lunes, 19 de noviembre de 2018

RELATOS DE LOS LUNES NEGROS: DEL VODKA AL KALIMOTXO & EL ATESTADO


Hoy dos relatos por el precio de uno, se ve que se acerca el Black Friday. Son dos microrrelatos que mE encargaron en los diarios DEIA y EL CORREO, el primero para publicar con motivo de las fiestas de Bilbao, la Aste Nagusia, el segundo por el XX Aniversario del Museo Guggenheim Bilbao.
Estrictamente no son relatos negros, sino más bien de humor y fantástico, pero como el primero está protagonizado por unos delincuentes y el segundo por unos ertzainas, me he pedido permiso a mí mismo, y me lo he concedido tras realizar arduas reflexiones, para publicarlos dentro de los RELATOS DE LOS LUNES NEGROS.


DEL VODKA AL KALIMOTXO

          --¡No me lo puedo creer! ¿Pero es que estos bilbainos no tienen sangre en las venas?
          Las palabras del coronel Záitsev, excombatiente en Chechenia que ahora continuaba ejerciendo su antiguo oficio de modo autónomo y libre, fueron acompañadas por el lanzamiento de su móvil contra el espejo que adornaba la habitación del hotel en el que se encontraba, que se partió estrepitosamente. Eso, añadido al hecho de que antes de cortar la comunicación hubiese soltado un montón de imprecaciones en ruso, checheno, búlgaro, ucraniano y el resto de lenguas eslavas conocidas y desconocidas alertó a su ayudante, el teniente Gólubev.
          --¿Algo va mal, Seriozha? --le preguntó, aunque era consciente de que se trataba de una pregunta retórica.
          --Todo va mal, Kolia, todo va mal. Estos bilbainos de … (y aquí introdujo una nueva exclamación en serbocroata), se niegan a pagar. Es increíble, es la primera vez que nos ocurre, no entiendo qué ha podido suceder.
          Su subordinado tampoco lo entendía. Desde que hacía varios años el coronel le convenció de que sólo prosperarían en la vida si dejaban de servir en la milicia y usaban sus habilidades y conocimientos en operaciones más lucrativas, aunque alejadas de lo legalmente permitido, nunca les había ocurrido algo similar. Habían actuado en todos los países de Europa con gran éxito, como lo demostraban los abultados ceros a la derecha de sus cuentas corrientes, pero en Bilbao se les estaban riendo a la cara.
          Y eso que el plan era inmejorable. Habían averiguado que uno de los símbolos más queridos por los bilbainos era la Marijaia, así que la secuestraron y pidieron un fuerte rescate al ayuntamiento de la villa, amenazando con quemarla si no les pagaban. Pero el alcalde, con el apoyo de los ciudadanos, se había pasado sus amenazas por el forro. No podían entender esa reacción.
          Mientras hablaban de ello apareció, con aspecto agitado, otro de los miembros del clan, el sargento Solovióv, que hablaba español perfectamente. Traía en sus manos un ejemplar del programa de fiestas de la ciudad.
          --Hemos metido la pata hasta el fondo, camaradas --les dijo mostrándoles la última página--. ¿Cómo les iban a asustar nuestras amenazas si todos los años, al acabar las fiestas, los mismos bilbainos queman a la Marijaia, sabiendo que al año siguiente renacerá nuevamente de sus cenizas? Con nuestras amenazas de quemarla lo único que hemos hecho es ahorrarles trabajo. Pero no todo está perdido --añadió filosófico, dirigiéndose al mueble bar y sacando sendas botellas de vino y cola, que fue mezclando lentamente en tres vasos--. Como dice el refrán, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Así que olvidémonos por unos días del vodka y bebamos esta mezcla que los lugareños conocen como kalimotxo. Me han dicho que las de Bilbao son unas fiestas especiales, y que todo el mundo está invitado. Así que brindemos por ello.
          Y los tres rusos, como un solo hombre, brindaron solemnemente antes de tirar las copas por detrás de su espalda. La Aste Nagusia les esperaba.

EL ATESTADO

          Aquella vez fue la única en la que falseamos un atestado. Aunque más que falsearlo nos limitamos a omitir un dato fundamental. Pero se trató de una omisión plenamente justificada.
          Quedaban tan sólo dos días para las celebraciones del vigésimo aniversario del Guggenheim cuando desde la central nos avisaron sobre un extraño incidente ocurrido en los aledaños del museo, junto a la escultura de La Araña. Como estábamos patrullando cerca del lugar no tardamos casi nada en llegar hasta allí y lo que encontramos nos sumió en un alto grado de perplejidad. Debajo de La Araña se encontraban, maniatados y aterrorizados, tres hombres cuyo aspecto delataba su origen árabe, lo que confirmamos cuando se pusieron a hablar atropelladamente en su idioma. Afortunadamente dominaban también el castellano y cuando lograron serenarse nos confesaron que tenían la intención de realizar un atentado suicida el día del aniversario. Estaban hablando sobre ello, mientras recorrían la trasera del museo, cuando de repente, sin que hubiese ninguna persona cerca, unos extraños cables, así los definieron, se abalanzaron sobre ellos, sujetándoles fuertemente e imposibilitándoles escapar, dejándoles en el estado en que les encontramos.
          La historia sonaba muy extraña. Y esa extrañeza aumentó cuando Erlantz, un compañero recién salido de Arkaute, nos indicó que el material con el que estaban atados los yihadistas era el mismo con el que estaba elaborada la escultura.
          --¿Sabéis que el nombre oficial de La Araña es La Madre? --añadió--. Y si hay algo que caracteriza a las madres es su afán por proteger a sus hijos.
          Íbamos a decirle que dejara de desvariar cuando, no sabemos cómo, La Araña bajó su cabeza y nos sonrió, para volver a los pocos segundos a su posición habitual.
          Por eso falseamos el atestado o, como he dicho antes, omitimos un dato fundamental. Nos gusta nuestro trabajo y somos conscientes de que no podríamos seguir ejerciéndolo si nos encerraran en la habitación de algún lúgubre centro psiquiátrico.



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