viernes, 19 de octubre de 2018

PAN CON VINO Y AZÚCAR (CRISTINA ROMEA RAMÓN)


LA NOVELA: En mil novecientos noventa y siete, Mónica acude por primera vez a la consulta terapéutica del doctor Lluc. Desde hace seis meses, dejó su ciudad natal, Zaragoza, para trabajar con su amiga Sonia en Barcelona. El hecho de alejarse de sus padres, en especial de su madre con tendencia depresiva, le causó su primer episodio de ansiedad. En su terapia, Mónica nos irá desvelando su historia familiar, acercándonos a la vida de sus abuelos maternos. Sus costumbres y forma de ser, influenciados por una época de guerra y posguerra en zona rural fronteriza entre Castilla y Aragón, formaron su percepción carencial ante la vida. Las experiencias de sus abuelos marcaron el crecimiento de las siguientes generaciones, condicionando el presente emocional de Mónica.

LA AUTORA: Nacida en Sabadell (Barcelona), el 24 de octubre de 1971, actualmente reside en Vitoria-Gasteiz. Es autora de Realidades (2016), obra teatral de humor con componente psicológico y del ensayo titulado Actitudes Sociales. Pan con vino y azúcar es su primera novela.



martes, 16 de octubre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: AGENDA


Pues sí que empezamos bien. La segunda entrega de los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS la subo al blog un martes. Aunque me da en la nariz que nadie se ha dado cuenta, porque las ingentes misivas de desolación y protesta que esperaba no se han producido. Todo un golpe a mi vanidad de escritor, como para fiarme de vosotros.
De todos modos, como tengo buen corazón, os dejo este relato sobre un policía de un país muy lejano y una ciudad desconocida, así que no empecéis con suspicacias ni sospechas. Que os conozco.


AGENDA


            06.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto empapado en sudor aunque he dejado abierta la ventana del dormitorio. Aún así el calor se ha adueñado de la casa. Abro la ventana en vano, no hay ni una brizna de brisa. La ciudad, en agosto, es inhabitable, pero a mí me ha tocado joderme y trabajar como un cabrón. Soy nuevo en esta plaza, hace tan sólo tres meses que me han trasladado, y aunque ha sido un ascenso largamente perseguido me he encontrado con que aquí soy el último mono y no he tenido más remedio que aguantarme y quedarme chapando este mes.
            06.01 A.M.: Instintivamente miro el lado derecho de la cama, pero Sonia no está. Debo seguir dormido porque no recordaba que se ha quedado con los niños en el pueblo de sus padres. A mí me toca trabajar mientras ellos se pasan todo el día disfrutando en el río, junto a la chopera. Ése es el significado profundo de la institución familiar.
            06.03 A.M.: Por fin, la ducha. Cómo se agradece el agua. Dejo que fluya por todo mi cuerpo, refrescándome, devolviéndome la vida. Me siento renacer. Ahora sí que puedo decir que acabo de despertarme.
            06.22 A.M.: Todo en esta vida llega a su fin. También la ducha. Normalmente no suelo permanecer veinte minutos en la bañera, pero es que hace un calor insoportable y es donde mejor se está. Por mí me hubiese quedado ahí metido todo el puto día.
            06.23 A.M.: Mientras me seco el contacto de la toalla con mi verga me hace recordar la noche anterior. Estaba buena la brasileña, ¿o era colombiana? No lo sé ni me importa, el caso es que estaba muy buena. Eso sí que fue un polvo salvaje. Amo a Sonia y me vuelven loco los niños pero, qué cojones, todo el mundo tiene derecho a divertirse y estaba solo y surgió la oportunidad y... a la mierda con las explicaciones, soy un hombre y he tenido la ocasión, no es necesario darle vueltas al coco. Además, era gratis, invitaba la casa.
            06.24 A.M.: Pensando en la brasileña, o colombiana, he tenido una erección y he manchado la toalla. Bueno, no importa, a la lavadora y santas pascuas, toallas tengo de sobra. La verdad es que soy todo un tío, después de la noche que he pasado aún me quedaban reservas.
            06.26 A.M.: Mientras me afeito vuelvo a sentir cómo todos los poros de mi cuerpo se anegan con el sudor. Acabo de salir de la ducha y ya estoy congestionado de nuevo. Esta ciudad es una puta mierda, tengo que hacer lo que sea, lo que sea, para salir de ella. Es cierto que se cobra mucho más y que después de haber estado aquí me será más fácil ascender, pero no acaban de gustarme ni la ciudad ni sus gentes. En fin, si hago bien mi trabajo, y lo sé hacer, no será mucho tiempo el que pase aquí.
            06.34 A.M.: No hay nada como un café bien cargado para despertarme del todo. Mientras lo tomo sorbo a sorbo, plácidamente, pongo la radio. En la ciudad hace, a esta hora, una temperatura de 36 grados. Hubiera sido mejor no saberlo, oídos que no oyen corazón que no siente. No por no saberlo iba a dejar de hacer calor, sólo que el saber con toda exactitud cuál es la temperatura, ya sé que es absurdo, pero es así, me deprime aún más.
            06.40 A.M.: Hora de vestirse. Por mí no me pondría ni el calzoncillo, pero me temo que mis superiores no se tomarían con mucho sentido del humor el que apareciera en pelota picada por el despacho. Además, en algún sitio tengo que llevar la cartera y los útiles de trabajo. Me pongo la camisa hawaiana y el vaquero rojo. Realzan mi piel morena y mi espeso bigote negro. Tanto la camisa como el pantalón son superceñidos así que cojo la mariconera para llevar allí mis cosas. Me miro en el espejo. Pese al sudor que surca por mi frente estoy bien hecho. Soy todo músculo, puro macho. Me acuerdo de Sonia, pero está lejos, en el pueblo, disfrutando. Me acuerdo de la brasileña, o colombiana. Ella está aquí, en la ciudad, a mi disposición. Creo que voy a pasar una buena noche, aunque todavía esté empezando el día. Pensando en ello vuelvo a tener una erección. Me duelen los huevos dentro del pantalón ceñido, pero lo supero. En realidad, me encanta esa sensación.
            06.52 A.M.: Conduzco hacia el trabajo. La ciudad aún se está despertando. No están puestas ni las aceras. No sé si es cierto eso de que a quien madruga Dios le ayuda, pero yo estoy dispuesto a prosperar en mi trabajo. Todo por el bien de mi familia y por el mío propio, por salir de esta asquerosa y mugrienta ciudad.
            06.58 A.M.: Aparco el coche en el sitio que tengo reservado. Cuando salgo de su interior observo a la gente, aún poca, que transita por la calle dirigiéndose a su trabajo. Me siento el rey de la ciudad, aunque sea una ciudad tan repugnante y polvorienta como ésta.
            07.00 A.M.: Llego al trabajo. Algunos, los que dentro de poco van a finalizar su turno, me miran con asombroso, incapaces de entender que alguien sea capaz de llegar antes de tiempo, de renunciar a una hora de sueño, por hacer las cosas bien y prosperar. Ésos nunca llegarán a nada. La mayoría me saluda con respeto y temor. Es una sensación agradable.
            07.01 A.M.: El café de la máquina está asqueroso, como siempre, pero me sienta de puta madre. Tomármelo antes de entrar en faena es como un pequeño rito, y los pequeños ritos son los que consiguen que la vida sea un poco más agradable.
            07.05 A.M.: El jefe se asoma por la puerta de su despacho y me sonríe. Le hago una señal con el índice. Confía en mí y no le puedo defraudar. Es mucho lo que me juego.
            07.08 A.M.: Bajo las escaleras del sótano. A pesar del sofocante calor que asola la ciudad, allí siempre hace frío. Mejor así. Voy a encontrarme con el primer cliente del día y nada mejor que sentir un leve frescor mientras negocio con él. Le detuvieron ayer a la noche, antes de que me fuera, pero pese a ello tuve tiempo de darme cuenta de que ahí había negocio. Algunos cretinos lo llamarían instinto cuando en realidad tan sólo se trata de profesionalidad.
            07.18 A.M.: La charla no está dando los frutos que yo quería. Paciencia, todavía es pronto, antes o después cederá.
            07.25 A.M.: Después de todo, resulta que no tengo tanta paciencia. He agarrado al tipo por el cuello y le he atizado una patada en los cojones que ha tenido que dolerle un huevo, si se me permite la broma. Lástima que el capullo no tuviera sentido del humor y no fuera capaz de captar la fina ironía de mis palabras.
            07.27 A.M.: Al cabrón éste le va la marcha, así que he apagado mi cigarrillo en su ombligo. Me enfurezco, no me gusta desperdiciar un hermoso cigarrillo rubio de contrabando por culpa de un hijo de mala madre que se niega a colaborar, así que le pateo repetidamente el estómago.
            07.32 A.M.: Llamo al doctor porque no quiero que se me vaya de las manos. No, por lo menos, antes de que me diga todo lo que quiero saber.
            07.37 A.M.: El tío canta de plano.
            07.39 A.M.: Le parto la nuca con la porra, limpiamente. No me gusta ver cómo la celda se ensucia de sangre.
            07.41 A.M.: El camión de la basura, como llamamos entre nosotros al furgón que se ocupa de los cadáveres, se lleva el del tipejo. Calculo que dentro de un par de días alguien lo encontrará y al cabo de un mes la investigación subsiguiente se archivará bajo el epígrafe de crimen sin resolver.
            07.42 A.M.: De repente me entran unas ganas irresistibles de llamar a Sonia, pero me las aguanto. Aún estará durmiendo. Aquí el pringado que madruga para que a su familia no le falte un trozo de pan soy yo. De todos modos no me importa, cuando uno se casa y tiene hijos adquiere una gran responsabilidad y hay que saber asumirla, no como otros, demasiados, que después de dejar preñada a la novia la abandonan. Habría que pegarles un tiro a todos, por cerdos y cabrones.
            07.47 A.M.: El segundo café de máquina del día. Esta vez no me sabe tan horroroso. Llevo casi una hora en la comisaría y las cosas van saliendo. A ver si no se tuercen.
            07.49 A.M.: Se acerca el jefe y me pregunta cómo va todo. Le saco un café y le digo que bien. Empiezo a contarle cómo me ha ido en el interrogatorio, pero me interrumpe para decirme que le acompañe a su despacho. “Ahí podremos hablar con más tranquilidad”, añade.
            07.52 A.M.: Me parece increíble, pero creo que estoy haciendo unos progresos extraordinarios. Tan sólo llevo tres meses en esta ciudad y el propio mandamás me ha ofrecido tabaco. Parece una tontería, pero conociendo al jefe ese dato es importante. Observo cómo las extrañas formas que crea aleatoriamente el humo ascienden hasta el techo, mientras recibo una calurosa felicitación. Tengo ganas de contárselo a Sonia, estará orgullosa de mí.
            09.13 A.M.: De nuevo en la calle, donde se hace el auténtico trabajo policial. Siento cómo la adrenalina se extiende por todo mi cuerpo. La espera, la espera... Es lo peor de este trabajo, pero también lo mejor. Es como una droga.
            09.15 A.M.: Por fin puedo respirar tranquilo. La información que he obtenido del tipo era fetén, se estaba preparando un atraco. Acaba de aparecer un vehículo sospechoso junto a la joyería.
            09.18 A.M.: Los atracadores salen de su coche. Aguardamos a que entren en la joyería y les damos el alto. Alguien, tal vez yo mismo, no ha esperado a que se rindieran y ha iniciado el tiroteo. Los cinco atracadores han muerto. Uno de los dependientes de la joyería también. Mala suerte, estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. Una mujer joven se pone a llorar como una histérica. Está maciza la cabrona y cuando gimotea se le mueven los pechos de un modo muy erótico. Me recuerda a la brasileña, ¿o era colombiana? Da igual, son todas lo mismo, unas zorras a las que lo único que les gusta es el folleteo. Pues conmigo van bien servidas. Tengo una erección que disimulo como puedo dando una patada a uno de los cadáveres. Eros y Thánatos, como estudié en el Bachillerato. Si es que lo tengo todo, hasta cultura.
            10.20 A.M.: De vuelta en comisaría el jefe me felicita.
            10.45 A.M.: No aguantaba más y he llamado al pueblo. He pillado a Sonia y los niños desayunando. Se lo cuento todo y recibo la enhorabuena de mi mujer. La noto, de todos modos, un poco angustiada, me dice que me cuide. Le contesto que esté tranquila, que no tiene que preocuparse por nada, que sé cuidarme. Es fuerte y ya sabía cómo iba a ser su vida cuando decidió casarse con un policía, pero la lejanía hace que se inquiete más de lo normal. Le digo que me pase con los niños. Mientras espero que se pongan oigo cómo le dice al chico que su padre es un héroe. El crío me lo repite entusiasmado. Luego me dice que ayer el abuelo le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta y que la maneja perfectamente. Se ha caído un par de veces y tiene una herida en la rodilla, pero no le duele y ya anda en bici con sólo dos ruedas, me repite muy ufano. Es un monstruo mi chaval. La niña no sabe aún hablar, pero repite incesantemente papá, papá, papá, papá. ¿Qué más se puede pedir?
            10.50 A.M.: El jefe me dice que acaba de llamar el Gobernador en persona para felicitarle por la operación y decirle que transmita a todos los hombres que han participado en la misma esa felicitación. “Creo que te corresponde a ti ese honor, ya que eres tú quien les ha dirigido”, me dice.
            10.54 A.M.: Hablo con los chicos y les transmito el mensaje del Gobernador. Todos aplauden.
            01.30 P.M.: Por fin he acabado el atestado. Ésta es la parte que menos me gusta del trabajo, la de plasmar por escrito todo lo ocurrido. Cambio tan sólo algunas cosas, las suficientes para hacer más comprensible el informe. Detalles sin importancia, pero que acrecientan la importancia de nuestra acción. Como tengo experiencia en estas lides solvento magníficamente el inconveniente del dependiente muerto explicando cómo los atracadores dispararon contra él a sangre fría, motivando nuestra posterior reacción.
            02.30 P.M.: Rueda de prensa del jefe en directo. Todas las emisoras locales de televisión y varias de ámbito nacional recogen sus palabras, en las que muestra su satisfacción por los resultados de la operación. La mayoría de los periodistas le felicitan, excepto uno, un tipo escuchimizado y con barba, un baboso en definitiva, que le pregunta insidiosamente si no hubiera sido posible evitar las muertes. Afortunadamente el jefe lleva su discurso muy bien preparado, gracias sobre todo a mi informe, y la cosa no pasa a mayores.
            03.15 P.M.: Como con el jefe en un restaurante del centro. Aire acondicionado, cocina exquisita, vasos de cristal labrado. No pagamos la comida ni las copas, por supuesto, es lo menos que se puede hacer por dos personas que abnegadamente arriesgan su vida para servir a los ciudadanos. La conversación es agradable e intrascendente, como se corresponde con el relajado ambiente del local, pero cuando estamos acabando el jefe me dice que está muy satisfecho con mi trabajo. “Si sigues así dentro de poco estarás haciendo cosas más importantes”, añade sonriéndome.
            06.25 P.M.: El periodista borde que intentó poner en un compromiso al jefe ya no volverá a hacerlo. Ha sido fácil y prácticamente sin violencia, tan sólo con la mínima necesaria. Le he seguido y cuando ha entrado en un bar a tomar un café le he vigilado, esperando el momento propicio. Nada más acabarse su bebida ha entrado al retrete y ahí ha sido mío. Lo único que he tenido que hacer ha sido agarrarle por los cabellos e introducir su cabeza por el hueco de la taza. Creo que he sido persuasivo. Sé que no nos denunciará, es imposible que lo haga, no me ha visto la cara, no sabe quién soy y, por otra parte, no le han quedado marcas, al menos físicas. Además, si en algo me precio de ser un experto, es precisamente en conocer a los hombres y ese tío era un cobarde que se ha cagado en el pantalón. Olía muy mal, pero a mí ese olor me ha sabido a gloria. Otro plumífero más que dejará de molestarnos.
            07.00 P.M.: De vuelta a comisaría le digo al jefe que a partir de ahora el periodista impertinente no volverá a incordiarnos. No se muestra muy eufórico, pero por sus palabras me doy cuenta de que está contento.
            08.10 P.M.: Tranquilidad. Desde que he regresado no ha habido apenas movimiento. Es una pena, pero no todos los días se detiene por casualidad a alguien de quien se puede sospechar que está preparando un golpe importante. De todos modos tampoco ha ido mal la tarde. He detenido a un camello de baja estofa, un colgao de mierda, y le he requisado la mercancía. Ni siquiera le he llevado a comisaría, no merece la pena, ¿para qué? ¿Para que posteriormente, tras dejarme los ojos redactando un farragoso y absurdo atestado, un juez sin dos cojones le suelte al de media hora?
            09.17 P.M.: La droga requisada al yonqui de mierda ha cambiado de manos y ahora tengo dos mil euros más en el bolsillo. Me encanta hacer negocios con El Pirao. Es un tío legal, aunque sospecho que se lleva el triple de lo que me paga a mí, pero así son las cosas del mercado libre. Además, sabe que si intenta engañarme o traicionarme lo va a pasar muy mal. No están mal los dos mil euros para una sola tarde. No me hacen rico, pero me vienen de puta madre. Este año Sergio empieza el colegio y Sonia quiere enviarle a uno muy elegante, uno de ésos en los que se estudia todo en inglés. Sí señor, el inglés es el futuro, y yo para mis hijos lo mejor.
            10.00 P.M.: Llamo a Sonia y le digo que la quiero. Luego hablo con Sergio y le digo que ya es hora de acostarse, aunque comprendo perfectamente que en verano y en el pueblo los horarios son diferentes. Después de hacer como que estoy pensándolo mucho le digo que sí, que puede quedarse a ver el concurso que dan por la tele. La peque, me dice Sonia, hace más de media hora que duerme como un angelito.
            11.37 P.M.: Otra vez sudando, pero ahora no me importa. La colombiana --porque es colombiana, no brasileña, al menos eso es lo que ella me ha dicho-- jadea como una perra y folla como una camada entera, pero yo sé responderla apropiadamente. Es imposible que sus orgasmos sean fingidos, nadie es tan buena actriz. ¡Dios, qué buena está! Ha sido impresionante y todavía nos espera más, mucho más. Esta ciudad sigue sin gustarme, pero tiene sus cosas buenas. Creo que la brasileña, aunque ella insiste en decirme que es colombiana para mí que es brasileña, y yo nos vamos a entender. Es cuestión de papeles. Si no quiere ser deportada a su país tendrá que acostumbrarse a mi diaria presencia.
            11.55 P.M.: Confirmado. La brasileña, o colombiana, es ilegal. Cuando le he dicho que en el futuro no va a tener que preocuparse más por ese detalle le han brillado los ojos y me ha hecho una mamada como nunca me la han hecho. Ésta es una de las cosas que más me gustan de mi profesión, el poder ayudar a la gente.
            06.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto nuevamente empapado en sudor, pero no me importa. Tengo que volver al trabajo. Como suele decir el jefe, el crimen nos espera y los ciudadanos tienen que saber que gracias a nuestro esfuerzo y dedicación están seguros. Sigue sin gustarme madrugar, pero lo hago con placer. Ayer las cosas rodaron muy bien y todo parece ir por buen camino. Quién sabe, quizás dentro de poco obtenga un ascenso y me destinen a la capital, donde están las auténticas oportunidades. Sonia y los niños se merecen lo mejor y yo estoy dispuesto a hacer lo que sea para proporcionárselo.




martes, 9 de octubre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 682.-LA HUELLA DE LA NOCHE (GUILLAUME MUSSO)

Título: LA HUELLA DE LA NOCHE
Título original: LA JEUNE FILLE ET LA NUIT
Autor: GUILLAUME MUSSO
Editorial: ALIANZA
Trama: La celebración del 50 aniversario de un elitista colegio de la Costa Azul francesa, en lugar de ser un motivo de celebración para tres de sus exalumnos lo es de preocupación, ya que se va a aprovechar esa efemérides para realizar obras en el colegio, lo que supondrá derribar un muro en cuyo interior se esconde un secreto relacionado con la desaparición de una antigua alumna, que puede acabar con sus carreras y llevarles a la cárcel.
Personajes: Thomas Degalais, exalumno del colegio hijo de los directores del mismo, afamado escritor que reside en Nueva York y estuvo enamorado de la joven desaparecida, Stéphane Pianelli, exalumno becado del colegio, de ideología izquierdista y que trabaja como perodista, Fanny Brahimi, reputada cardióloga, antigua amiga de la joven desaparecida que estuvo muy unida a Thomas, Maxime Biancardini, el mejor amigo en el colegio de Thomas, concejal y candidato a diputado, Annabelle Degalais, madre de Thomas, que oscila entre la frialdad y el cariño, y que oculta una historia que su propio hijo desconoce.
Aspectos a Destacar: El punto de vista del narrador, un antiguo alumno de uno de los más elitistas colegios franceses, que ve cómo puede tambalearse su vida y la de las personas a las que más unido se encuentra, sin poder hacer nada para evitarlo, aunque lo intente, mientras reflexiona sobre lo que ha sido su existencia, dentro de una intriga que no decae en ningún momento.
La Frase: Ya lo sé, estar enamorado no significa que se tenga derecho a todo. Ya lo sé, soy un capullo y todo lo que quieran llamarme. Pero, como la mayoría de las personas que están viviendo su primer amor, estaba convencido de que nunca jamás volvería a sentir algo tan profundo por nadie. Y en eso el tiempo, por desgracia, me acabó dando la razón.

lunes, 8 de octubre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: MAIGRET EN BILBAO


Como sé que los lunes no son los días más estimulantes de la semana, he decidido intentar alegrarlos en lo posible con esta nueva sección, RELATOS DE LOS LUNES NEGROS, en la que iré publicando los que he ido escribiendo a lo largo del tiempo y que, como seguramente ya habéis sospechado, irán apareciendo de lunes en lunes. Además, así se os irá haciendo más corta la espera de la nueva novela que si el tiempo y las autoridades editoriales no lo impiden, aparecerá en la próxima primavera.
Como están escritos en épocas y momentos diferentes, algunos publicados y otros no, no mantienen una línea regular y son también diferentes entre sí, por lo que irán apareciendo por orden alfabético del título. Salvo excepciones, como la de este mismo lunes. ¿Lo veis? Aún no he empezado y ya estoy dispuesto a contradecirme.
Pero es que el relato de hoy hace referencia a un comisario francés muy famoso que no hace mucho estuvo en Bilbao. Yo, como soy muy despistado, no me enteré, pero un amigo que coincidió con él me lo contó. Y no sólo eso, sino que faltando a su juramento profesional, me narró con pelos y señales todo lo que ocurrió durante la estancia de ese francés. Y como yo tampoco sé guardar un secreto, antes de que se me olvide he pensado que sería una buena idea transcribir lo que ocurrió durante la estancia de



MAIGRET EN BILBAO



          Mientras se tomaba un vaso de rioja en una taberna cercana al museo que le había recomendado un colega más acostumbrado que él a viajar, el comisario Jules Maigret pensaba que quizás no estaba hecho para apreciar el arte moderno. Tal vez se había estancado o, más seguramente, las nuevas tendencias le habían sobrepasado. Los años no pasan en balde, suspiró, y era incapaz de apreciar las exquisiteces que un museo como el Guggenheim Bilbao era capaz de ofrecer a un turista. Él se sentía más a gusto en aquel bar, paladeando su vino, que en el interior de un museo, esforzándose inútilmente en comprender por qué vericuetos mentales había transitado un afamado escultor para bautizar lo que aparentemente no era sino un palo de escoba con el mango retorcido con el sonoro nombre de Elogio del espíritu de la belleza.
          Decidido a olvidarse del arte moderno, así como del arte en general, pidió otro vino al camarero. Era su último día de estancia en Bilbao, ciudad a la que había acudido para asistir a un aburrido congreso sobre Criminología. Había intentado resistirse hasta el último momento, ya que jamás le habían gustado ese tipo de eventos, tediosos y repetitivos, pero sus superiores fueron inflexibles.
          --Le sentará bien un cambio de aires, Jules, ya verá cómo disfruta del viaje y se olvida de sus problemas --le explicaron amablemente, aunque él pensó que tan sólo querían quitárselo de encima por unos cuantos días--. De vez en cuando hay que salir, darse una vuelta por el mundo, respirar otros ambientes, que el mundo no se acaba en el Bulevard Richar Lenoir. Además es una buena ocasión para contactar con compañeros de otros países y aprender sus técnicas y sistemas.
          El comisario Maigret dudaba mucho, no por soberbia sino por mero convencimiento práctico, de que tuviese que aprender, cuando ya no le quedaba nada para su jubilación, cosas nuevas de sus colegas sobre técnicas de investigación criminal, pero finalmente accedió y, la verdad sea dicha, no le pesaba haberlo hecho. Habían sido tres días interesantes, no tanto por el congreso en sí como por la gente con la que había hablado y los nuevos rincones que había conocido. Pero todo llegaba a su fin y ese era su último día en Bilbao. Por eso mismo había denegado amablemente la tentadora invitación que le habían hecho para comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y había optado por recorrer en solitario sus calles con el objetivo de tomar el pulso a esa villa a la que seguramente jamás volvería.
          Además era cierto que deseaba descansar. Tras más de cuarenta años de trabajo policial empezaba a sentirse hastiado, cada día le costaba más enfrentarse al trabajo que le esperaba en su despacho. Quizás si no tuviese tan presente el asesinato de la joven Claudette… Un caso sin resolver entre cientos de ellos brillantemente solucionados no empañaban su currículum, pero no se trataba de eso, no se trataba de mantener impoluto un historial, ya estaba de vuelta de esas miserias humanas, se trataba de que no podía soportar, cada vez que pensaba en ella, el hecho de que no se le había hecho justicia, el saber que esa niña de quince años, con toda una vida por delante, había sido violada y asesinada sin siquiera conocer los motivos que impulsaron al asesino a cometer tan horrendo crimen. En el fondo no era tan importante llevar al criminal ante un juez como indagar en los recovecos de su mente para averiguar de dónde le había venido ese fatal impulso. Quizás después de todo lo que le movía a él mismo, pensó Maigret, no era tanto un ansia de justicia como de conocimiento.
          O quizás simplemente se estaba volviendo viejo. Había tenido una buena vida, con su mujer ya fallecida, ¡cuánto la echaba en falta!, su rutina diaria en el trabajo, sus compañeros y subordinados con los que se tomaba una copa al salir del despacho o cuando finalizaba una investigación. No se podía quejar. Sí, había sido una buena vida, pero ahora, en vísperas de su inminente e inevitable retiro, empezaba a plantearse muchas cosas y eso le daba miedo. ¿Ése iba a ser su futuro? ¿Esperar lúcidamente la muerte mientras acodado en un bar recordaba su pasado, lo que había hecho y lo que había dejado de hacer? Tras dejar unas monedas sobre la barra del bar salió nuevamente a la calle y, por fin, pudo encender su pipa. Mientras le quedara eso seguiría siendo el auténtico y viejo comisario Maigret, pensó tristemente
          La ría de Bilbao, que flanqueaba el museo, no se parecía en nada al Sena, pero le hizo recordar, involuntariamente, su viejo París. Un día más y estaría allí de nuevo, en su despacho, en su casa, en su refugio. Nunca había necesitado tanto, como ahora, un lugar en el que refugiarse.
          Como si sus pies tuvieran voluntad propia y hubieran decidido qué camino seguir, casi sin darse cuenta fue transportado hasta un lugar por el que había pasado un par de veces. Una vez allí levantó los ojos hasta dar con una placa que lucía solemne junto a aquel vetusto y elegante portal: Christian Resnais, psiquiatra. Un médico francés (o quizás suizo, belga o francocanadiense, quién sabe, un nombre sólo no es suficiente para saber quién y cómo es su propietario), psiquiatra para más señas, y asentado en Bilbao. ¿Por qué no? Aunque a él le costaba salir de su territorio sabía que, desaparecidas las viejas fronteras, cada vez eran más normales esas situaciones. Ya no se desplazaban tan sólo las famélicas legiones del Sur en busca de un futuro mejor para ellos y sus hijos, también los profesionales universitarios acarreaban sus maletas de un lugar a otro sin que ello les supusiera ningún problema. Quizás sean unos desarraigados, pensó durante unos instantes, aunque su conocimiento del alma humana le volvió a decir que no era esa la respuesta. Sencillamente los tiempos estaban cambiando. Otro asunto, diferente y doloroso, es que ya no fueran sus tiempos.
          Además, creía reconocer ese nombre. ¿Christian Resnais? Sí, le sonaba, seguramente en el pasado habrían coincidido en alguna ocasión. Se enfadó consigo mismo, anteriormente su memoria nunca había tenido fallos, pero en la actualidad por más vueltas que daba a su cabeza no conseguía identificar al psiquiatra. En realidad no tenía la menor importancia, era otra cosa la que le atormentaba y había llegado el momento de tomar una decisión.
          Segundos después una enfermera que ejercía también las funciones de recepcionista le abría la puerta mientras le preguntaba si tenía una cita. La diferencia de idiomas no fue un obstáculo para que el comisario le comunicara su intención de ser recibido por el doctor Resnais ni para que la enfermera le dijera que, lamentándolo mucho, sin cita previa no era posible acceder a su deseo. Por toda respuesta Jules Maigret le entregó una tarjeta.
          --No se preocupe por esto --añadió, aun a sabiendas de que seguramente la enfermera no le iba a entender, mientras señalaba con el dedo el lugar de la tarjeta en el que podía leerse su cargo--, vengo tan sólo como cliente, además no tengo jurisdicción en esta ciudad.
          Pocos minutos después un hombre alto y corpulento le recibía con una mirada expectante en los ojos.
          --Comisario Maigret, es un honor recibirle en mi consulta aunque, si desea que le sea totalmente sincero, ha constituido para mí toda una sorpresa saber que estaba aquí.
          El comisario hizo un gesto de asentimiento y resignación. La prensa le había hecho famoso y aunque él era un hombre discreto que prefería sumergirse en el anonimato sabía que su nombre despertaba esas reacciones.
          --Vengo como paciente --dijo sin más preámbulos. Había estado pensando qué decirle al doctor y finalmente optó por ser directo y claro--. He leído su cartel y he pensado que quizás mereciera la pena charlar unos minutos con usted. Mañana me vuelvo a París y seguramente nunca volveré a esta ciudad, por eso me he animado a subir a su consulta.
          --Comprendo, comisario, que no quiera que se asocie su nombre a la psiquiatría, es una reacción muy normal, y que por eso se haya animado a visitar un profesional tan lejos de su ciudad, pero usted es un hombre inteligente y tiene que saber que con una sola sesión no puede conseguir gran cosa.
          --Lo sé, por eso he decidido no perder el tiempo. Supongo que lo único que necesito es desahogarme con alguien capaz de escuchar y para eso un psiquiatra, lo mismo que antaño un cura, puede ser la persona adecuada.
          --Le escucho entonces.
          --Como mi fama me precede no le explicaré quién soy ni a qué me dedico, usted lo sabe perfectamente. Está ya cerca mi jubilación y puedo decir, sin caer por ello en la presunción, que mi carrera ha estado llena de éxitos. Sin embargo en los últimos meses no estoy nada satisfecho. He tenido un fracaso sonoro, quizás conozca usted la historia. Se trata del asesinato de Claudette Duhamel, una joven de quince años que fue violada y asesinada brutalmente. Cuando nos avisaron su cadáver aún no había empezado a descomponerse y pude observar el inquietante contraste entre su belleza y el terror que había asomado a sus ojos ya vacíos. Sin perder ni un segundo mis hombres y yo iniciamos la investigación. Pensábamos, y la experiencia avalaba ese pensamiento, que con el cadáver aún caliente sería más fácil encontrar las pistas, el hilo que nos llevara hasta el asesino. Pero desgraciadamente fracasamos. Aunque pusimos todo nuestro esfuerzo y empeño los meses fueron transcurriendo y no descubrimos nada que pudiera conducirnos hasta el asesino.
          El psiquiatra asintió, con semblante serio. La historia del comisario, indudablemente, le había impresionado.
          --Comprendo su decepción, pero no es más que un fracaso entre muchos éxitos. Cualquier otro profesional, no ya policía, sino ingeniero, abogado, médico, psiquiatra incluso --esbozó una leve sonrisa-- estaría completamente feliz si tuviera un porcentaje similar al suyo de aciertos profesionales.
          --Creo que no lo ha entendido del todo, doctor. No me obsesiona el haber fracasado en la investigación. Me obsesiona el hecho de que constantemente me pongo en el lugar del asesino. No tiene cara ni nombre, pero le veo a todas horas, le escucho a todas horas, he llegado a identificarme con él. Incluso a veces le he puesto mi rostro y mi nombre.
          “Me veo junto a la chica, besándola, acariciándola, y veo cómo de repente ella me desprecia, me dice que soy un viejo, que sólo era un juguete para ella, que no quiere saber nada de un baboso como yo y casi sin pretenderlo mis manos van hacia su cuello y abro mi bragueta y…, y…., ¿le pasa algo, doctor?
          Maigret corta su relato al observar cómo el psiquiatra ha puesto los ojos en blanco mientras de su frente se desprende un inacabable río de sudor. Tiene que acercarse hasta dónde está y golpearle suavemente en la cara para conseguir que reaccione.
          --Dios mío, lo sabe usted todo --dice asustado el médico--, lo sabe usted todo --repite--. Así es como ocurrió. Claudette no era virgen, ¿sabe?, su padrastro la había violado repetidas veces. Por eso vino a mi consulta, sin que nadie lo supiera, para desahogarse, para superarlo, pero el que no lo superé fui yo. Algo se rompió dentro de mí y comprendí que la necesitaba, que tenía que conseguirla. No me importaba nada el juramento hipocrático ni el que ella fuese mi paciente, ni siquiera que fuese menor de edad. Usted no la conoció viva, comisario, por eso quizás nunca llegue a comprenderlo, pero desde que la vi supe que ya sólo viviría para ella. Y ella se dio cuenta y jugó conmigo hasta que un día me dijo que adiós, que ya había superado todos sus traumas y que no necesitaba acostarse con un viejo como yo. Lo demás, bueno, usted se ha acercado bastante.
          Jules Maigret miró compasivamente al psiquiatra mientras le decía que no tenía autorización para actuar en Bilbao y que seguramente tardaría en conseguir una orden de extradición.
          --Pero todo será mucho más sencillo si accede a acompañarme mañana hasta París. Supongo que no me será difícil conseguirle una plaza en mi avión.
          --De acuerdo, comisario, cuanto antes acabe todo esto mejor para todos, incluso para mí, pero antes me gustaría saber una cosa.
          --Usted dirá.
          --¿Ha sido la casualidad lo que le ha traído hasta mi consulta o ha venido expresamente a buscarme?
          Por primera vez desde que entró en la consulta una sonrisa afloró en la cara del comisario.
          --En realidad, eso no tiene la menor importancia --dijo por fin--. ¿A quién pueden interesarle las batallitas de un viejo comisario al que le quedan pocos meses para jubilarse?





domingo, 7 de octubre de 2018

FICHERO DE NOVELAS NEGRAS: 681.-LOS MILAGROS DE LA SANGRE (LISA McINERNEY)

Título: LOS MILAGROS DE LA SANGRE
Título original: THE BLOOD MIRACLES
Autora: LISA McINERNEY
Editorial: ALIANZA
Trama: Pese a su juventud Ryan Cusack, irlandés de madre italiana, lleva años trabajando para un importante camello de la ciudad mientras arrastra su sueño de vivir de la música. La traída de una mercancía importante de Italia, la inauguración de una discoteca que pretende ser de lo más emblemático de la ciudad y su relación con dos mujeres totalmente diferentes acabarán por poner en peligro su estabilidad personal.
Personajes: Ryan Cusack, joven que aspira a vivir de la música, pero que no puede alejarse del negocio de las drogas, del que sí vive, Karine D’Arcy, novia de Ryan, con las ideas muy claras sobre su relación de pareja, que quiere que Ryan cambie de vida, Dan Kane, camello de alto nivel, jefe y protector de Ryan, Colm, testaferro de Dan en una discoteca que han abierto, amante de la música, Natalie, joven de clase alta que se encapricha de Ryan, Pender, hombre al servicio de Dan, poco fiable, Shakespeare, otro de los hombres de Dan, suspicaz y desconfiado, Maureen, mujer madura que conoce accidentalmente a Ryan y que, a su modo, pretende protegerlo, Phelan, uno de los jefes de la delincuencia en la ciudad, competidor de Dan y que presiona constantemente a Ryan.
Aspectos a Destacar: Desgarrada y poco complaciente crónica de la vida de cierto sector de la juventud en una ciudad media irlandesa (que podría ser cualquier ciudad europea azotada por la crisis), que oscila entre el desencanto y el “carpe diem”, y revive décadas después el mítico grito de “sexo, drogas y rock n' roll”.
La Frase: El mercado negro no es un mercado libre. Los consumidores pillan lo que pueden. No siempre les llega metilendioximetanfetamina. El acceso a la de verdad depende de las capacidades o de los caprichos de los traficantes, y de los traficantes no siempre te puedes fiar; se dedican a lo que se dedican por dinero; la satisfacción del usuario final solo importa en la medida de cuánto está dispuesto a pagar ese usuario final.

viernes, 5 de octubre de 2018

JUAN IGNACIO DE IZTUETA Y YO (JUAN ANTONIO URBELTZ)


LA OBRA: Juan Antonio Urbeltz analiza desde una perspectiva tan personal como atípica la singular personalidad de Juan Ignacio de Iztueta, autor del libro referencial Gipuzkoako Dantzak, publicado en 1824. Además de bailarín y estudioso de las tradiciones populares guipuzcoanas, Iztueta fue famoso por su convulsa vida: pasó años en prisión a causa de diferentes pleitos –fue acusado de robo y de inmoralidad–, se casó en tres ocasiones, tuvo una decena de hijos, afrancesado, colaboró con los revolucionarios… Dos siglos más tarde, Juan Antonio Urbeltz, investigador y conocedor del folklore vasco, aporta un enfoque singular sobre la personalidad de Iztueta, un hombre arrollador, ya conocido en su época, y llega a una insospechada conclusión: Juan Ignacio de Iztueta era “otra cosa”. Y esa “otra cosa” que fue Iztueta es la que Juan Antonio Urbeltz ha estudiado en este ensayo tan audaz como apasionante.

EL AUTOR: Juan Antonio Urbeltz (Iruñea, 1940), acompañado de su esposa Marian Arregi (Donostia 1944-2018), ha dedicado su vida al estudio e investigación de la cultura vasca y, más concretamente, a sus danzas tradicionales y fiestas de Carnaval, su gran pasión. Su trayectoria está jalonada por la publicación de importantes libros y estudios en torno a la cultura y la danza que le han deparado gran reconocimiento. Además, ha sido el promotor de numerosos y prestigiosos espectáculos de danza tradicional.



jueves, 4 de octubre de 2018

LAS ARISTAS DE LA MUERTE (AITOR CASTRILLO)


LA NOVELA: Coincidían cada jueves en la misma cafetería. Eran jóvenes y se gustaban, pero su destino estaba ligado al de otras siete personas: un futbolista, un camarero, una abogada, un ladrón, un pistolero, un piloto de avión y un despiadado asesino.
Una historia de amor romántica en la que sus protagonistas deberán luchar contra el tiempo y contra la muerte. Acción, suspense, asesinatos… a un ritmo trepidante. Una novela negra que te dejará sin aliento.
¿Te atreves a leerla?

EL AUTOR: Aitor Castrillo Mazagatos (Bilbao, 1977) es Ingeniero Informático por la Universidad de Deusto y también padre de dos niños, enamorado de su mujer y de la vida, escritor nocturno, callejero viajero, feliz 365 días al año, lector de los que desenfunda un libro hasta en la cola del supermercado, basket lover, cantante de ducha, cuentacuentos y en sus ratos libres, ocho horas al día, también trabaja de administrativo.
Las aristas de la muerte es su primera novela.