un agujero del tamaño del Gran Cañón del Colorado. Intenté mostrar mi indignación --y nerviosismo-- del mejor modo que supe.
          --¿Están ustedes locos? ¿Cómo se atreven a entrar de ese modo en mi despacho?
          --¿Me hubiera permitido hacerlo de otro modo? Probablemente no, así que he optado por lo seguro --me contestó irónico, aunque no exento de razón, el profesor Rodríguez.
          --¿Se puede saber qué es lo que desean?
          --¿No se lo imagina?
          --Si quiere forzarme a revocar la circular por la que le he obligado a suspender sus trabajos y desalojar las instalaciones universitarias, comete un craso error. No cederé al chantaje. Y le prevengo que con mi muerte no conseguirá nada. Así que lo mejor que pueden hacer es salir inmediatamente de aquí, en cuyo caso me olvidaré por completo de este penoso incidente. De lo contrario lamentarán de por vida las consecuencias de su irrupción. El recinto universitario es un lugar sagrado e inviolable, cometer en su interior un acto violento no sólo está penado duramente por la ley sino que sus autores quedarían estigmatizados de por vida.
          --Se equivoca, señor Vicerrector, se equivoca en esto como en muchas otras cosas. No es nuestra intención matarlo ni tampoco obligarle a retractarse de su absurda decisión. No lo necesitamos.
          --En ese caso, ¿qué es lo que quieren?
          --Ganar tiempo.
          --Ganar tiempo, ¿para qué necesitan ganar tiempo? No lo entiendo.
          --Con lo que usted no entiende, señor vicerrector, se podrían llenar enciclopedias, pero de todos modos, como deferencia no sólo a su cargo si no también a su persona, se lo explicaré. Necesitamos ganar tiempo para que la máquina que hemos construido funcione.
          --¿Está usted loco? Su máquina nunca podrá funcionar, el viaje por el tiempo es imposible.
          --¿Está usted seguro? No sabía que además de biólogo fuera una eminencia en el campo de la Física y las Matemáticas.
          --Y no lo soy, pero no hace falta ser un especialista en esos campos para comprender la inutilidad e imposibilidad de sus trabajos. Cualquier niño de pecho sabe que es imposible viajar a través del tiempo. Imagínese que usted, efectivamente, construye esa máquina y, viajando al pasado, conoce a su abuelo. Trata con él y en un momento de fuerte discusión lo mata cuando todavía no ha nacido su padre. Usted no podría nacer y por tanto no podría inventar esa máquina del tiempo con la cual habría ido a la época de su abuelo para matarle. Es una paradoja total que demuestra la imposibilidad de alcanzar sus sueños.
          --Conozco esa paradoja, por supuesto, muy típica de los escritores de ciencia ficción más previsibles y menos originales. Es, por otra parte, el argumento que utilizan siempre los espíritus débiles que se oponen a que los fuertes dominen la tierra. Pero es un argumento inservible. Voy a retomar su ejemplo. Si yo hiciera eso, habría creado un mundo en el que yo no existiría y por tanto no habría máquina del tiempo, a no ser que la hubiera inventado otra persona. Pero nunca se sabría, por eso desaparecería la contradicción. Nadie me lloraría porque nunca hubiera existido en el nuevo plano de la realidad surgido como consecuencia de mis acciones. ¿Cómo puede usted estar seguro de que la máquina existe desde hace tiempo? ¿Puede asegurar sin lugar a dudas que ayer era Vicerrector de esta Universidad?
          --Por supuesto que sí, no sé a dónde quiere llegar con esa sarta de estupideces.
          --Le falta imaginación, querido Vicerrector. ¿Y si yo le dijera que antesdeayer usted era ministro de Universidades, pero que gracias a unos arreglos hechos al viajar por el tiempo, actuando en el momento adecuado, hemos conseguido que su situación personal cambiara y no accediera a ese cargo? Usted no se acordaría de nada porque en el nuevo plano de la realidad nunca habría sido ministro. ¿Puede usted decirme con absoluta certeza que nunca ha sido ministro en otras coordenadas temporales?
          La idea continuaba siendo absurda, pero de repente algo me inquietó. Yo había estado a punto de ser ministro en la última remodelación gubernamental, pero las necesidades de pactar con otros partidos hicieron que al final no ocupara el cargo. ¿Era posible que...? No, no podía dejarme envolver por la palabrería vacua del profesor Rodríguez.
          --Tranquilícese --volvió a hablar el profesor, como si hubiera adivinado mis pensamientos--, puedo asegurarle que usted nunca ha sido ministro de nada. Nuestros experimentos, hasta el momento, no han llegado a tanto.
          --¿De qué experimentos me está hablando?
          --Somos científicos, ¿lo ha olvidado? Las grandes ideas no sirven de nada si no pueden experimentarse, si no pueden llevarse a cabo, en suma. Ésa es la auténtica prueba de que algo funciona, mejor que los sesudos artículos, con un montón de fórmulas incorporadas y vistosos diagramas, en las revistas científicas. Para su información, esa fórmula que usted considera imposible de conseguir existe desde hace ocho meses, y desde hace tan sólo cuatro hemos estado experimentando viajes por el tiempo con gran éxito.
          El profesor Rodríguez hablaba con tal convicción y sus palabras exhalaban un tono de autoconvencimiento tan sincero e impresionante que por unos momentos se minó mi entereza, hasta que recordé que todos los fanáticos tenían aire de sinceridad y podían llegar a ser extremadamente convincentes.
          --No le creo. Si eso fuera verdad hace tiempo que se sabría y, aunque se hubiera mantenido en secreto, no necesitaría recurrir a esos argumentos --añadí señalando las armas que aún conservaban en sus manos mis tres visitantes-- para conseguir que retire la orden de desalojo de las instalaciones universitarias. Usted sabe que con demostrarme fehacientemente que sus investigaciones estaban bien encaminadas no sólo les restituiría lo ahora quitado sino que aumentaría generosamente sus asignaciones presupuestarias.
          --Sigue sin entender nada, querido vicerrector. En ningún momento he tenido la intención de compartir mi descubrimiento con la comunidad científica, y por lo que atañe a las cantidades que tengo adscritas para seguir con mis trabajos debo admitir que son más que suficientes. ¿No se da cuenta de que tengo en mis manos el arma más poderosa que jamás se haya inventado? Con ella tengo también la posibilidad de cambiar el mundo. ¿Ha pensado usted que habría ocurrido si no hubiera sido asesinado Julio César? ¿Cómo sería España si los Reyes Católicos jamás se hubieran casado o Francia si Robespierre no hubiera muerto en la guillotina? ¿Existirían los Estados Unidos si el general Washington se hubiera ahogado al intentar cruzar el Potomac? O, más recientemente, ¿cómo sería el mundo si Hitler hubiera tenido a su disposición la bomba atómica mucho antes de que los americanos empezaran siquiera a teorizar sobre la posibilidad de construirla?
          --Está usted loco.
          --Las palabras no ofenden y, además, no pueden nada contra la fuerza de los hechos. Usted, como el resto de la comunidad universitaria que ha intentado desprestigiarme y hacerme el vacío, sabe cómo pienso y lo que opino de la política actual, de esta sociedad débil y degenerada que espíritus pusilánimes como usted han contribuido a crear. Afortunadamente, aunque no somos mayoría ni la necesitamos, ya que no creemos en esa farsa democrática que permite que se considere igual el voto de un negro que el de un blanco, el de un ignorante que el de un sabio o el de una mujer que el de un hombre, todavía quedamos un grupo de hombres dispuestos a arreglar esta situación y cambiar el mundo. Y con mi invento lo vamos a lograr.
          --¿Y en cuatro meses ha sido incapaz de alcanzar su objetivo? --intenté hablar en tono sarcástico, sin conseguirlo del todo.
          --Usted me cree un fanático y piensa que los fanáticos somos, además, imbéciles. Es por eso por lo que lucho contra lo que representa la gente como usted --dijo meneando la cabeza con aspecto lastimero--, porque son incapaces de ver más allá de sus narices. Un proyecto como ése necesita tiempo. Imagínese que envío a través de mi máquina un comando con las órdenes de matar a Napoleón y así cambiar el curso de la historia de Francia y tal vez de la Humanidad. ¿Cómo puedo saber que no hay algún tipo de relación entre Napoleón o alguno de los guardaespaldas o colaboradores que pudieran morir en la acción con mis antepasados y que, como consecuencia de ella, en las nuevas coordenadas temporales generadas yo no existiría, con lo que todo el proyecto se iría al garete? Sinceramente, no me atrae la idea. De ahí que haya incorporado a mi equipo historiadores y genealogistas en los últimos tiempos. Toda acción debe estar bien medida tanto en sus consecuencias políticas generales como en las personales de quienes participan en el proyecto. Por eso necesitamos tiempo, un tiempo que usted nos quiere negar. Afortunadamente tenemos gente leal introducida en todos los ámbitos --añadió señalando paradójicamente al bedel traidor-- y hemos podido contrarrestar su golpe. Pero no podemos tenerle retenido indefinidamente hasta que nuestro gran proyecto llegue a su fin. Lamentable pero inevitable.
          --¿Eso significa que van a matarme? Están ustedes rematadamente locos. Les repito lo que les he dicho al principio, el asesinato de un catedrático en el interior de la Universidad tendría consecuencias funestas para ustedes.
          --No nos haga reír, señor vicerrector. Las consecuencias funestas serían para usted en primer lugar, no para nosotros. Pero algo de razón no le falta, podría traernos complicaciones y molestias que preferimos evitar. Matarle es absurdo cuando podemos hacer algo mejor. Podemos cambiar la realidad temporal de modo que usted nunca haya existido.
          --¿Qué quiere decir con eso?
          --Me parece que ya se lo imagina. Hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que estaba investigándonos y hemos elaborado un plan estupendo para deshacernos de usted. ¿Recuerda la paradoja del abuelo con la que ha intentado argumentar en contra de la posibilidad del viaje temporal? Pues la va a sufrir en sus propias carnes. En estos momentos el coronel Bermejo, me imagino que ya sabe de quién le hablo, del profesor de Educación Física que recientemente se unió a mi equipo, está viajando a la época de su abuelo con órdenes estrictas de asesinarle antes de concebir a su padre. Es posible incluso que ya haya conseguido su objetivo. Según nuestros experimentos la nueva realidad temporal puede tardar en notarse entre cuatro horas y cuatro días, pero antes o después esa realidad sustituirá a la presente y usted jamás habrá existido. Nadie podrá acusarnos nunca de asesinato, porque no se puede asesinar a alguien inexistente. Brillante, ¿no le parece? No, claro que no, desde su punto de vista personal no es una gran idea, pero debe admitir, como científico, que hemos descubierto el modo de cometer el crimen perfecto. Bueno, querido amigo, ¿me permite que le califique así teniendo en cuenta que son nuestros últimos momentos juntos? ¿No?, lo entiendo aunque me parece una cortedad de miras por su parte. En fin, señor vicerrector, me temo que vamos a tener que dar por acabada nuestra pequeña e instructiva conversación, comunicándole que hasta su desaparición en la nueva realidad quedará retenido en una habitación que le tenemos ya preparada, bajo la custodia del bedel. Confío en que pueda disfrutar de su corto retiro ya que le hemos preparado todas las comodidades posibles. Incluso, si lo desea, estamos predispuestos a proporcionarle mujeres, bebidas y drogas, para que sus últimos momentos sean lo más placenteros posibles. Como ve, no le guardo rencor ni mala voluntad. Incluso sopesamos, por unos momentos, la posibilidad de dejarle en libertad ya que, aunque usted nos denunciara, independientemente de que nadie, o casi nadie, le creería, al llegar la nueva realidad toda conciencia de ese hecho habría desaparecido, pero preferimos evitar las pequeñas molestias temporales que nos podría generar en la realidad actual, así que de momento será nuestro prisionero. Adiós. señor vicerrector, hasta nunca. Disfrute de sus últimos momentos de existencia.
          Han pasado ya dos días desde esta conversación y continuó siendo un prisionero en la habitación que me asignaron. El profesor Rodríguez habló de unos plazos de hasta cuatro días para que las acciones destinadas a cambiar la realidad surjan efecto, y eso si la acción que se tiene que llevar a cabo se consigue efectuar nada más llegar al pasado, porque en otro caso el plazo empezaría a correr más tarde, no se sabe cuándo. Han sido dos días angustiosos, esperando la llegada de la no existencia. ¿Cómo será? ¿Se notará algo, como cuando una persona se muere o, sencillamente, en un momento estás y en otro no estás? Intelectualmente sigo pensando que el viaje a través del tiempo es imposible, pero entonces, ¿por qué estoy tan nervioso? ¿Quizás porque en el fondo de mi mente siempre he sabido que el profesor Rodríguez decía la verdad? No lo sé, pero como siga así no va a ser necesario que su experimento funcione para que consiga eliminarme, porque tengo la sensación de que me estoy volviendo loco por momentos. De otro modo, ¿a qué se debe que cada vez que me mire en el espejo vea reflejada no mi cara, sino la de mi abuelo cuando tenía mi edad?



SKULL (MÓNICA GALLEGO HERNANDO)


LA NOVELA: Rubén Mistake, de la agencia “Con la lupa somos los mejores”, se encauzará en la investigación de la misteriosa desaparición de un miembro de una familia ejemplar estellesa. A la vez, el cuerpo de criminalística de la Guardia Civil de Pamplona deberá dar caza al “asesino de las calaveras”, debiendo resolver el enigma que esconde el parque donde se han hallado cada uno de los cadáveres.
¿Qué significado albergan los números y fotografías halladas? ¿Por qué el “asesino de las calaveras” acaba con la vida de personas inocentes de una forma tan sumamente macabra? Una pista: el comienzo tendrá mucho que ver con el final de la historia. Y como siempre, nada es lo que parece.

LA AUTORA: Mónica Gallego Hernando (Bilbao, Bizkaia, 1977). Abogada de profesión, se inició en el mundo de la literatura con su primera publicación infantil, El árbol mágico y con su primera novela, Cosas de la vida. Posteriormente publicó su segunda novela, Símbolos y muertes ocultas, iniciándose así en el género policial y de misterio. Su segundo libro infantil, El diario de Jorge se publicó en el mes de junio de 2017, narrado en primera persona por un niño que padece epilepsia, a la par de su tercera novela, Huracán rojo. Skull es su cuarta novela.



martes, 4 de diciembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: EL PEOR CRIMEN


Sí, ya sé que hoy es martes, pero si “El Jueves” se anuncia como la revista que sale los miércoles no sé por qué los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS no pueden salir los martes. Hay crímenes peores. Y si no, podéis leer el siguiente relato que por algo se titula



EL PEOR CRIMEN



          --¿El peor crimen con el que me he encontrado a lo largo de mi trayectoria profesional?
          La pregunta que acababan de hacerme era lógica, sobre todo si tenemos en cuenta que quienes se animan a acudir a una conferencia dictada por un psiquiatra forense tienen que estar, por fuerza, interesados en el tema. Es cierto que la proliferación de series de televisión protagonizadas por supuestos colegas que manejan con idéntica soltura la pistola reglamentaria y el microscopio ha distorsionado considerablemente nuestra imagen, pero por otra parte si esa distorsión no hubiera calado en el imaginario popular yo no habría podido incrementar mis ingresos de funcionario público con los más cuantiosos que me proporciona la faceta de conferenciante. Y aunque algunos miembros del público pueden decepcionarse al comprobar que entre las funciones de un psiquiatra forense no se encuentra la de realizar autopsias, el hecho de ser un profesional cuyo trabajo consiste en escudriñar las mentes de los criminales suele añadir una pizca adicional de morbo a los asistentes, lo que contribuye considerablemente a aumentar mi cotización. Por eso aquel día, cuando una vez acabada la charla y llegado el turno de preguntas me preguntaron por el peor crimen que había tenido la ocasión de contemplar en el transcurso de mi vida, no me sorprendí lo más mínimo. De hecho, estaba esperando la pregunta.
          --¿El peor crimen con el que me he encontrado a lo largo de mi trayectoria? Es difícil decirlo, sí, muy difícil. He tenido que examinar a tantos criminales, a tantos reos de deleznables delitos en el transcurso de mi ejercicio profesional, que elegir uno en detrimento de los demás no es nada sencillo.
          Sí, es complicado, terriblemente complicado decidirse por uno en concreto, volví a afirmar, no porque no supiera qué contestar sino porque es un truco infalible que he ido aprendiendo con el tiempo para asegurar la atención del público y que esperan, expectantes, lo que voy a decirles.
          No, no es nada sencillo --continué--, pero como me he comprometido a responder a todas las preguntas que se me hagan, si debo optar por uno entre todos los casos que he tenido que atender, quizás el que tiene más derecho a recibir el honorífico título de "el peor crimen" sería uno que se cometió hace unos cuantos años en una pequeña ciudad del interior. Permítanme que no dé más datos en aras a la necesaria confidencialidad y por respeto a quienes estuvieron implicados en su desarrollo e investigación.
          Es posible, de todos modos, que ustedes hayan oído hablar de ese caso aunque, debido a las circunstancias que lo rodearon las autoridades lo intentaron silenciar y apenas se le dio publicidad. Desde luego, ninguno de los dos periódicos de la provincia en la que se produjeron los hechos que voy a narrar se hizo eco del mismo, limitándose ambos a publicar unas simples reseñas, sin proporcionar excesivos datos. Sí salió la noticia en varios diarios de alcance nacional, pero la vida política y social de nuestro país es tan proclive a los escándalos de portada que un triste crimen de provincias enseguida queda relegado a un lugar secundario para desaparecer de las linotipias al de muy pocos días de producirse. Además, los hechos coincidieron con uno de esos escándalos de corrupción que cada poco tiempo afloran a la luz, lo que hizo que el asunto pasara en pocos días a un segundo plano.
          Como es lógico, mi intervención en el caso fue posterior a la detención del autor del crimen, de los crímenes tendría que decir, pero gracias a mis conversaciones con la totalidad de los implicados conseguí reconstruir perfectamente los hechos que, por otra parte, no eran nada excepcionales, salvo por la actuación, más habitual en las películas norteamericanas que en las poblaciones españolas, de un asesino en serie. Un psicópata que antes de ser detenido violó y asesinó a cinco jóvenes, dos de ellas prácticamente adolescentes. Los policías encargados de la investigación optaron por denominar al desconocido asesino con el apelativo de “El Inventor”, ya que junto al cadáver de cada una de sus víctimas dejaba la fotografía de un inventor famoso, Edison, Graham Bell, etc. Afortunadamente dicho sobrenombre no llegó a oídos de los periodistas, porque eso hubiera acrecentado el morbo y magnificado el interés por parte del público, que es lo que se quería evitar a toda costa, para no alarmar a la población.
          No voy a extenderme en los detalles de la investigación, que no vienen al caso, pero finalmente fue detenido el responsable de los hechos, un joven profesor adjunto de la Facultad de Ciencias, varios de cuyos inventos fueron despreciados por las autoridades académicas, lo que motivó que su novia rompiera con él, harta de su inutilidad e incapacidad para ganarse la vida, quebrándose simultáneamente la frágil estabilidad mental del propio profesor.
          El policía que resolvió el caso fue un inspector al que podríamos denominar Jiménez, ya que no considero correcto desvelar su identidad. Espero que ustedes comprendan el motivo de esta omisión, aunque supongo que si son expertos navegantes por Internet no les será difícil descubrirla. En fin, perdonen el inciso y permítanme proseguir con la historia. El éxito del inspector Jiménez, aparte de la satisfacción profesional que le produjo y las alabanzas que recibió por parte de sus conciudadanos y de las autoridades, contribuyó notablemente a que fuese ascendido en poco tiempo a comisario. El segundo policía más joven en conseguir ese grado en aquella provincia.
          Porque curiosamente quien detentaba el récord de haberlo obtenido con menos edad era su superior inmediato al que podríamos llamar, también utilizando un nombre ficticio, Juan Pérez. Y fue precisamente Juan Pérez, desde su puesto de Jefe de la Brigada de Homicidios, quien impulsó y coordinó desde el primer momento las investigaciones del caso del Inventor. Policía metódico y concienzudo, entregado a su trabajo día y noche, no tardó en obsesionarse con la captura del criminal. Incluso llegó a instalar un camastro en su despacho, que apenas utilizó, para seguir dirigiendo, desde su puesto de mando, todas las operaciones.
          Fue en ese mismo despacho donde le comunicaron la terrible noticia. La noche anterior, mientras él a duras penas se mantenía en pie gracias al café solo y fuertemente cargado que tomaba a grandes sorbos como único alimento, alguien penetró en el chalet adosado que poseía en una urbanización situada a las afueras de la ciudad y rebanó, sin el menor atisbo de piedad o misericordia, el cuello de su mujer, Adriana, y de sus hijas Elisa y Amparo, estas últimas de catorce y quince años de edad. Para sorpresa de quienes cargaron con el amargo deber de comunicarle la luctuosa noticia, el comisario reaccionó con absoluta frialdad, como si ese hecho no le afectara lo más mínimo, y se negó a acudir a su casa, aduciendo que aún tenía mucho trabajo que hacer.
          --Tengo que atrapar a un asesino y juro por mi vida que lo atraparé --le oyeron decir quienes estaban junto a él que, comprensivos, achacaron su actitud al shock producido por la tragedia.
          Como si sus palabras hubiesen sido proféticas un día después uno de los agentes a sus órdenes, el hombre al que he bautizado como inspector Jiménez, detuvo al asesino. Y fue precisamente la rueda de prensa que se organizó posteriormente para explicar cómo se llevó a cabo la investigación, el momento elegido por el comisario Pérez para hacerse responsable del asesinato de su mujer y sus dos hijas.
          --Tuve que hacerlo, no me quedó otro remedio, para poder atrapar al Inventor --narró en la rueda de prensa, ya que sus palabras no podían ser calificadas estrictamente como una confesión, sino que constituían una aséptica narración de los hechos--. Como ustedes sabrán llevábamos más de dos meses sin ninguna pista de ese execrable asesino, hasta que una casualidad hizo que me diera cuenta de un hecho. Cada vez que El Inventor violaba y asesinaba a una joven, el día anterior a mi mujer y a mis dos hijas les había llegado el período. Esa sincronía no podía ser muy normal, pero al principio no le di la menor importancia. Según un médico con el que consulté se trataba de una de esas coincidencias que se dan en la vida, algo raro, extremadamente raro incluso, admitió, aunque sin mayor trascendencia. Aún así no podía quitarme ese hecho de la cabeza. Revisé una y mil veces el expediente del Inventor y en todas ellas pude comprobar que estaba en lo cierto, si un día a mi mujer y a las niñas les venía la regla, al siguiente aparecía el cadáver de una mujer violada y asesinada con la fotografía de un famoso inventor junto a su cuerpo.
          “No sabía qué hacer con ese descubrimiento hasta que, una noche, un ángel vino a verme a este mismo despacho y habló conmigo. Debía hacer desaparecer el foco primitivo del mal, debía acabar con la vida de mi mujer y mis hijas o, mejor dicho, de los entes malignos que se habían adueñado de sus cuerpos para desde allí contaminar con su maldad nuestra hermosa y tranquila ciudad. Y debo confesar con orgullo que hice lo correcto. No habían transcurrido ni veinticuatro horas desde que acabé con esos seres malignos cuando el inspector Jiménez, aquí presente, detuvo al Inventor y devolvió la paz y tranquilidad a nuestras calles.
          Lógicamente el comisario fue detenido nada más acabar la rueda de prensa y conducido al hospital psiquiátrico de la comarca. La Audiencia decidió absolverle del crimen al considerarle inimputable por motivos obvios, pero ordenó que se le retuviera indefinidamente en el centro psiquiátrico, donde aún permanece ingresado.
          Los asistentes a la conferencia se miraron entre sí horrorizados antes de posar nuevamente sus ojos en mi persona. Uno de ellos dijo en voz alta que era cierto, que ése era el peor crimen que podía cometerse. “Matar a su mujer y a sus dos inocentes hijas de catorce y quince años”, añadió con voz entrecortada por la emoción, “¿puede haber algo más espeluznante?”.
          Estuve tentado de contestarle que sí, pero me abstuve de hacerlo. Si mi atento público creía que ése era el peor crimen que podía cometerse, para qué desengañarle, no me pagaban por llevarle la contraria. Pero yo sabía que el peor crimen que podía cometerse no es el que perpetró el comisario Pérez. Lo sé porque desde que ingresó en el hospital me hice cargo de su tratamiento y he seguido su caso día a día.
          El comisario cometió un crimen horrible, eso no puede negarse, pero no era él, en realidad, el asesino. El exceso de trabajo unido a su obsesión por encontrar al psicópata denominado El Inventor y otros factores más difusos que sería muy prolijo explicar, motivaron que algo se rompiera en su interior y que, creyéndose un enviado divino, matara con sus propias manos a quienes consideraba instrumentos del Diablo. Era un enfermo y, por lo tanto, no podía considerársele responsable de sus actos.
          Hoy en día, en cambio, está curado, completamente curado. Si aún sigue ingresado en el hospital, totalmente sedado y con una camisa de fuerza que no se le quita ni para dormir, es para evitar que se suicide, apesadumbrado por el dolor que siente al saber que su pasada locura causó la muerte de su amada mujer y sus adorables hijas. Sí, está curado. Yo mismo le curé, yo mismo le saqué del mundo irreal en el que vivía plácidamente y le devolví a la dura realidad, una realidad en la que no había luchado contra demonios del Averno sino en la que había masacrado a su propia familia. El comisario Pérez dejó de ser un pobre desequilibrado que vivía feliz en ese universo ficticio que se había creado para pasar a ser un hombre totalmente lúcido, consciente de que su propia mano era la que había segado la vida de sus seres más queridos.
          Sí, yo le curé, yo le saqué de las sombras en las que vivía y le devolví a la realidad. Y ése sí que fue, de verdad, el peor crimen que alguien ha cometido desde que el sol empezó a alumbrar a la Humanidad.



viernes, 30 de noviembre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 687.-LA ESPÍA DE FRANCO (BASILIO TRILLES)

Título: LA ESPÍA DE FRANCO
Autor: BASILIO TRILLES
Editorial: ALMUZARA
Trama: Las vidas de Miguel Campos, militar de firmes convicciones anarquistas, y de Letizia, espía al servicio del general Franco, se cruzarán en Madrid en los tiempos de la Guerra Civil. Separados por las circunstancias cada uno seguirá su camino, ella trabajando al servicio de la dictadura y él combatiendo contra los nazis durante la II Guerra Mundial. Hasta que decide volver a Madrid para colaborar en la caída de la dictadura.
Personajes: Miguel Campos, anarquista de férreas convicciones, excelente soldado pese a que odia la guerra y sus consecuencias, Letizia Heredia-Espinosa, hija de un general español y una norteamericana de Boston, adicta al Movimiento Nacional como consecuencia de que asesinaran a su padre y hermano aunque no ve con buenos ojos la dictadura, Marcus, agente de los servicios de inteligencia británicos, antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales y amigo de Miguel, Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, dictador implacable y endiosado, el general Franco Salgado-Araújo, primo del dictador y su hombre de máxima confianza, José Luis Arrese, ministro secretario general del Movimiento Nacional, admirador incondicional de Hitler, John Graves, agente del OSS (antecedente de la CIA), amante de Letizia.
Aspectos a Destacar: Cuando el lector conoce de antemano el resultado de una de las tramas más importantes de una novela (en este caso, la eliminación física o política del dictador Franco) hay que ser muy hábil y valiente para conseguir mantener el interés del lector, como ha hecho Basilio Trilles en esta novela, que sirve también de homenaje a los combatientes republicanos españoles que lucharon en la II Guerra Mundial contra los nazis y fueron los primeros que entraron en el París liberado.
La Frase: El pan era un bien muy preciado en aquellos momentos. Sólo al alcance de las clases privilegiadas. La mayoría de españoles tenía que conformarse con pan negro, en el que el trigo era sustituido por maíz o algarrobas. El pan blanco, con tanta hambre y necesidad, en una posguerra que parecía infinita, era el mejor regalo.

jueves, 29 de noviembre de 2018

ES CUENTO (MARTIN J. FRANK)


LA OBRA: Es cuento es la recopilación de los relatos y cuentos que en los últimos años ha ido escribiendo Martin J. Frank, un universo propio que se entremezcla con la vicisitudes propias del autor de la mano de diarios y escritos personales. Una visita a la cocina propia donde se desnuda el autor y se codea con personajes variopintos que han ido surgiendo en sus escritos recientemente. También es un cierre de ciclo vital que podrá descubrir el lector a lo largo del itinerario literario que el presente libro va tejiendo. Herencia de sus lecturas de “La Tía Julia y el Escribidor” o de “Hojas de Hierba” de Walt Whitman, en el que un mundo onírico se cruza con el mundo personal.

EL AUTOR: Martin J. Frank (Bilbao, Bizkaia, 1972) es el seudónimo de Francisco J. Martín que reside actualmente en Mérida (Badajoz) y que alterna su vocación literaria con su trabajo de comercial y su familia. Desde que en 2012 publicó El Invitado, ha seguido desarrollando su aprendizaje tanto en la vida como en la literatura.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

HAZTE PEQUEÑA, SOLO MÍA (MILA BELDARRAIN)


LA NOVELA: A través de tres voces de mujer, nos adentramos en el oscuro mundo de la violencia de género, analizando al mismo tiempo la psicología del maltratador, sus artes de seducción y desenmascarando su comportamiento. También se profundiza en las razones que pueden llevar a tantas mujeres a caer ingenuamente en las redes de esos falsos amantes, que se convertirán en sus verdugos. La narración se entrelaza con el hecho histórico del crimen ocurrido en la casa-torre de Ursua (en Arizkun, Valle de Baztan), en donde el señor de Ursua mató por celos a su mujer hace varios siglos. Esta triste historia, también recogida en una vieja balada cantada, entre otros, por Mikel Laboa, se sitúa en la ermita de Santa Ana, que aún se conserva, frente a la casa-torre de los Ursua.

LA AUTORA: Mila Beldarrain Albaitero, licenciada en Filología Románica por la Universidad de Deusto, profesora de Lengua y Literatura en los institutos Bidebieta y Usandizaga de Donostia–San Sebastián y colaboradora del diario El Correo. Ha publicado las siguientes novelas: Oria, la Sultana Vascona; Petriquilla, Graciosa y el Verdugo negro; El Examen (Petriquilla en Madrid); Kursaal; Enigma; Domenja de Oñate (Premio Euskadi de Plata, 2007); Mi Extraña amiga Katalina; Bajo el cerezo; El Templario; La verdad de Moctezuma e Inesa de Otaduy y Olazaran.




lunes, 26 de noviembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: EL HOMBRE DEL BAR


Sé que a la mayoría de vosotros os gustan los bares. No hace falta preguntároslo, es mera estadística. Por eso este lunes, para que veáis cómo soy de considerado, el relato sucede en un bar. De ahí que lógicamente, y tal vez con poca originalidad, lo admito, se titula



EL HOMBRE DEL BAR



          El bar estaba tranquilo, tal vez demasiado tranquilo. Tan sólo dos turistas despistados, de ésos que habían empezado a aparecer por la ciudad desde que se construyó el Guggenheim, a los que alguien sobrado de mala leche había comentado que el pincho de tortilla constituía la cúspide de la gastronomía nacional, y un borracho que, ajeno a todo, se afanaba en que una máquina tragaperras le sacara de la pobreza, pugnaban por dar ambiente a lo que era un desolado local.
          No hay nada más triste que ver un bar vacío. La gente, cuando los ve, no se anima a entrar ya que piensan que en la soledad de su interior no pueden tener intimidad, no se puede hablar con tranquilidad sin que alguien te escuche. Paradójicamente es más fácil expresarse rodeado de los ruidos y el barullo de un lugar abarrotado de clientes, ya que sabes que ninguna de las palabras que digas llegará a oídos de una persona ajena a tu conversación, que en un sitio en el que, por discretos que sean los camareros y los escasos clientes que pueda haber, es inevitable que todo el mundo acabe por enterarse de lo que estás diciendo.
          Curiosamente el bar tenía buena pinta. Estaba decorado con gusto y elegancia aunque el paso del tiempo había empezado a notarse y quizás le hubiera venido bien una mano de pintura. Supongo que la falta de clientela y, por tanto, de ingresos, le impedía al propietario hacer las reformas convenientes, pero aún así mantenía una cierta dignidad, un recuerdo nostálgico de que en un pasado tal vez muy lejano aquello había sido uno de los locales de moda de la ciudad.
          Tan sólo una persona trabajaba, o estaba detrás de la barra, en el bar. Se trataba de un hombre ya entrado en años, como lo delataban el blanquecino color de su aún abundante cabellera y las arrugas que surcaban la cara, aunque quizás esas arrugas no fueran síntoma de vejez sino de tristeza. Iba vestido impecablemente con una chaquetilla azul oscura y una pajarita roja algo ajada, pero que lucía con elegancia y señorío. Al contrario de lo que sucedía en la mayoría de los locales de la ciudad, la música que podía escucharse no tenía nada que ver con las listas de éxitos de las emisoras de radio y similares, sino que unas agradables selecciones de música clásica sobrevolaban apaciblemente el bar. Mientras le pedía la segunda cerveza se lo comenté al camarero que, según me dijo más tarde, era también el propietario y único trabajador del negocio.
          --Antes yo también ponía rock y cosas de ésas --me dijo mientras fregaba parsimoniosamente unos vasos que presumiblemente no habían sido utilizados en todo el día-- para atraer a la juventud, pero al final he desistido. Si, como usted puede apreciar, no viene nadie, por lo menos voy a darme la satisfacción de escuchar la música que me gusta a mí.
          El hombre estaba seguramente aburrido de permanecer todo el día detrás del mostrador sin tener nada que hacer ni con quien hablar, así que se puso a darme conversación. Su charla era agradable y daba gusto escucharle cuando hablaba, sin pavonearse, tan sólo narrando exclusivamente lo que había vivido, de los tiempos pasados, cuando aún era joven y luchador e intentaba sacar su negocio adelante.
          --Después, las cosas se torcieron y aquí me ve usted, al frente de un bar que se hunde irremisiblemente por falta de clientela. No sé cuánto aguantaré, pero no creo que llegue al final del año.
          No lo decía con desesperación, ni siquiera con tristeza, sino con la resignación de quien sabe que por mucho que lo intente no se puede ganar en una partida cuando el adversario juega con los naipes marcados y que antes o después, con el bolsillo vacío, deberá arrojar sus cartas sobre el tapete y levantarse de la mesa, sin despedirse ni esperar que nadie le consuele ni le dé una nueva oportunidad de recuperar lo perdido.
          Se acercaban las diez de la noche, una hora en la que los locales que se encontraban en la misma zona que aquél se llenaban de jóvenes con ganas de tomarse unas cuantas copas para iniciar una prolongada fiesta noctámbula, pero el bar seguía prácticamente vacío. Los turistas se habían ido y el borracho, después de quedarse sin monedas con las que alimentar la máquina, se había adormilado con la cabeza sobre el mostrador.
          --Hora de cerrar --dijo el dueño despertando suavemente a quien quizás era su único cliente fijo--. Lo siento, don Manuel, pero tiene que irse a su casa.
          El borracho, a regañadientes, se levantó como pudo, ayudado por el dueño del bar, y se fue mascullando ininteligibles palabras, aunque dudo mucho de que se dirigiera directamente al domicilio conyugal.
          --Voy a cerrar, no tiene objeto tener la puerta del establecimiento abierta cuando nadie más a va a entrar, pero quédese si quiere, es agradable tener alguien con quien poder charlar.
          Asentí con la cabeza mientras le decía que sería un placer quedarme un rato más. Al oírme decir eso se le iluminó la cara y empezó a trastear por debajo del mostrador hasta que puso delante de mí una botella polvorienta que limpió con esmero.
          --Legítimo coñac francés --me dijo--. Es la última que me queda y no creo que en el futuro consiga ninguna más. Los proveedores se niegan a servirme, y no les culpo. A mí también me gustaría cobrar si anduviera en su negocio.
          Sacó de una estantería dos panzudas copas hermosamente talladas, que resonaban musicalmente al pasar el dedo por sus bordes, y escanció generosamente el preciado líquido, como si se lo estuviera ofreciendo a un amigo en lugar de a un cliente de última hora.
          --¡Salud! --brindó.
          --¡Salud! --repetí yo mecánicamente.
          Era la hora de las confidencias aunque aquello tal vez pudiera parecer el mundo al revés. Normalmente es el camarero quien, lleno de paciencia y con ganas de cerrar para poder irse a la cama después de una agotadora jornada laboral, escucha las cuitas y lamentaciones de ese cliente que tras haber rebasado la difuminada línea que separa la consciencia de la incontinencia verbal producida por el alcohol, no encuentra el momento adecuado para salir del bar e ir a su casa. En ese caso ocurría lo contrario, era el hombre del bar quien retenía al cliente para así tener alguien con quien hablar, alguien a quien contarle su vida.
          --En otro tiempo éste fue un negocio floreciente, lleno de gente que bebía y comía mientras pasaba un rato agradable. Pero todo se truncó. Desde que empezaron los rumores.
          --¿Qué rumores? --pregunté educadamente.
          --Bueno, ya se sabe, empezó a correrse la voz de que yo era confidente de la policía. Según parece en el piso de arriba se trapicheaba con droga y los traficantes fueron detenidos. Alguien debió decir que yo había informado a la policía y la gente dejó de venir. Son curiosos los mecanismos mentales de muchos ciudadanos honestos. Desaprueban firmemente el tráfico de ese veneno que destroza a nuestros jóvenes, pero se niegan a entrar en el local de quien ha sido señalado como el responsable de que unos delincuentes hayan sido detenidos.
          “De todos modos --añadió--, durante un tiempo pude remontar el desastre. Poco a poco la gente fue olvidando los rumores y el bar empezó a cobrar nuevamente vida. Hasta que volvió a ocurrir. Un cliente habitual fue detenido, acusado de venta de estupefacientes. El hombre, al verse detenido y tal vez para justificar ante sus jefes que había actuado en todo momento correctamente, sin poner en peligro el negocio, decidió acusarme de ser un chivato policial. No le sirvió de nada, ya que pocos días después apareció en una cuneta con una bala en la nuca, pero de nuevo echó sobre mi persona el estigma de ser un confidente.
          Hizo una pausa para sonreírme y agarrar nuevamente la botella de coñac. La miró al trasluz y volvió a llenar las copas hasta que salió la última gota.
          --Todo lo bueno se acaba --dijo filosóficamente--. Así es la vida. Durante unos segundos paladeas el licor más exquisito que jamás haya sido creado y luego, cuando se acaba, ni siquiera te queda el recuerdo. El recuerdo… --volvió a repetir, como si fuese un eco.
          “Eso es lo único que me queda después de tantos años, el recuerdo, el vivo y doloroso recuerdo. Yo estuve casado, ¿sabe?, pero el corazón de mi mujer no resistió las penalidades sufridas. También tenía dos hijos, pero hace tiempo que no sé nada de ellos. Según parece se creyeron los rumores y se fueron de casa. No les culpo, ellos tienen que vivir su vida y no van a amarrarse para siempre a un perdedor.
          --Lo siento --le interrumpí--, pero se me está haciendo tarde. Tengo que irme.
          --Es una lástima --me contestó suspirando--, tengo pocas ocasiones de hablar con gente educada, que sepa escuchar y sea receptiva. En el fondo me da igual que me crean o no cuando digo que no tengo nada que ver con lo que se me achaca, es suficiente con que alguien me escuche, pero eso no ocurre a menudo.
          No puedo negar que el hombre me caía bien. Incluso estaba convencido de que me había dicho la verdad y que no había sido responsable de la detención de los traficantes. Desgraciadamente a mí no me pagan por descubrir la verdad de las cosas, esa labor se supone que ya la han realizado previamente quienes me contratan. A mí me pagan para que ejecute sus órdenes. Si se han equivocado es problema de ellos, no soy yo quien les va a enmendar la plana.
          Saqué de mi bolsa el Magnum .357 que siempre llevo conmigo y le acoplé el silenciador. El hombre me miró tristemente, comprendiendo, sin protestar. Habló en voz tan baja que no estoy muy segur de lo que dijo, pero creo que fue algo del tono de “mejor acabar de una vez”, o algo por el estilo. Luego, en voz más alta, me preguntó si dolería.
          --No se lo puedo asegurar, pero creo que no --respondí.
          Le dije la verdad, no era momento de gastar bromas. Supongo que no duele porque la muerte es prácticamente instantánea, pero nunca me lo ha podido confirmar nadie, así que no pude asegurárselo.
          --Cuanto antes mejor --volvió a decir.
          Apunté firmemente entre sus ojos y disparé. Apenas visto y no visto, nada más penetrar la bala en su cabeza trastabilló levemente hacia delante y cayó como un fardo sobre el mostrador. No era necesaria la presencia de un forense, cualquiera podía constatar que estaba irremisiblemente muerto.
          Antes de salir apagué las luces del bar. Estoy convencido de que, desde el lugar en el que se encuentre, el viejo me habrá agradecido el gesto.